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miércoles, 6 de marzo de 2013

El maestro y el poder. Mauricio Y. Marassi

Dada la extensión de este artículo, para facilitar su lectura, se puede descargar en formato pdf aquí
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En octubre de 1987 terminó el período de permanencia en Antaiji, el monasterio japonés que durante muchos años me había hospedado junto a dos compañeros italianos.

Antes de nuestra partida, entre la despedidas mas relevantes estuvo la visita a Uchiyama Kōshō, abad de Antaiji hasta 1975, sucesor en aquel rol, discípulo y heredero espiritual de Sawaki Kōdō, el más famoso y controvertido monje zen del siglo pasado. Uchiyama Kōshō, entonces casi con ochenta años, instructor espiritual de nuestro padre espiritual Watanabe Kōhō, ya era en aquella época conocido en todo el mundo, en persona y a través de sus libros, como el exponente más autorizado de la linea “purista” del budismo Zen, encarnada en la tradición protegida y trasmitida en el monasterio Antaiji. Enumero estas características sin pretender adular o con el deseo de destacar el haber frecuentado a ciertas personas. La intención es remarcar la distancia sideral que había entre aquella figura y tres jóvenes italianos desconocidos  que habían apenas finalizado un periodo en un monasterio.

El recuerdo más neto que me ha quedado de aquella ocasión fue el momento de la despedida; nos saludamos bajo el umbral, atravesamos el pequeño jardín, nos volvimos para un último gesto y vimos que el padre Uchiyama se había arrodillado sobre las tablas de la galería inclinando la frente hasta tocar el pavimento. Si no nos hubiésemos girado no lo habríamos sabido nunca.

Aquel gesto me impresionó mucho. Experimenté un sentido de inadecuación, incluso de vergüenza, que percibí en mi ante aquel acto incomprensible.

De entrada me alcanzó la enormidad de aquello en el plano de la etiqueta, en una sociedad como la japonesa en la que los gestos de deferencia formal están minuciosamente determinados para cada circunstancia, su comportamiento estaba fuera de cualquier norma o significado, impensable en la dinámica de las relaciones entre él y nosotros. Después, con el paso del tiempo, ya no fue la incongruencia de la forma la que me interrogó, sino el significado de aquel gesto más allá de la cultura en la que se había desarrollado, independientemente de los factores sociales en juego.

El tejido social japones tiene una ajuste operativo basado sobre todo en una perspectiva confuciana del mundo. En los márgenes de aquel solido tejido están ligados otros factores que modifican algunas formas, pero no la sustancia, es decir las normas y las leyes de referencia del comportamiento. Por ejemplo, la difusión del budismo Zen ha transferido a las artes una impronta característica, con el tiempo convertida en hegemónica, que se observa incluso en la arquitectura tradicional en la que el verdadero sujeto es el vacío y en el que la partes “llenas” se remiten a él constituyendo un ornamento. El Shintō, la antiquísima religión autóctona del archipiélago nipón, ha permanecido a la base del sentido de lo bello, del sentido de pureza interior, en la relación con la naturaleza y en la valoración de la desnuda emotividad carente de énfasis que forma la parte más sutil, invisible pero determinante en la psicología y en la espiritualidad japonesa. Más recientemente, debido al ejemplo de la potencia dominante en los últimos cincuenta años, es decir los Estados Unidos de América, el capitalismo entendido como producción y acumulación de bienes ha orientado hacia el la medida de la supremacía; así cuando el sistema Japón ha querido redimirse de la derrota en el último conflicto mundial mundial, proponiéndose como potencia de primer orden tanto en Oriente como en Occidente, lo ha hecho usando los símbolos del poder capitalista: el PIB, la producción y la posesión de bienes.

Pero mientras tanto, allí donde la cultura tradicional no se ha disgregado en la nada cotidiana del hombre que gira en torno a una empresa como única razón vital, el paradigma de referencia de ese pueblo ha permanecido intrínsecamente confuciano en la lengua, en las formas, en los usos, en las costumbres, en la escala de valores, en el sentido de lo justo y lo equivocado. Por lo que la relación de sumisión respetuosa de los más jóvenes hacia los más veteranos, tanto en la familia como en la empresa, el respeto de las reglas como simulacros de sacralidad casi trascendente, o en cualquier caso colocada ciertamente mucho más arriba de las elecciones del individuo del que se espera obediencia sin discusiones, la profunda convicción -profunda hasta el punto de convertirse en certeza inconsciente- de que la educación es un proceso de dolorosa corrección de las deformaciones individuales por medio de una disciplina posiblemente despiadada (y por ello, según ese punto de vista, piadosa), permanecen todavía como el substrato, el humus de la vida organizada, socializada de aquel pueblo.

El budismo, que en séptimo siglo fue instrumentalmente insertado en la primera constitución japonesa, alcanzó su madurez entre el siglo diez y el siglo catorce. En épocas sucesivas ha florecido plenamente en ámbitos limitados numéricamente, a veces marginales. Si bien cualquier generalización es de alguna manera injusta, es posible afirmar que hoy a nivel de conciencia de masa existe una percepción desenfocada, distante y a menudo confusa. Le son delegadas las relaciones con el más allá, funerales y aniversarios rituales ligados a los difuntos, al interior del conformismo con la norma, para respetar la ley de la costumbre más que por fe individual en su posibilidad salvadora. Sin embargo, al interior del amplio panorama budista japones, el Zen, gracias a la ausencia de rigidez doctrinal y de manierismo, a la unión con lo esencial de la vida cotidiana y también a las relaciones, si bien heterodoxas en parte, con artes refinadas y estimadas por muchos como por ejemplo el Sadō, la vía o ceremonia del te, el Shodō, la vía de la escritura o caligrafía, el Ikebana, literalmente vida-flor, en cierta medida ha podido “pasar” a través de la severa criba crítica sutilmente refinada por milenios de espiritualidad Shintō, penetrando por ósmosis en el alma japonesa.

Además en esas múltiples y a menudo difíciles condiciones ha habido siempre un cierto número de lugares, desconocidos por otra parte si no es a posteriori, difíciles de cuantificar; precisamente por que en su ser sin parecer se manifiesta su calidad, donde la vida religiosa era y es dueña del tiempo. Así ha sido protegida y trasmitida la enseñanza viva que, también en Occidente, toma el nombre de “Zen”.

Fuera de esos casos, realmente pocos, la realidad budista está desgraciadamente distante de la espiritualidad que se reconoce en la simple edificación del despertar en el máximo de ausencia egoísta y en armonía con todos los seres. Los templos budistas japoneses, estructuras muy similares a nuestras parroquias en cuanto a difusión, funcionamiento y composición, en la gran mayoría de casos son pequeños feudos familiares trasmitidos de padre a hijo. En los monasterios oficiales de las principales escuelas budistas, en los que los hijos primogénitos de aquellos templos constituyen la mayoría de los novicios, por efecto de un profundo sincretismo entre budismo y confucianismo, a través de una disciplina rígida y a veces estudiadamente vejatoria por razones de eficacia, se forman personas cuyo carácter está modelado sobre una base ante todo normativa y ritual. Y frecuentemente sucede que la adquisición de aquel paradigma interiorizado y el dominio de la casi completa ritualización del tiempo sean confundidos con la realización, el logro del camino espiritual. Incluso si, es preciso reconocerlo, la maestría del comportamiento ritual es un arte refinadísimo. Tal como la cascara de un huevo es una esplendida obra de arte.

En algunos monasterios pertenecientes a la escuela Zen el zazen es practicado como una parte de la disciplina, una dureza más que hay que aprender a soportar. En otros, aparentemente más serios, a la practica del zazen se le pide también, al mismo tiempo que la disciplina moldeadora, la consecución “forzosa” de la iluminación, por tanto se lo practica en condiciones extremas de frío, de calor, de duración. En otros, abandonada incluso la disciplina, no queda otra cosa sino la enseñanza de los rituales y de las ceremonias, es decir los instrumentos del oficio que se ejercerá después en el templo familiar. Pocos entre los clérigos provienen de una familia laica abandonada como consecuencia de una vocación religiosa, e incluso estos, por fortuna con excelentes excepciones, terminan también a veces por ser absorbidos por las problemáticas menos espirituales del conjunto.

Igualmente la figura del maestro, la amistosa guía que recorre al mismo tiempo la vía con el fin de que el más joven no se pierda, y que de esa manera realiza a fondo el propio camino ofreciendo gratuitamente aquello que gratuitamente ha recibido, en la mayoría de los casos ha padecido la misma distorsión. Es o se hace maestro quien ha superado la prueba, preparado, con los mismos métodos, para formar a otros para convertirse como él, hombres (casi nunca mujeres) de tono, de modales y de títulos pretenciosos; en razón de la capacidad de aguante adquirida, o incluso únicamente por la fama de severidad e intransigencia mostrada al subir fatigosamente la escala jerárquica dentro del riguroso respeto a todas las reglas.

En particular, en las escuelas Zen, los monasterios de preparación para los clérigos, llamados en japones senmon sōdō es decir “seminarios de especialización del clero”, son mayoritariamente estructuras organizadas ciertamente de acuerdo a la regla budista; pero esta es leída y aplicada en relación con una filosofía principalmente confuciana, por otra parte con orientación “nomocrática”, es decir poniendo en primer lugar la regla formal. Desde otro punto de vista constituyen una vuelta a la vía de salvación a través de las obras, al budismo fundado sobre el vinaya, “la disciplina”, según una acepción próxima a aquella que en el pasado muchos han estigmatizado con el empequeñecedor apelativo de hinayāna, “el vehículo inferior”, que ve la regla como fin, no como instrumento que me mantiene en el zazen de cada instante al dejar desaparecer mis pulsiones. En aquellos monasterios la educación interior es concebida a menudo  como un embridar a la fuerza en la rígida estructura de la regla cada pulsión humana, plasmando en la acción ritual la exteriorización de la energía vital. Incluso el reposo, los momentos de fiesta, tienen una estructura ritual, tal como sucede, si bien menos rígidamente, en la sociedad civil. Se persigue un ideal de armonía que se realiza a través de la constitución de un colectivo homogéneo basado sobre el orden y la disciplina y este ideal refleja e influencia el orden social externo, constituyendo un estándar y un baluarte operativo. 

Para dar un ejemplo de esta ósmosis entre la perfección formal del orden y de la disciplina realizada o mitificada en el senmon sōdō y el orden estructurante en el mundo laico, recuerdo que muchas grandes industrias enviaban a los nuevos empleados a aquellos lugares como un periodo de entrenamiento con la finalidad de que fuesen enderezados según la más severa disciplina, operativa en la empresa y en la sociedad, dirigida a la obediencia a los superiores y a los más antiguos, en el respeto de las reglas y las normas del sistema. Por otro lado las principales compañías del País cada mañana hacían recitar a sus dependientes a coro una especie de “plegaria empresarial”, inserta en una ritualidad ceremonial tomada en préstamo casi siempre de las formas perpetuadas en el senmon sōdō. De este modo la fusión entre “lugar religioso” y sociedad se convierte en una fusión realizada sobre la base de compartir el orden constituido, operativo por una parte desde una perspectiva tomada prestada del budismo confuciano y por la otra por una eficiente producción de bienes, con altos ritmos y alta calidad.

En el periodo que va desde la mitad del siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial, un ulterior elemento ha acrisolado las formas de aquello que es exportado desde Japón con el nombre de “zen”, aun siendo sobre todo el fruto de una cultura particular. A partir de la segunda mitad del siglo diecinueve la presión internacional, el orgullo nacional, la situación interna condicionada por el ejercito y por las clases (familias) ligadas a la tradición de los samurái, concurrieron con el fin de que Japón reclamase y ocupase una posición más consonante con aquello que desde su interior era considerado su verdadero papel y su colocación en la escala del mérito, de la fuerza y de la civilización en el el consenso mundial.

En aquella situación los exponentes punteros de la cultura pretendidamente budista y en particular Zen, monjes, maestros y otros prelados antes que el resto, con la excepción de poquísimas voces contrarias eliminadas con sutil y radical represión, no solo apoyaron el militarismo agresivo japones, sino que proveyeron justificaciones “teológicas” y culturales a tales agresiones. Sin faltar el proveer de hombres al servicio de la maquina bélica, tanto como combatientes indómitos y ejemplares, como “educadores religiosos” que debían forjar de forma coactiva a las masas de de los países conquistados en el nuevo verbo del Imperio de Sol Naciente.

Famosos maestros y predicadores se adhirieron, con un entusiasmo increíble para los budistas, al objetivo de sojuzgar con la fuerza naciones enteras; imperdonablemente confundieron el ser japones con el ser budistas llegando posteriorente a sostener que tan solo y únicamente Japón era depositario del verdadero budismo, por lo que su misión era restablecer la verdadera ley de Śākyamuni en los países que la habían perdido, o que no la habían tenido nunca, usando cualquier medio, incluso la guerra.

Dejando a los estudiosos de historia, filosofía de la política y antropología la profundización en un fenómeno así y las consecuencias de la superposición entre religión e intereses nacionales, es más importante aquí evidenciar que el budismo, y sobre todo aquella corriente budista que toma el nombre de “Zen”, no solo no justifica ningún acto de agresión, guerra o conquista, sino que por su misma naturaleza se coloca siempre fuera de cualquier interés particular, sea este de especie, de nación, de pueblo o de persona.

En nuestra época, los primeros occidentales que se dirigieron a Japón y que estuvieron en contacto con el Zen y sus estructuras llegaron a aquellas tierras tras la primera guerra mundial, pero fue solo al final de los años cincuenta cuando los primeros no japoneses comenzaron a ser admitidos y aceptados como discípulos. Obviamente eran desconocedores de la génesis histórica y religiosa que, en los cien años precedentes, había formado las personas a cargo de aquellos lugares, igual que también ignoraban su cultura y su perspectiva de las cosas. En suma, en lo que les era presentado y enseñado como Zen no estaban en condiciones de saber distinguir claramente lo que era hijo de la historia de aquella nación y lo que era en cambio la autentica enseñanza de Śākyamuni. Fue así como se originó la figura del “maestro zen”.

Los títulos honoríficos con los que muchos de los monjes japoneses de rango elevado eran llamados habitualmente en virtud del oficio que momentáneamente ocupaban, e independientemente de su efectiva inmersión en el Zen, cuando se traducen literalmente en lenguas occidentales suenan como “viejo maestro”, “muy reverendo maestro del zen”, maestro guía”, etc. La prosopopea y la convicción de estas personas, que encontraban a sus pies a los occidentales, a veces temidos, otras veces despreciados por sus maneras informales y por tanto bárbaras, junto a la cultura confuciana que impregnaba todo y por la cual cualquiera que tuviese algo que enseñar -sea el arte de limpiar las calles, gobernar un caballo o de vivir la vida- no solo debe ser tratado con deferencia y humilde sumisión por quién quiere aprender sino que puede pretender de sus alumnos, incluso con la utilización de artes coercitivas, el ser objeto de tales formas de respeto, hicieron que la actitud básica recibida, aceptada, interiorizada (y a continuación propuesta) por parte de los discípulos occidentales fuese una mezcla de hieratismo, despotismo, autoridad, disciplina y, a veces, hipocresía.

No estoy diciendo que todos los monjes budistas japoneses fuesen así, ni que ninguno estuviese en condiciones de mostrar el verdadero espíritu del Zen. Estoy reconstruyendo la génesis de un fenómeno, el origen de aquel extraño ser, del todo anacrónico y carente de efectiva realidad, que en Occidente es conocido como “maestro zen”.

Anteriormente a una reforma de la liturgia, realizada hace algunos años, durante el primer servicio de la mañana, en todos los monasterios y templos japoneses, se recordaban “las tres naciones” (India, China, Japón) que formaron vital y dinámicamente la tradición del Zen. Sin embargo, desgraciadamente, cuando el budismo Zen llega a Occidente lo hace como hijo de la tradición de una sola nación. Si, como ha sucedido hasta ahora, la forma de trasmitir continúa estando aplastada bajo el pensamiento y la cultura de una única nación, como si aquella forma fuese el contenido, de esa injusta superposición no nacerá ningún futuro.

No habiendo ninguna forma preconstituída en la eterna enseñanza sin patria, en caso de ser constreñida al gusto por una forma, al interés de una patria; compartirá tanto la estrechez como la génesis terrenal de esta. Perdiendo al mismo tiempo cualquier característica de vía de salvación universal.

Si en cambio llega a ser posible ver” el budismo, y el Zen en particular, por lo menos en sus tres formas geográficas principales, resultará evidente que ninguna de ellas es “la” forma, aun siéndolo cada vez, y será infinitamente más fácil capturar la verdadera naturaleza y regenerarla en nuestra vida sin ninguna necesidad ni tampoco ningún riesgo de imitar. Para realizar concretamente esta posibilidad de comparación es indispensable dar cuerpo, ahora, aquí en Occidente, a una seria cultura analítica del budismo y en particular del Zen.

A continuación de cuanto he dicho antes, entre los los años sesenta y setenta, en Europa y en los Estados Unidos, junto a pocas, poquísimas personas con la cabeza sobre los hombros y los pies en la tierra que practicasen el zazen sin ninguna arrogancia en particular, comparecieron los “maestros zen”. Es decir personas, japonesas y occidentales, que eran maestros en si mismos. Es decir que habían conquistado, habían recibido en algún monasterio o se había atribuido autónomamente ese  título y que por tanto, de una vez para siempre, poseían ese estatus y ese papel o, mejor dicho, eran ese rol. Obviamente el título estaba ligado a un conocimiento particular que los hacía tales a todos los efectos.

Son innumerables los abusos realizados por este tipo de personas. Muchas están actualmente en plena actividad y tienes decenas, en conjunto millares de seguidores.

Me he interesado en este fenómeno por que me ha impresionado siempre la disponibilidad de muchos para ser vejados, tiranizados por periodos de tiempo incluso muy largos por personas que cualquier observador imparcial reconocería como mediocres imitadores de pequeños escenas y rituales o, incluso, completamente improvisadas.

Siendo el “maestro zen” una figura ficticia, o un personaje que no puede existir más que por fantasiosa auto-proposición en ese rol, consecuentemente una persona que crea ser tal o ser legítimo poseedor de ese titulo no puede ser más que un iluso o un arrogante. Por lo que, independientemente del hecho de que sea consciente o no de aquello, no poseerá ningún “zen” a enseñar. Por tanto, desde aquel lugar, no habrá nada para ofrecer. Distinto del tener nada para ofrecer.

¿Cuales serán entonces las “mercancías” que aquella figura puede procurar y el talismán que la mantiene en su sitio?, es decir, ¿cual será el atractivo que le procura la adhesión incondicional de discípulos dispuestos (casi) a todo con tal de tenerlo cerca y cual es el sostén interior, la motivación que los hace proseguir en ese camino?

En el budismo Zen no existe la carrera de maestro. No existe un cursus honorum, un procedimiento, una escuela, un proceso o alguien que pueda hacernos maestros. Sin embargo, vistos los presupuestos históricos, culturales e iconográficos que ese título, ficticio hasta decir basta, conlleva, entiendo que pueda convertirse en objeto de un fuerte deseo. Por ejemplo, quien puede exhibir el título de maestro es, más o menos automáticamente, considerado un iluminado, detentador de un conocimiento inefable y superior, por tanto una persona a envidiar, imitar... Y pienso que precisamente ahí está la solución de este pequeño, en el sentido de ridículo, misterio.

Desde el momento en que alguien aparece sobre la escena exhibiendo ese título, representa una forma que nuestro deseo puede asumir como objeto. Por tanto, lógicamente, nos dirigimos a él para ser instruidos, con el fin de que nos haga llegar a ser como él es, o de que nos de aquello que tiene; un conocimiento superior e inexpresable. Pero todo aquello que esa persona tiene es solo a si misma, con ese título, y si hipotéticamente estuviese en condiciones de hacernos llegar a ser como él, esta necesidad sería el fin de eso que es, es decir el dominus incuestionable, el poseedor del título. Corre por tanto un solo peligro: no estando en condiciones de procurar una verdadera trasmisión no puede ser igualado mas que  en aquello que de forma fraudulenta representa, pero si lo igualásemos descubriríamos el truco y el juego se rompería en pedazos. La única forma en la que el juego puede continuar es no terminando nunca, es decir impidiendo que ninguno alcance el puesto que, revelándose inexistente, descubriría el engaño.

Un persona así, manteniendo la exclusiva sobre el rol que interpreta, perpetúa nuestro deseo de igualarlo, y nuestro deseo de ser como él lo refuerza en el suyo y a su vez este reforzarse suyo lo vuelve todavía más deseable. En este punto el proceso se alimenta de si mismo. Un poder inexistente, indicado por un título, por un cetro que es la única prueba, pone en marcha un juego cuya apuesta es nada, es decir, la exhibición del cetro mismo, que para tener valor debe de ser deseado por otros, por el mayor número de personas posibles. Parece una pesadilla.

El deseo respecto al camino que lleva a convertirse en “maestros” nos impide ver los límites de nuestro pequeño ídolo. La esperanza de estar un día en su lugar y de tener así a otros que desearán ser como nosotros confirma la importancia de nuestro estatus. Esto es lo que nos impide ver el servilismo en el que vivimos como lo que realmente es. De esa forma el único y real rasgo de unión es el deseo, y siendo un deseo hacia la misma cosa, es decir hacia el mismo rol, se basa inevitablemente sobre un conflicto latente que durante un tiempo, más o menos largo, se sublima en admiración reverente para después desembocar en lucha. Dejando a parte el caso en que el “maestro” muere de improviso, poniendo así las bases para una idolatría que permita a los otros gestionar el poder en nombre o por cuenta del difunto. Todas las relaciones de este género concluyen inevitablemente con grandes dramas, rechazos recíprocos, rencores y separaciones traumáticas; o bien evolucionan en situaciones en las que una de las partes acepta una eterna subordinación la que sin embargo, no comportando deseo o no aportando agua nueva a la relación, la paraliza. Estas variantes se resuelven sea como fuere en relaciones distintas a la dinámica inicial: asociaciones de distintos tipos, matrimonios a veces, relaciones desequilibradas cuya estabilidad está garantizada tan solo por la perduración del desequilibrio de partida de la relación sobre la que se basan.

En el así llamado ambiente del Zen occidental tales agregaciones -que en su desarrollo se convierten en pirámides, que vuelven a proponer en distintos niveles el mismo mecanismo basado sobre deseos convergentes que se confirman unos a otros- son numerosas, quizás numéricamente preponderantes respecto a las situaciones sanas. Sin embargo, incluso desde un simple examen lógico, debería revelarse la completa perversión de un conjunto como este de comportamientos, tanto desde un punto de vista genéricamente religioso como también desde uno específicamente budista. La conquista de un poder sobre otras personas, el deseo de exhibir un rol, un estatus o un particular conocimiento; atribuibles más al campo de las problemáticas individuales tendentes a los patológico que al ámbito de los objetivos religiosos, especialmente cuando es clara y evidente la ausencia de cualquier base real en todo el mecanismo.

Religión y religiosidad no pueden ser usadas como objeto de deseo ni, aun menos, como una apuesta dentro de un juego, so pena de su decadencia. Cuando cualquier cosa, incluso la misma conducción del juego, se convierte en una apuesta dentro de un juego de poder entonces los nombres religión o religiosidad vienen atribuidos ilegítimamente a un ámbito diferente de hecho.

Más clara aun es la ausencia de cualquier elemento en base al cual las dinámicas descritas puedan ser atribuidas a una lógica o a un ámbito budista. El budismo auténtico -por tanto el Zen- consiste en la práctica del camino que conduce a la extinción de todo afán y de todo dolor, es decir la realización concreta de la cuarta noble verdad iluminada con la luz de la primera, de la segunda y de la tercera. Esta vía es materialmente recorrida por quién renuncia, de una vez por todas e instante tras instante, a hacer del deseo la motivación que sostiene la acción, poniendo al zazen en el centro de la propia vida. Es la elección de vivir la vida sobre la base del zazen.

No se ve concretamente que tiene que ver con eso el plantearse o desearse como “maestro zen”, teniendo en cuenta que eso consiste precisamente en alimentar la más devastadora de las ilusiones: el deseo, en particular el de aparentar o el de dominar. Crear expectativas que suscitan deseos, para conseguir ventajas de la dependencia que esto provoca, es la activación de un mecanismo infernal. Es decir una fuente de agudos y larguísimos sufrimientos.

Es suficiente examinar con atención las indicaciones respecto a a la trasmisión de la vía dejadas por el maestro Dōgen, igual que las de los autores clásicos del Chan, el Zen chino, como también las enseñanzas contenidas en el recorrido de la tradición que antes fue hindú. Aparecerá claramente que la única posibilidad de carrera que existe en el Zen es aquella que nos permite convertirnos en discípulos.

Nunca ha existido ninguna justificación en pretender el sometimiento de otros, la obediencia o la subordinación. El espíritu manifestado por quién se ha encargado de cubrir encargos de responsabilidad ha sido siempre de servicio, amor por el prójimo, dedicación a los más jóvenes, ejemplaridad en el comportamiento personal hacia el propio maestro y, sobre todo, completa ausencia de auto-constitución en un rol abstracto. No puedo ser maestro ni en cuanto yo, ni por que así me haya instituido ningún otro. El único legítimo modo que tengo de considerarme, siempre, revistiendo cualquier rol o encargo, es ser, en cualquier ocasión, un discípulo; es decir una persona en formación sobre la vía y en sentido relacional discípulo de quien me ha precedido y me ha permitido entrar en el camino budista. Discípulo de cualquiera que tenga cualquier cosa que enseñarme a propósito de ese camino, sea el/ella más joven o más anciano, un objeto, una cosa o incluso un animal. Todo habla, sabiendo escuchar.

Si, en tanto que discípulo, he sido autorizado a aceptar discípulos, es de ellos, de su juventud y de lo precioso de su vida de lo que me debo de preocupar, pero no viéndome nunca como su maestro. El único modo legítimo de verme, si por cualquier extraño motivo quiero verme de alguna forma, es el de discípulo. El único rol con el que puedo presentarme es el del amigo cuidadoso y sincero.

En otras palabras, las relaciones fundamentales, por un lado hacia el propio maestro y por el otro hacia los propios discípulos, únicamente se dan en el plano del deber y del servicio, pero nunca sobre el plano del derecho o, por añadidura, de la pretensión.

Ello por un simple y cristalino motivo: la base de todo es mi real existencia en el zazen, es decir en el continuo y sistemático abandono de toda forma o convicción interior, en el volver a ser yo antes que ser de alguna forma. Ser discípulos se reduce a esto: no verse nunca completos. Porque quien se considera completo, para poderlo hacerlo, debe evitar hacer zazen; que es también el abandono de aquella idea de completud. Verse como discípulos quiere decir continuar recorriendo la vía. Sobre la cual no se aprende nada, por lo cual ninguno podrá nunca ser maestro de nada. Precisamente esta es la maestría en la que se puede tener experiencia, una maestría que solo se puede comunicar a quien no está interesado en obtener algo que no sea la paz del corazón.

El ser maestros en tanto que discípulos es un objeto de deseo que es difícil de proponer, por que significa no ser nadie en particular; es decir una persona común que intenta no desviarse y volver lo mejor que puede sobre el camino trazado por Śākyamuni.

Si alguien está verdaderamente interesado en ser un hombre o una mujer que lo hace lo mejor que puede en ese breve periodo entre el nacimiento y la muerte para no perderse en las tentaciones del mundo, no creo que exista ningún motivo para tratarlo con suficiencia o altanería, ni que él mismo tenga ninguna buena razón para ponerse a seguir y servir a una persona que promete algo completamente distinto a lo que busca.

Si bien todos nosotros tendríamos que haber sabido estas cosas, desde hace tiempo ya habíamos sido advertidos por una voz amiga: «... Y aquel que quiera ser el primero entre vosotros, se hará vuestro esclavo; exactamente como el Hijo del hombre, que no ha venido para ser servido, sino para servir...».


P.S.: no he olvidado haber dejado al viejo Uchiyama, postrado con la frente en tierra, sobre el vestíbulo de entrada de Nokein mientras nos alejábamos, turbados y con la cabeza llena de porqués.

Simplemente, ¿qué más podía hacer?

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Mauricio Yushin MarassiLa Via Maestra. (cap.II), Ed. Marietti, 2005

La trasmisione di una tradizione autentica nel paradigma del buddismo Zen
Traducción, Roberto Poveda
Fotografía, Internet

lunes, 19 de marzo de 2012

El buen amigo. Mauricio Yusin Marassi

Al principio, siendo el primero, el ancestro, el “buen amigo” fue únicamente el Buda. Después, cuando la posibilidad del despertar se suscitó en otros, aquella expresión fue usada por todos los miembros virtuosos de la comunidad, jóvenes y ancianos. Tras la muerte del Buda, poco a poco, se institucionalizó una figura de anciano que se ocupaba, estaba encargado, de la instrucción religiosa de los novicios. Esta persona en particular era definida como “el buen amigo”, pero no como atribución exclusiva, de hecho todos los monjes virtuosos continuaban siendo considerados así y a todos concernía para ser verdaderamente parte de la comunidad actuar como “buenos amigos” unos hacia otros y todavía más hacia los más jóvenes e inexpertos.

Naturalmente es preciso prestar atención al término “amigo”. Entendido según el espíritu tiene un significado, entendido según el sentido habitual tiene otro. Sin restar importancia al amigo al que abrimos confiados el corazón al interior de una relación basada sobre el afecto y la afinidad, con el cual compartimos el tiempo del juego, del placer o de la tristeza y que, justamente, espera otro tanto de nosotros, la relación de la que estamos tratando es completamente distinta, basada sobre presupuestos que pertenecen a otro ámbito. “Buen amigo” es la descripción interior de la guía, una descripción trasmitida ya desde los tiempos antiguos que resalta la actitud espiritual, no el rol mundano. Es del todo normal que con el “buen amigo” no exista para nada una relación de amistad. Incluso, en el caso de que preexistiese, esta de debe antes perecer o dejarse a un lado, para poder renacer trasformada. Ser amigos, compañeros en el dharma no es lo mismo que ser amigos de la niñez o de alegre compañía. Los objetivos de la relación, su sustancia misma, son distintos.

Dōgen, en sus obras, utiliza la expresión zenchishiki, abreviado a veces como chishiki, que es la lectura japonesa de los ideogramas chinos usados para traducir el término sánscrito original que tenía el significado de “buen amigo, es decir kalyāņamitra. Desafortunadamente en casi todas las traducciones en lenguas occidentales se ha preferido traducir este término con “maestro”. Contribuyendo así a radicalizar un aspecto operativo, funcional, a expensas de otros más sutiles y más apropiados para significar la verdadera naturaleza de la relación. No se trata de un problema filológico sino de continuidad de un significado; en el budismo, desde siempre, la verdadera guía es el buen amigo. Y el buen amigo, para ser de verdad tal, un amigo espiritual, no puede ser sino un practicante sincero de la vía, de corazón noble, asiduo en el zazen, que se propone como compañero sobre este camino, sin otros objetivos, sobreentendidos o máscaras. ¿Puede, nuestro buen amigo, ser un déspota que tiraniza y perpetúa en nosotros la dependencia en los encuentros con él? ¿Puede una mujer o un hombre interesado en el propio nombre, en la propia apariencia, en la propia vanidad, ser un buen amigo o, por añadidura, el buen amigo?

La cercanía a una persona de la vía no tiene el fin de aprender a tocar una música nacida de su fantasía e impuesta arbitrariamente. Se trata de aprender juntos a tocar la misma música, que es la misma por que nace de la misma fuente y es distinta porque es distinto el instrumento que la interpreta. Puesto que es una música muda, lo que es verdaderamente difícil es no engañarse al seguir cualquier melodía seductora, en cambio de armonizarse con la verdadera música momento tras momento. En realidad esto nadie lo puede enseñar, el buen amigo nos puede mostrar como aquella armonía vive en su vida, pero el aprendizaje del camino es una acto íntimo, que cada uno realiza para si y por si. Por esto se ha dicho que el verdadero maestro es zazen. Aprender a hacer zazen, aprendiendo dócilmente de zazen, es el correcto aprendizaje.

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De "La Via maestra", de Mauricio Yushin Marassi  (Ed. Marietti, 2005)
Traducción, Roberto Poveda.
Fotografía: Buda de sol, Buda de luna. Roberto Poveda.

viernes, 3 de junio de 2011

El fin de cualquier coartada IV. Mauricio Yushin Marassi


El tercer punto que he enumerado, fundamental respecto a la misma existencia, es la necesidad de la confrontación, de la relación dialéctica con otros que, como nosotros, estén recorriendo el mismo camino.

En la práctica la experiencia de siglos enseña que, especialmente en los primeros años de quien se acerca al budismo, el aislamiento puede ser causa de malos entendidos, de peligrosas desviaciones, dañinas, incluso de forma grave, para nosotros y para las personas que tenemos cerca.

A veces sucede que quien se inicia solo a practicar y estudiar el budismo, en particular el zen, se convierte en extraño, es decir que se comporte de forma excéntrica, extravagante. Convencido, e intentando convencer a las personas alrededor suyo, de que este comportamiento desciende de un conocimiento más alto, inefable, por lo que no se puede dar justificación de los propios actos mientras que estos actos parecerían perfectamente normales a los “iniciados”.

Esto sucede de modo particular a personas privadas de auto-ironía, las cuales no tienen la posibilidad o la voluntad de confrontarse, de entrar en discusión con los propios iguales. Los primeros en estar satisfechos o insatisfechos del cambio que le ocurre a una persona son las personas más cercanas. Si el budismo zen lleva al litigio, a la disgregación o a la falta de armonía con la familia, antes que atribuir estas perturbaciones a la incomprensión del próximo es preciso considerar con mucha atención si nuestro actuar está verdaderamente impregnado de zen, o más bien de alguna cosa diferente. Por ejemplo egoísmo, infatuación exótica o incluso perturbación psíquica...

Unido al punto precedente está la cuarta indicación básica para configurar la propia vida sobre la base del budismo Zen, el trabajo. Es decir la actividad física e intelectual, la fatiga, el sudor, el empeño personal en todas las actividades que componen nuestra elección mundana, que es el plano de la vida que nosotros estamos viviendo realmente: padre, hijo, marido, enseñante, campesino, médico, estudiante, abogado, monje, laico, etc. etc.. A veces el budismo y la práctica vital del zen son consideradas actividades quietistas, tendentes a la ruptura de compromisos. Es un estereotipo carente de fundamento. Antes bien, es parte de un correcto entendimiento de la vida de un hombre zen el cumplimiento alegre, atento y fiel de las actividades nuestra vida.

Este punto, importantísimo, significa por un lado que el zen no procura ninguna excusa para irnos fuera de nada, por otro lado quiere decir que no existe una forma de vida privilegiada en la que el zen, o el hombre zen, se pueda realizar y sin la cual no sea posible llegar al fondo del propio ser, como así mismo de recorrer el camino que conduce a la extinción del sufrimiento.

Una de las características más apasionantes del budismo zen es precisamente esta, la de ofrecerse a todos, sin distinción de estatus, de clase, de rol, de sexo, de edad, sin ninguna discriminación que esté basada sobre las peculiaridades que hacen de nosotros hombres o mujeres nacidas en este mundo. Cada cual, sin necesidad de rarezas o particulares exotismos, puede realizar su ser único e inimitable, viviéndolo en aquello que ya hace, sin ninguna necesidad de modificar de forma excéntrica la propia existencia. El cambio sucede dentro de nosotros. No obstante, a veces, nos entra obsesionamos con lo muy profundos que somos (y es precisamente aquí cuando nos convertimos en “raros”), habitualmente no se ve nada, no hay ningún rastro de “nuestro zen”. Entonces, esto, es verdadero zen.

Ciertamente, habrá elecciones que serán reconsideradas, especialmente aquellas que hemos hecho por motivos exteriores, o por avidez, no encontrarán ya razón de ser en nuestra vida, serán estorbos e incomodidad en nuestro nuevo modo de existir. Pero esto sucederá en cualquier proceso de maduración, concierne al cambio exterior que se genera cuando dentro de nosotros cambiamos y nuestro viejo traje comienza a estarnos o ancho o estrecho.

FIN

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Del libro "E SE UN DIO NON CI VENISSE A SALVARE?. Il buddismo Zen in sei conversazioni", de Mauricio Y. Marassi y Giuseppe J. Forzani", Ed. Marietti, Genova, 2003, p. 30 ss.

Traducción y fotografía: Roberto Poveda

martes, 24 de mayo de 2011

El fin de cualquier coartada III. Mauricio Yushin Marassi


El segundo punto que he enumerado es la práctica del zazen.

“Zazen”, desde el punto de vista oral, es una palabra japonesa que hasta ahora no ha encontrado una traducción adecuada. Sin embargo, como a menudo es oportuno, y sobre todo en este caso, lo importante no es conocer únicamente el significado de la palabra en si, sino a que se refiere esta. Es preciso volver a “eso” que precede tanto al nombre como a su significado conceptual y a lo que ella apunta.

Zazen quiere decir estar simplemente sentados. Estar simplemente sentados significa ser cuerpo. Convertirse en el propio cuerpo.

Lo difícil está precisamente aquí. Todo aquello que podríamos pensar, imaginar o hacer en ese momento excede del ser cuerpo y por tanto es preciso cesar, parar, abandonar todo tipo de actividad para ser simplemente nosotros mismos.

Puesto que el objetivo es ser simplemente nosotros mismos, es decir “ser cuerpo”, está claro entonces que no se hace zazen para entrenarse en algo ni para obtener algún poder o realización particular, zazen no es una técnica “para”. El mérito y la ventaja que se obtiene al hacer zazen es el zazen mismo. Es el fin, no el medio.

El modo correcto de practicar zazen es sentarse frente a un muro con las piernas cruzadas, la espalda erguida y la atención bien despierta.

Pero diciendo “estar sentado ante el muro con las piernas cruzadas” no se capta todavía el punto esencial. Con el fin de que nuestro recorrido sea real es necesario necesario aprender a estar sentados de una forma extremadamente simple, desde el punto de vista conceptual, pero muy difícil de realizar en la práctica si no le dedicamos todo nuestro ánimo y atención. Se trata de estar sentados, atentos y vigilantes, retornando continuamente nuestra atención sobre el estar simplemente sentados, repitiendo esta operación hasta el infinito. 

A menudo, apenas estamos colocados sobre el cojín redondo que, apoyado sobre una manta o sobre una estera acolchada, constituye el asiento apropiado para realizar esta posición, nos damos cuenta de repente de que estamos pensando en algo. Zazen consiste, en cuanto nos damos cuenta (y también para darse cuenta hace falta práctica), en abandonar ese pensamiento, cualquiera que sea y volver a nosotros mismos. Después de un poco o de poquísimo, a veces después de un rato, la fantasía volverá a ponerse en movimiento y yo no deberé hacer otra cosa que volver a mis piernas doloridas y al muro ante mí controlando el tener la espalda bien derecha. Unos segundos o minutos más y de nuevo comenzaré a soñar olvidándome del lugar y de mi empeño y de nuevo deberé recomenzar permaneciendo quieto y tranquilo sobre el cojín sobre el que me encuentro. “Hacer” zazen significa repetir esta operación millones, miles de millones de veces. Por esto se puede decir que es “hacer el no hacer”, después de todo se trata tan solo de no secundar cualquier cosa que se nos ocurra hacer, a parte de sentarnos derechos y correctamente.

Cuando hacemos zazen nuestros sentidos están preparados para percibir pero no tienen ningún objeto que percibir, nuestra mente está preparada para pensar pero no hay nada en que pensar. Nuestro corazón esta preparado para el amor y el odio pero no hay nada sobre que derramarlos. Según las religiones que contemplan el sacrificio esto es ofrecer en sacrificio toda nuestra actividad, física, mental, espiritual. Un acto de completa expoliación.

Sobre un punto es bueno no llamarse a malentendidos, no debemos impedir que los pensamientos o las fantasías surjan. Somos seres humanos con un gran bagaje de experiencias, con millones de asociaciones mentales posibles y numerosas fantasías que es posible inventar. Es normal, inevitable que todo esto se manifieste naturalmente. Si en cambio intentamos hacer zazen, cuando alguna de estas cosas se manifiesta la ignoramos, la dejamos, volvemos a nosotros. Al mismo tiempo es necesario precaverse de las representaciones idealizadas y engañosas. El zazen, como se manifiesta inmediatamente a quién lo práctica, es un continuo volver a nosotros, del pensamiento al silencio del pensamiento. Pero, precisamente porqué es un continuo volver manifiesta claramente; en esa dinámica la “pura conciencia” o pensamiento vacío es solo un aspecto de aquella realidad. La búsqueda de cualquier estado o estadio particular (sea este vacío mental, samādhi, éxtasis, etc.) al interior de la práctica es un grave y limitante error.

Si este continuo retorno es la base de nuestra vida, esta no será una inútil sucesión de pasatiempos, de actividades para rellenar el tiempo vacío. Será un hacer pasar, un trascurrir la vida sin alejarse de nosotros mismos y sin haber ganado ni acumulado nada.

Para quién concibe la vida como una carrera hacia la riqueza, a acaparar bienes, dinero o poder esto es impensable porque, quién razona de este modo, dedicarse a cualquier cosa que no haga ganar algo es insensato. Para quién, en cambio, ve la propia vida como un recorrido de profundización situado entre el nacimiento y la muerte, será una gran, una decisiva victoria, absolutamente sin precio, porque, en realidad, hace falta renunciar a la propia vida precisamente para no desperdiciarla.

Veamos este punto mejor.

Vivir incluye también morir. Es decir, quién vive no puede prescindir del conocimiento de la muerte. Es preciso por tanto vivir, también, de un modo en el que se pueda tranquilamente morir en cualquier momento. No sabemos, no sabremos sino hasta que sea demasiado tarde, cuando la hermana muerte  se acerque, envolviéndonos, para acogernos en su paz amiga.

Si nosotros, conscientes de que es solo una fantasía, imaginamos que nacer es como entrar en una autopista y vivir corresponde a recorrer esta autopista, entonces morir corresponderá a la garita del peaje de la salida y la forma de esta salida representará la forma de nuestra muerte.

En esa salida, en la última garita, deberemos pagar el ticket y es un ticket que se llama “todo”. En cualquier caso no se nos devolverá ningún resto. No sucederá, por ejemplo, que si damos todos nuestros recuerdos, todos nuestro haberes, el dinero, las cosas, los afectos, entonces nos sea restituido el recuerdo de un día feliz o de un momento de cercanía con la persona que amamos.. Deberemos despojarnos de todo, pensamientos y sentimientos incluidos. Nuestra desnudez sera igual solo a la que ha precedido a nuestro nacimiento.

El único modo de vivir que incluye incluso el morir es aquel que incluye el despojarse de todo, exactamente de todo, en todo instante. En otras palabras en el vivir debe ser incluida la renuncia a la vida, la perdida de la vida, porque ya forma parte del juego.

«...aquellos que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran; aquellos que lloran, como si no llorasen y aquellos que gozan como si no gozasen; aquellos que compran, como si no pseyesen; aquellos que usan el mundo como si no lo usaran: ¡porque pasa la escena de este mundo!» (I Cor 7, 29-31).

Entonces, tal como hemos podido afrontar el nacimiento perfectamente adaptados para hacerlo, si estuviéramos desnudos como lo estábamos antes de nuestro nacimiento (o, como se suele decir en la tradición, antes del nacimiento de nuestros padres) también estaríamos adaptados, preparados para ser acogidos en nuestra morada más quieta.
Antes de afrontar el punto siguiente es preciso aclarar un aspecto que, tratándose de budismo zen, es ineludible. En Oriente, cada vez que se habla de religión o de filosofía en su sentido más alto, es casi automático que se use el término “camino”. En el evangelio de Mateo (7, 13-14) encontramos: «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y muchos son aquellos que entran por ella; qué estrecha en cambio es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y cuan pocos son aquellos que la encuentran». Y también, en Juan (14, 6): «”Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Incluso si el término “camino” es utilizado de forma incisiva precisamente por el fundador de aquella que en mundo occidental es la religión más difundida, en nuestra cultura esto no tiene el espacio y la importancia que tiene en Oriente. Por esto, si no prestamos una atención particular, nos arriesgamos a dar por descontado aquello que en realidad no conocemos... El significado de esta palabra, como veremos a continuación, no es algo nebuloso o misterioso, más bien es un elemento fundamental del término “religión” cuando con ello nos referimos a vida vivida, activa. “Camino”  es algo que existe solo en el momento en que se lo recorre, de otra forma no hay realidad sino solo fantasía. En la práctica recorrer un camino espiritual significa hacer referencia, en el propio mundo interior, a una enseñanza o a un ejemplo al que hemos elegido adecuarnos.

El budismo Zen es también definido como “camino del Zen” porque tiene sentido real, existe solamente si lo ponemos en práctica en cuanto enseñanza interior y no tiene ningún valor o realidad cuando es entendido en sentido teórico, abstracto. Ponerlo en práctica, es decir recorrer este camino que es llamado Zen, consiste en la introducción concreta del zazen en nuestra vida cotidiana. En otras palabras, significa orientarse en una dirección en  la cual el zazen mismo es la norma de nuestro comportamiento interior. Es por esto que, precisamente de este modo, existe un camino y el recorrerlo. En cambio, en el momento en el que simplemente se habla o se teoriza sobre ello en abstracto no hay ni camino ni el recorrerlo.

(Continuara ...)
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Del libro "E SE UN DIO NON CI VENISSE A SALVARE?. Il buddismo Zen in sei conversazioni", de Mauricio Y. Marassi y Giuseppe J. Forzani", Ed. Marietti, Genova, 2003, p. 30 ss.

Traducción y fotografía (Les misérables. Arles): Roberto Poveda

sábado, 14 de mayo de 2011

El fin de cualquier coartada II. Mauricio Yushin Marassi


El camino del zen se desarrolla sobre un recorrido extremadamente pragmático. La primera indicación con la que nos encontramos de frente es: si intentas comprender la causa de la insatisfacción del hombre, si intentas penetrar el sentido profundo de la existencia, deja de agitarte y de correr tras esto o aquello, deja de construir ilusiones y fantasías sin fundamento.

Pascal ha escrito en sus Pensamientos: «He descubierto que toda la infelicidad humana deriva de una única causa, es esta no saber permanecer quietos en una habitación». Esto está perfectamente alineado con la dirección indicada por el budismo Zen. Pero es solo el comienzo, el recorrido del camino del Zen comienza cuando concretamente ponemos en práctica este principio.

Podemos decir que el Zen nos enseña como estar quietos en una habitación.

A partir del fundador del budismo Siddharta Gotama Śākyamuni, llamado el Despertado, Buda en sanscrito, hay solo una forma de adecuarse con la enseñanza original. Este modo, trasmitido de generación en generación durante 2500 años, ha llegado intacto hasta nosotros carente de añadidos o desviaciones. «Esta forma es como verter toda el agua de un recipiente tal como es en otro».

Con otra imagen podemos decir que es la individualidad que vive el Sí Mismo original en su propia forma. Así como cada cosa es por sí misma, sin mediaciones o añadidos de ningún tipo, así es posible también para el hombre ser verdaderamente Sí Mismo. O bien, visto que es una conquista querida y perseguida, podemos decir que el hombre puede aprender a hacerse a Sí Mismo. Incluso si este hacer, íntimamente, es más precisamente un no hacer. Es decir un no desviarse de aquello que ya somos.

Para poder aprender este modo es indispensable acercase a una persona que ya viva de este modo. Incluso si en el Zen no existen maestros que puedan trasmitir en secreto misteriosas fórmulas de conocimiento, iluminaciones fulgurantes o poderes mentales prodigiosos, es preciso darse cuenta con claridad de que son personas que han dedicado la propia vida a profundizar el sentido. O bien, en otras palabras, han vivido y viven su vida como exploración de si misma, siguiendo las indicaciones, siguiendo la guía de aquellos que le han precedido. Solo estas personas están realmente en disposición de enderezarnos de forma que podamos aprender el arte de vivir, y de morir, según la sabiduría del budismo Zen. Que no es una sabiduría cuyo fin sea sí misma, es el camino que conduce a la extinción de todo sufrimiento.

Además de la necesaria, real y no imaginaria conexión con el hilo de la trasmisión, el budismo Zen invita a fundar la propia existencia sobre algunos puntos imprescindibles:

  1. El estudio de los escritos de aquellos que nos han precedido sobre el mismo camino.
  2. La práctica del zazen
  3. La confrontación o relación dialéctica con otros que, como nosotros, estén recorriendo este camino.
  4. El trabajo, es decir, la actividad física e intelectual, el cansancio, el sudor, el compromiso personal en todas las actividades que componen nuestra elección mundana, que constituyen el plano de vida que estamos viviendo. Monje, laico, padre, hijo, marido, enseñante, granjero, médico, estudiante, abogado, etc. etc.

Examinemos estas indicaciones en detalle.

Estudio de los escritos de aquellos que nos han precedido sobre el mismo camino” significa poner en juego nuestra vida intelectual, nuestra forma de utilizar el cerebro, el observar el mundo alrededor de nosotros y en nosotros, con la modalidad utilizada por aquellos que antes que nosotros han dedicado su vida sobre el camino del Zen.

Antes que nada se trata de cribar cuidadosamente los textos sobre los que estudiar, existe una enorme cantidad de papeles impresos sobre la temática Zen. En muchos casos es un material engañoso, escrito por personas completamente inadecuadas para procurar alguna indicación sobre un tema de capital importancia para cualquiera, es decir “como vivir la propia vida”.

El estudio de textos auténticamente Zen es distinto del estudio que estamos habituados a hacer en la escuela, sea este el estudio de las matemáticas y sus fórmulas, sea el estudio de la literatura y de los autores que la componen.

El estudio, en el Zen, se asemeja más a afinar un instrumento o a sintonizar una radio de la cual no conocemos la frecuencia de onda. Es decir, cuando no entendemos, eso significa que nuestro instrumento, nuestra vida, el vivir, no está sintonizado con el del autor, o bien que la sintonía que nosotros hemos pensado haber establecido para recibir aquella frecuencia de onda y por tanto aquella trasmisión, está equivocada. No se acaba nunca de leer este tipo de libros, es un continuo retornar para alcanzar o mantener la sintonía correcta. No hay en ellos algo que aprender y que después tengamos que recordar o retener con nuestra memoria.

Son un recorrido a través del cual intentar pasar sin encontrar obstáculos o, más precisamente, sin construir obstáculos. Al final de la lectura no queda nada en la mano. Antes bien, todo aquello que en aquel instante pensamos haber comprendido no será otra cosa que la medida, la percepción de las dimensiones de nuestro error.

(Continuara ...)
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Del libro "E SE UN DIO NON CI VENISSE A SALVARE?. Il buddismo Zen in sei conversazioni", de Mauricio Y. Marassi y Giuseppe J. Forzani", Ed. Marietti, Genova, 2003, p. 26 ss.

Traducción y fotografía: Roberto Poveda

jueves, 28 de abril de 2011

El fin de cualquier coartada I. Mauricio Yushin Marassi


No ha sido el budismo Zen el que ha decidido volverse hacia Occidente sino que ha sido, por así decir, invitado. Después nos hemos dejado invadir.

Este mecanismo nos introduce inmediatamente a una de las características de aquello que, en ausencia de un término mejor, llamaremos religión. Para poder tener la posibilidad de acercarse a ella la primera e indispensable “cosa” que hay que hacer es buscar. Esta búsqueda no tiene nunca fin, se inicia y se desarrolla como cualquier otra búsqueda en la cual no sabemos qué estamos buscando. Es decir, el inicio consiste en liberarnos de nuestras ideas preconcebidas.

Y es eso lo que os pido hacer precisamente en este momento. Por dos motivos, uno lógico y uno externo a la lógica.

Cuando buscamos alguna cosa que no conocemos y le damos un rodeo con nuestra imaginación es muy probable que el fantasma que habíamos imaginado se convierta en el objeto de nuestra búsqueda. Arriesgamos así descartar precisamente aquello que realmente buscamos.

El motivo más allá de la lógica reside en el hecho de que la vía del Zen, que es una vía de búsqueda, consiste precisamente en buscarlo o aproximarse sin taparlo, esconderlo con la imaginación. De hecho el método base de la práctica del zen es liberarse de las ilusiones. Es decir liberarse de suponer conocer.

Pero, si no podemos suponer, es decir imaginar, entonces no podremos ni siquiera dar curso a nuestros pensamientos respecto al Zen. A aquello que habitualmente llamamos y consideramos el proceso cognitivo. En esas condiciones, ¿como podremos acercarnos y conocerlo?

Con todo el resto, al margen del pensamiento discursivo.

Es decir el Zen atañe a un ámbito en el que el pensamiento discursivo no sirve para nada, más bien estorba. Por tanto, en ese campo, no sirven para nada la lógica, la racionalidad, el buen sentido, la imaginación, la fantasía...

No nos debemos desalentar en el momento en que somos llamados en causa en ausencia del pensamiento discursivo. Estamos perfectamente en condiciones de funcionar, de actuar y aprender en esas condiciones, pero, de repente, no nos damos cuenta. En este momento, si de verdad me estáis escuchando, no estáis pensando, es decir no producís pensamiento discursivo.

 O bien, por ejemplo, imaginad que sucede cuando escuchamos una música y estamos verdaderamente absortos en esa escucha, también es ese caso nuestro pensamiento está privado de contenido y es por esto que podemos dejarnos invadir por la música. Apenas nos ponemos a pensar, incluso a propósito de la música misma, en ese momento ya no escuchamos. Así sucede también cuando miramos una película, o bien leemos un libro. Incluso cuando hacemos el amor; si nos ponemos a pensar, a razonar, a calcular, arruinamos todo.

Para acercarnos otra vez a aquel ámbito que en occidente es definido como ámbito religioso o religión simplemente, observemos un momento lo que sucede mientras rezamos. Si mientras recitamos una oración nos ponemos a pensar en nuestras cosas, llegaremos en un instante al fin de la oración, pero no seremos de ninguna manera conscientes de aquello que hemos repetido. Nuestros labios, en ese caso, emiten sonidos que para nosotros no tienen un sentido particular.

Repetir mecánicamente una palabra u otra es indiferente (a parte de las diferencias sutiles suscitadas por un sonido u otro). En el budismo Zen, refiriéndose a ese modo distraído de rezar, se dice que es como el croar de las ranas, donde incluso la rana mejor y más diligente está solo croando. Aquello que quiero decir es que el pensamiento discursivo es un estorbo incluso cuando rezamos.

Podemos dar un paso más. Pensemos, por ejemplo, en la fe. Si cuando decimos o proclamamos “yo creo en Dios”, precisamente en aquel instante nos imaginamos a Dios, es decir, damos un rostro, una forma o una característica al Dios en el que creemos, inmediatamente somos idolatras. La fe para ser autentica no puede mas que ser vacía. Sin un objeto o un muñeco imaginado por nosotros. Incluso en Dios el camino, el pasaje correcto es, por tanto, no alimentar el pensamiento discursivo, la imaginación. No es fácil, más bien es muy difícil. Y es difícil por un motivo muy claro, evidente, estamos apegados, adheridos a nuestros pensamientos, a nuestras opiniones sobre la realidad, a nuestras concepciones de la vida. Hasta el punto que estamos orgullosos, las exhibimos y por añadidura buscamos imponerlas a los otros.

Esto sucede a pesar de que todas nuestras ideas y representaciones de la realidad están seguramente, irremediablemente erradas. Por que no son otra cosa que fruto de nuestra imaginación.

La realidad escapa del pensamiento y de las definiciones verbales.

Podemos decir que existen varios planos de realidad. Simplificando, podemos restringir nuestra observación a dos de ellos: el plano convencional y el plano no convencional, el cual, provisionalmente, podemos definir como sustancial.

Si me muevo sobre el plano convencional y digo “el cielo es azul”, está bien, lo entendemos y no produzco escándalo. También así, hablando comúnmente, si digo que Dios es bueno o que el zen es fascinante, no pienso que suscite otra cosa que un tibio consentimiento y un moderado aburrimiento.

Sin embargo, sobre el plano no convencional estas afirmaciones no tienen ningún sentido. Son migajas de sentido común.

De hecho el cielo, en tanto tal, no tiene color, más bien no es siquiera posible imaginarlo, ¿como podríamos decir por tanto que color tiene? A menos que nos refiramos al contenido del cielo, es decir el aire, las nubes, las estrellas y el universo entero, pero este contenido es variado y en cualquier instante decir que es azul no tiene sentido.

Lo mismo vale para la afirmación “Dios es bueno”. Es un antropomorfismo, que si es aplicado a Dios hace una marioneta reducida a nuestra esperanzas de cómo quisiéramos que fuera.


Decir pues que el Zen es fascinante es verdaderamente demostrar que no sabemos de qué estamos hablando. Es una afirmación que recuerda a la Patafísica de Jarry.

Sin embargo, en la vida de todos los días, un poco por hábito somnoliento un poco porque en realidad no es posible hacer otra cosa que expresarse a través de imágenes codificadas que remiten a una realidad muy distinta de nuestras palabras, usamos expresiones como “azul”, “bueno” y “fascinante”, sin ni siquiera preguntarnos cual sea su verdadera pertinencia, qué relación tienen con aquello de lo que estamos hablando y pensando.

El ámbito del Zen comienza cuando dejamos caer estos estereotipos, y entre los estereotipos incluyo tanto el significado como el significante. Es decir tanto los conceptos o hipótesis a propósito de la realidad, como las palabras para expresarlos. Entramos en ese ámbito cuando comenzamos a observar con nuestros ojos sin interferir. A escuchar con nuestras oídos sin interferir. A considerar la realidad con todo lo que somos, sin esconderla con el pensamiento discursivo y la imaginación.

Atención, no estoy diciendo que el pensamiento discursivo, el razonamiento sean cosas malas o inútiles. Absolutamente no, es una cuestión de ámbitos. Si debo construir un puente, será necesario, indispensable, utilísimo dar cuerpo a todas las fantasías que me puedan ayudar a calcular los requerimientos a los que será sometido, para imaginar cual será su estructura.

O bien si debo plantar un cultivo de alubias, especialmente si soy un principiante, debo hacer muchos razonamientos, valoraciones y medidas, cálculos y previsiones, fantasías de todo tipo.

Si en cambio intento dedicar mi atención a la naturaleza real de mi vida, al sentido último de las cosas, al significado a atribuir a términos como Dios, vida, muerte, entonces mis razonamientos no me llevarán lejos. Porque inevitablemente serán imaginaciones, fantasías a propósito de aquello que no conozco y que no tiene nada que ver con el pensamiento discursivo, si no es por el hecho de que también el pensamiento discursivo está al interior de nuestro campo de investigación. Y estando al interior no lo puedo comprender, ni describir, porque tanto el comprender como el describir son operaciones que requieren un punto de vista externo. No solo, el contenido del pensamiento, nuestra fantasías, son necesariamente finitas (es decir, no infinitas), sobre el plano temporal además de sobre el espacial. En otras palabras la inmortalidad, el infinito, la eternidad o, si preferís, Dios, es un pez demasiado grande (o demasiado pequeño) para poder ser capturado con el pensamiento.

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Del libro "E SE UN DIO NON CI VENISSE A SALVARE?. Il buddismo Zen in sei conversazioni", de Mauricio Y. Marassi y Giuseppe J. Forzani", Ed. Marietti, Genova, 2003, p. 20 ss.

Traducción y fotografía: Roberto Poveda