miércoles, 5 de febrero de 2014

Práctica adulta - 7, Mi camino a Antaiji. Muhō Nölke

 




 La primera vez que vine a Antaiji tenía 22 años. Había practicado zazen ya en unos cuantos dojos durante 6 años, y cuando no asistía al dojo me sentaba por mi cuenta. Aún así sentarme durante una ó dos horas cada día no era suficiente para mi, y practicar en un dojo parecía más un hobby que una forma de vida.

Tenía 16 años cuando encontré zazen, y a los 17 estaba ya bastante seguro de que aquello era lo que quería hacer en mi vida. Parecía que era lo que siempre había estado buscando, sin ni siquiera saber dónde lo iba a encontrar. Mi plan era ir a Japón y convertirme en monje al acabar el instituto. ¿Para qué ir a la Universidad a estudiar algo que parecía tan aburrido? Me solían fascinar las matemáticas y la física, pero ¿qué relación tienen estas materias con mi vida? Si algo tenía sentido, tenía que ser zazen.

Todo el mundo intentaba quitarme la idea de la cabeza, pero nadie pudo realmente convencerme hasta que el profesor que me había introducido a la práctica de zazen por primera vez, me recomendó esperar un poco, estudiar japonés y formarme en algo para poder trabajar cuando volviese a Alemania. En realidad nunca me había preocupado en pensar sobre mi vuelta a Alemania hasta entonces, pero había escuchado de muchos casos de personas que acaban viviendo en un monasterio Zen toda su vida sólo porque no tienen otra opción, porque no son capaces de integrarse en la vida social. No podía imaginar que algo así fuese posible: ¿no eran aquellos monjes Zen una especie de super-seres humanos que entendían todo? No debía haber nada imposible para alguien experto en Zen, entonces ¿por qué preocuparse en encontrar un trabajo?

Al final decidí estudiar japonés antes de ir a Japón. Como estaba de moda pensar que las partículas elementales, así como las galaxias y el universo entero obedecen a las mismas leyes que enseñaron Shakyamuni y Lao Tse, decidí también matricularme en filosofía y física. Igual además de hacerme maestro Zen ganaba también un Premio Nobel… Después de dos años y medio me di cuenta de que estudiar solamente aquellas partículas elementales requiere la vocación de una vida entera, y lo dejé.

En Alemania no te puedes graduar hasta que haces un doctorado. Pero cuando tenía 22 años, no podía esperar ya más para acercarme a lo que pensaba que era “Zen de verdad”, y decidí irme un año a estudiar a la Universidad de Kioto. Durante los tres primeros meses iba a las reuniones semanales del centro Zen Soto de Kioto y las sesshin mensuales de Sonobe. La Universidad en Japón resultó ser igual de aburrida que la de Alemania, y el Zen no era una realidad en la vida cotidiana de Kioto. Existía para los turistas, pero ni siquiera había dojos que funcionasen con una rutina diaria. Los monjes Zen eran hombres de negocios sin ningún interés por la práctica, y los templos sólo se usaban como cementerios, no como dojos para la práctica. Después de unos meses en la Universidad, me enteré de que hasta mi profesor era monje de la Escuela Soto – la verdad es que no lo parecía, en la Universidad enseñaba Kant. El Centro Zen Soto era mi único refugio, y durante el verano decidí pasar un par de meses en Shorinji, el templo de sesshin de Sonobe.

Durante estos dos meses, julio y agosto, pude experimentar por primera vez “la práctica del adulto”. Pensaba que la gente del templo me llevaría de la mano y me enseñaría todo. La situación prometía cuando me pusieron en la cocina mi primer día, como asistente del cocinero. Se supone que tenía que aprender durante una semana del cocinero para poder hacerlo yo solo la siguiente semana. Yo nunca había cocinado nada más  sofisticado que unos huevos fritos, así que no tenía nada claro que una sola semana de aprendizaje fuese suficiente para aprender aquel trabajo, especialmente cuando el “cocinero” me dijo que él también había llegado hacía una semana, que venía de Suecia y que era su primer día solo en la cocina. Tres días después decidió que hacía demasiado calor y humedad y se fue. Así que yo me convertí en el cocinero principal para los próximos diez días, después de haber estado solamente tres días “aprendiendo” de un sueco estresado. Le pregunté al monje residente cómo podían esperar que fuese capaz de cocinar para la sangha, sin saber absolutamente nada sobre el arte de la cocina. ¿No me debería enseñar primero alguien competente? Su respuesta fue: “Esto es lo que Dogen Zenji llama samadhi auto-realizado. ¡Tienes que leer el Sobogenzo!” Tuve algunas lecciones más sobre este samadhi auto-realizado durante el mes de agosto, cuando los templos Budistas en Japón están ocupados con todas las ceremonias para los ancestros de sus feligreses. El monje residente también estaba ocupado atendiendo muchas ceremonias en un templo en Kioto, y durante dos semanas volvía a Shorinji muy tarde a dormir y por la mañana se iba otra vez temprano a Kioto. Todos los demás estaban de vacaciones, así que me quedé siguiendo el horario yo solo. Corría por el templo a las 5 de la mañana con la campana para despertar, aunque no había a nadie a quien despertar. Me sentaba durante dos horas en zazen, preparaba el desayuno, limpiaba, hacía samu, calentaba el baño, y después de la cena otras dos horas de zazen solo. Para alguien que había ido a un templo Zen para recibir enseñanzas “Zen”, una gran enseñanza, la verdad. “Samadhi auto-realizado”, o como yo lo llamo ahora: Práctica del Adulto.

Fue    al principio de mi estancia en Shorinji cuando George, otro practicante, me habló de Antaiji. George había estado allí dos semanas durante la primavera, y aunque no podía comunicarse con los monjes porque eran todos japoneses, decía que las 24 horas de su día las vivían en “profundo samadhi”. El monje residente de Shorinji resultó también ser originalmente monje de Antaiji, así que me ilusionó mucho la idea de poder ver aquel templo con mis propios ojos. Todo lo que había escuchado sobre Antaiji sonaba como el “Zen real” que soñaba: auto suficiencia, cocina sin gas, sin más calefacción en invierno que una chimenea, dos sesshin al mes. Y además ¡solo monjes japoneses! Ya había tenido suficiente con todos aquellos practicantes occidentales, necesitaba practicar con japoneses de verdad. ¡Por fin podría encontrar enseñanzas “Zen” de verdad! Pensándolo ahora, no se cómo no me di cuenta de toda aquella fantasía que me había inventado.

Al final decidí dejar mis estudios en la Universidad de Kioto para ir 6 meses a Antaiji. Llegué el 30 de septiembre de 1990, dos semanas después de que un tifón arrasase los 4 km. de carretera que llegan hasta el templo. Algunos monjes parecían estar todavía como en shock, pero no sabía exactamente por qué: ¿no es lo suyo que un “templo Zen de verdad” esté perdido en las montañas, inaccesible para la gente normal y sin ni siquiera correo? Ya me sorprendía bastante que tuviesen electricidad y teléfono - ¿no deberían los monjes Zen ser capaces de vivir sin todo aquello?

Te puedes imaginar cuanto más me pude sorprender cuando empezó la sesshin al día siguiente: había oído que en Antaiji se practica “Zen puro” en la tradición de Dogen Zenji, shikantaza sin ninguna mezcla, sesshin sin juguetes. ¿Y qué encontré? La sala de meditación retumbando con los ronquidos de los monjes, algunos cayéndose hacia atrás de sus cojines, ¡otros casi dándose con la cabeza en la pared!

Continuará.





Muhō Nölke 
http://antaiji.dogen-zen.de/esp/abbotmuho.shtml

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Traducido y publicado con la autorización del autor
Traducción: Susana Dauden
Fotografía: Internet, Antaiji


2 comentarios :

  1. Este Muho nos deja con la miel en los labios o quizás lo que hace es quitarnosla, no se ya veremos. Por de pronto lo que cuenta sobre sus ilusiones en la época en que comenzó a practicar me resulta enormemente cercana. Supongo que el proceso de deshacerlas para comenzar a construir tu práctica desde una base diferente tampoco me será ajena. Gracias por el trabajo de publicar estos artículos.

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  2. A medida que lo voy releyendo, pienso que la mayor lección del maestro Muho es su sentido del humor.

    Como siempre, muchas gracias, Roberto!

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