Mucho se ha dicho y mucho se ha escrito sobre el Zen. Quién crea que el Zen es una religión o una filosofía se equivoca. El Zen, o mejor la esencia intrínseca del Zen, huye de estas dos definiciones, como de cualquier otra definición imaginable.
Es esta esencia
indefinible e incomunicable la que hace que el Zen aparezca allí
donde no se le espera y desaparezca allí donde se le espera. Cada
vez que intentamos atraparlo huye deslizándose entre los dedos.
Podremos buscar hasta el
infinito modos para expresarlo, encerrarlo y empaquetarlo con las
palabras de la lógica; siempre se escapará por que precisamente
este escaparse es su esencia íntima.
El Zen no es algo de lo
que un día alguien puede decir: “¡Aquí está, lo he tocado!”
Ir en su búsqueda
significa partir de viaje sabiendo de entrada que no encontraremos la
“cosa” por la que estamos partiendo, pero no ir en su búsqueda
significa negarnos a nosotros mismos una posibilidad de ver.
Por tanto parece
imposible acercarse a esta esencia sin que huya eternamente,
impalpable e indefinible. Este es el motivo por el que a menudo los
maestros intentan indicar la vía a los discípulos renunciando al
uso de la lógica habitual y confiando el mensaje del Zen a lo
imprevisto y a veces al absurdo. A un interrogatorio lógico pueden
oponer una respuesta absurda o, cuanto menos, no pertinente en
relación a la pregunta. Por ejemplo, a la pregunta “¿Quién es
Buda?”, se puede oír responder “un trozo de estiércol seco”,
o cualquier otra cosa.
Hasta el infinito nuestra
mente puede intentar alcanzar el Zen con los medios que tiene a sus
disposición. Podrá tensarse hasta el espasmo, pero verá huir su
objetivo cada vez que busque atraparlo y adueñarse de él.
El Zen se experimenta con
el corazón, no con el cerebro. El solo vendrá a nosotros cuando
dejemos de buscarlo, poniéndonos con mucha energía y humildad a
practicar la vía del Buda que es zazen.
Zazen
significa literalmente “sentarse en el Zen” y es en si mismo
punto de partida y punto de llegada.
Zazen
no es meditación y no es ni siquiera una forma de concentración
mental.
Zazen
es algo similar a una inmersión. Inmersión en aquella profundidad
donde “esto-eso”, “tu-yo” desaparecen y aparece en toda
su resplandeciente claridad la esencia de las cosas de este mundo.
Practicar con la intención de alcanzar individualmente esta claridad
es sin embargo la causa de la imposibilidad de alcanzarla.
Zazen
se practica sin intención, por que en realidad no somos nosotros los
que hacemos zazen, sino que es zazen quien se hace por si mismo en
nosotros cuando nos ponemos con confianza en la correcta actitud
interior.
Si
digo: “Practicaré zazen para obtener la iluminación, el satori,
el nirvana”, estoy seguramente muy lejos de la comprensión de la
profunda enseñanza del Buda.
No
hemos de creer que el simple hecho de practicar zazen nos conduzca
por si mismo a aquella experiencia. Zazen por si mismo no es
bastante. No existe en nuestra jornada un tiempo para la vida
ordinaria y un tiempo para el zazen. Zazen y vida cotidiana deben
convertirse en una completa unidad, una cosa debe de ser la
prolongación natural de la otra.
Zen
es ante todo vida, la vida en todos sus aspectos, positivos y
negativos, agradables y desagradables, vivida en toda su plenitud, en
profundo respeto por cada mínimo detalle.
El
maestro Dōgen
decía refiriéndose a la vida de un cocinero: “Tratar cada grano
de arroz como a un Buda y hacer de una simple legumbre un templo”.
Esto
implica necesariamente un gran amor y respeto por las cosas que nos
rodean. Tomar conciencia de la realidad y vivir en armonía con todo
aquello que nos circunda es ya satori, es ya iluminación.
Cada
ser en lo profundo de si mismo es ya Buda. Zazen simplemente nos
ayuda a experimentar esto de forma directa, sin pasar a través de
los tortuosos laberintos del intelecto y de la lógica.
Sin
tregua, incesantemente, los pensamiento desfilan a través de nuestra
mente.
Un
pensamiento aflora y se forma originado por un pensamiento precedente
y, por asociación automática, crea la base para un pensamiento
posterior. En un continuo intercambio se alternan, sostenidas por
los pensamientos, nuestras sensaciones, las alegrías y los dolores.
En cualquier caso, sin embargo, los pensamientos no tienen ninguna
relación real con aquello que se va, poco a poco, viviendo.
El
pensamiento es proyectado siempre hacia el pasado (recuerdos de
hechos y sensaciones que nada tienen que hacer
con el presente) o bien hacia el futuro (imaginaciones, deseos de
algo que todavía no existe y que se desea, etc.).
Durante
la práctica de zazen debemos ponernos como espectadores en relación
al fluir de los pensamientos, hasta darnos cuenta claramente de los
sutiles mecanismos que los producen y los concatenan.
Un
pensamiento nace y, para poder existir, intenta inmediatamente echar
raíces. Para lograrlo se desarrolla inevitablemente en una serie
sucesiva de pensamientos.
¿Qué
podemos hacer para poner fin a esta cadena que nos ata tan
estrechamente? Ciertamente no podemos cerrar el paso de un río y
pretender que no se colme hasta originar un lago artificial; lo que,
en cualquier caso, no hará sino producir otro río, tan solo,
quizás, en una dirección distinta; ni podemos, de este río,
ignorar su existencia si, aunque solo sea una vez, lo hemos
vislumbrado en un relámpago de lucidez.
Todo
lo que podemos hacer es solo ver y dejar que fluya naturalmente
siguiendo su recorrido, con sus curvas y sus ensenadas.
Allí
donde existen llanuras se alargará dulcemente, donde hay precipicios
se precipitará violentamente convirtiéndose en vapor y espuma,
hasta el gran océano donde todos los ríos pierden su nombre
y su forma.
Dai Do Massimo Strumia. Presenza consapevole, Shikan Taza.
Libreria Editrice Psiche (Torino 1999)
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Traducción: Roberto Poveda
Fotografía: Zazen en un jardín sueco, Roberto Poveda


