Mostrando entradas con la etiqueta Michel Proulx. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michel Proulx. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de marzo de 2011

Divertirse haciendo chispas con sílex. Michel Proulx

Divertirse haciendo chispas con sílex
Michel Proulx




 
El otro día, en Frankfurt, durante la sesshin, Brad Warner citó éste pasaje del maestro Dôgen, en el que este disuade a sus discípulos respecto a divertirse haciendo chispas con sílex. El silex es la variedad de piedra que llevan los encendedores, lo que permite encender la mecha (en los encendedores antiguos y los zippo de gasolina) o el gas (en los encendedores modernos), parece que en el siglo XIII, algunos encontraban esta característica suficientemente sorprendente para hacer un juego de ella.

Sin embargo...

He visto a niños divertirse incansablemente encendiendo un encendedor, o haciendo chispas cuando ya no queda gas …

La reflexión que se le ha ocurrido es que hoy en día Dôgen diría “no divertirse con una consola” (playstation o similar), prosiguiendo su reflexión sobre el hecho de que después de todo, en una playstation, son chispas en definitiva lo que se encuentra tras el funcionamiento de la pantalla. Y como es silicio obtiene su nombre del sílex, que es una piedra de sílice, he aquí cerrado el círculo.

¡Nuestro mayor entretenimiento contemporáneo (y me incluyo) son chispas hechas con sílex! ...

Si somos serios en la práctica de la vía hemos de tener cuidado con este problema. El ordenador, el teléfono móvil, las consolas de videojuegos no son, a fin de cuentas, más que chispas hechas con sílex y estamos como hipnotizados por ellas, nos hacen perder un tiempo loco, nos impiden hacer nuestro trabajo, ir a hacer deporte, ir a espectáculos, leer libros de verdad (¡en papel, con caracteres impresos y todo!) y también sentarnos, aunque sea 10 miserables minutos, frente al muro, frente a nosotros mismos. ¿No podemos reflexionar y ver que tendemos a dejarnos esclavizar con más fuerza que por la más pesada de las cadenas?

¡Vamos!, ¡Al zafu!

Del blog de Michel Proulx

sábado, 23 de enero de 2010

Ética y sexualidad. Michel Proulx

La ética en el zen tradicionalmente se articula alrededor de los preceptos. Pero estos, en tanto que articulación simbólica, no son iguales al acto en si mismo. Los preceptos ocupan su lugar antes y despues de la acción, pero en el momento de la acción misma tan solo existe nuestra responsabilida e implicación con la realidad misma. Nada ni nadie puede ocupar nuestro lugar en el instante mismo. En el instante mismo tan solo nosotros somos capaces de realizar o de no realizar un acto determinado, y este tendrá consecuencias siempre e irremediablamente en nosotros y en el mundo entero, seamos o no capaces de percibirlo. En este sentido los preceptos no son mandatos absolutos, sino simple recomendaciones, y el bodhisatva deberá en algunas ocasiones transgredirlos incluso, y afrontar, igual que cuando los cumple, las consecuencias de sus actos. En esta linea de reflexiones quiero ofreceros hoy un nuevo artículo sobre la ética desde el punto de vista del zen traducido, con su amable autorización, del blog de Michael Proulx, un heredero frances del Dharma del maestro Gudo Wafu Nishijima.


_________________________________
 
Ética y sexualidad
Michel Proulx

Una de los aspectos centrales del Budismo es la idea de “dukkha”, la insatisfacción, el mal estar, el estrés, la frustración, etc. Este “dukkha” es el producto de la inadecuación que existe entre nuestras expectativas y la realidad.

Será pues evidente para cualquiera que conozca la capacidad del sexo para atraparnos en estas expectativas irrealizables que hay en el una importante fuente de este “dukkha”.

En uno de los capítulos de su “Shôbôgenzô” dice Dôgen: “Primero, existe el don gratuito. Segundo, la palabra agradable. Tercero el comportamiento caritativo. Y cuarto, la cooperación.”

El maestro Nishijima añade que si se está equilibrado no se puede ser rácano. Si alguna cosa no nos sirve, se la da a los otros sin dudar. Igualmente nos es natural ser educados, lo que vuelve a los demás más felices. Somos felices de socorrer a los demás y, en fin, tendemos a cooperar en un objetivo común, lo cual permite realízalo más rápido.

Esta es ciertamente la base más sana para la ética. El equilibrio es importante, pues no hay equilibrio físico sin equilibrio mental y viceversa. Nosotros, budistas, no fundamos nuestra moral sobre un controlador omnipotente y omnisciente que nos castigará si lo desobedecemos. Actuamos, y sabemos que nuestros actos entrañan consecuencias: somos nosotros quienes nos “castigamos” cuando cometemos errores.

La ética es pues un forma de crearnos el mundo en el cual queremos vivir. Cuando se esparce la mierda por todas partes, no hay que sorprenderse de andar dentro. Hay pues que prestar atención a lo que se hace. Sin que, por otra parte, ello nos paralice. Hace falta un cierto grado de audacia. Sabiendo que habrá consecuencias, hace falta actuar, pues no actuar también las tendrá.

Esto es la responsabilidad, la palabra clave. Saber que no se puede huir de las consecuencias de los propios actos. ¿No decimos que el Buda, poco antes morir, habría declarado “Durante más de cuarenta años no he enseñado otra cosa que dukkha”?

Aquí es necesario examinar un poco el problema del “no-yo”, doctrina íntimamente ligada a nuestro propósito. El Buda nos enseña que aquello que tenemos por más importante, nuestro “yo” o “ego”, no tiene substancia real. Se trata de una construcción psico-socio-lingüística. Psico, pues se produce por un condicionamiento mental; socio, porque es desarrollada en contacto con los otros; y lingüística, porque coincide con el aprendizaje de los pronombre “yo”, “mi”, “mío”, etc.

Pero, por parafrasear el Sûtra del Diamante: “El ego no es un ego, se le llama “ego”. La falta de substancia real de esta construcción entraña un sentimiento de irrealidad en lo más profundo de nuestro ser, y este sentimiento es reprimido, de donde una impresión de carencia, de incompletud, que nos que alguna cosa falta en nuestra vida. Tenemos pues tendencia a querer colmar esta falta con alguna cosa que nos de una “prueba” de nuestra existencia real, un poco como lo hace un espejo: el dinero, la gloria, la celebridad, el poder, los bienes materiales, el sexo. Sin embargo, bien vemos al leer las biografías de los dictadores que, más su poder es absoluto, más les parece no tener un control suficiente sobre sus sociedades.

Todas las sociedades intentan impedir que el aspecto “dionisíaco” del sexo entrañe el caos. La Sangha budista no es una excepción. Pero como la mayoría entre nosotros somos de cultura cultura católica, o más generalmente cristiana, compartimos un poco la absurda obsesión de esta religión por el sexo y tendemos, puede que inconscientemente, a reproducir los paradigmas.

A propósito del sexo, en el budismo existen los “preceptos”. Estos no son mandatos, sino recomendaciones. Hay que evitar hacer lo que podría comportar daños, directos o colaterales, a si mismo, a los demás y también a ambos. Es más o menos como el código de circulación. Hay personas para las que la obediencia del código es absoluta, hasta el día en el que las circunstancias los obligan a contravenirlo, y, como no se han hecho detener, o no hay ningún daño, se olvidan de una vez por todas del código. Puede haber casos en los que esté indicado contravenirlo. ¡Pero esto no significa olvidarse!.

Cuando el Zen llegó a Occidente salíamos de una sociedad extremadamente represiva, y el Zen pasaba por una doctrina en la que se podía justificar todo, si se estaba “en el buen estado”. Era pues bastante lógico que aquellos y aquellas que buscaban una solución a su búsqueda espiritual pero rechazaban encerrarse en la antigua represión de los sentidos hayan pensado que aquí tenían abierta la puerta a todo.

Después llegaron los escándalos: desvío de fondos, abusos de poder sobre personas frágiles, alcoholismo y todo lo que sigue. ¿Pero era el Zen responsable de estos abusos de poder? El Zen ciertamente no, pero una cierta tradición amparándose en este nombre, sí.

El budismo es una vía de liberación, no de avasallamiento. Pero libertad quiere decir también responsabilidad. Y, bajo el paraguas de la liberación, sabemos bien que puede imponerse la peor de las esclavitudes.

Sin embargo, es inútil hacer toda una conferencia para saber todos los líos que el sexo puede generar. Es un apetito físico y, por esto mismo, entraña problemas. ¡Es incluso el ejemplo más fundamental de dukkha de no poder estar con quién se desea y de estar atrapado con quién no se quiere!.

Se ve, por ejemplo, un bello objeto de deseo, nos desvivimos por poder tenerlo, se sufre porque no lo conseguimos, y se termina por sufrir una vez que se consigue porque entonces comienza el aburrimiento... Sin contar el delirio del “alma gemela”, ser ideal que, cada vez que se le encuentra, descubrimos que es el ser perfectamente compatible con el que se había soñado. Se parte pues inmediatamente a la caza de la “verdadera” alma gemela. Y así sin fin.

Nos apegamos de forma ilusoria a un nombre/forma y, en el caso del donjuanismo, se deja tras de si una estela de pegos y malestares sobre el cual sería muy presuntuoso creer que no se sentirán nunca las consecuencias. Es tan fácil quedarse fijado con el objeto de la pasión, o obsesionarse con el placer sexual en general.

El problema es que esperamos demasiado. Sin todos esos mitos del amor romántico puede ser que estuviésemos menos obsesionados y que sufriéramos menos cuando nuestra expectativas no se realizan todas (o no del todo). Cuando se espera a que el sexo (o el dinero, la gloria, etc.) nos haga felices, o que nuestro compañero nos complete, pedimos demasiado.

A propósito, no puedo resistir a la tentación de contaros la vieja historia de dos bonzos que viajaban juntos. Ellos llegaron a un río donde se encontraba una joven que no se atrevía a atravesarlo pues la corriente era demasiado fuerte. Uno de los bonzos la tomo sobre su espalda y la ayudo a cruzar. Durante todo el resto del viaje su camarada no le dirigió la palabra, Llegados al monasterio le preguntó: “¿Por qué estás enfadado?” – “Tú has contravenido nuestra regla, ¡has cogido a esta mujer en tu espalda!” – “¡Oh!, escucha. Yo, a la joven, la he dejado en el río”. ¿Por qué tú cargas todavía con ella?

El maestro Dôgen decía: “Hay gente estúpida que pretende que hace falta evitar a las mujeres porque son objeto de deseo. ¿Pero si hiciese falta odiar a las mujeres, por que no habría que odiar también a los hombres?”

Un alto funcionario chino estudiaba el budismo el budismo con un viejo maestro zen y le preguntó: “¿Qué es, a fin de cuentas, lo esencial de las enseñanzas de Buda?” El viejo maestro le respondió: “Evitar el mal, hacer el bien para las otras criaturas”. El alto funcionario replicó: “¡Si es así, incluso un crío de tres años podría habérmelo dicho!”

El viejo replico: “Un niño de tres años podría decíroslo, pero incluso un viejo de ochenta años no lo consigue.”

domingo, 10 de enero de 2010

La Compasión. Michel Proulx

Alguien que haya visto mi último post del año pasado, podrá haberse preguntado que tenía que ver un video de danza con la compasión. El sentido de la ética en el budismo zen es, en buena medida, distinto al que se le da en el cristianismo, que es la base religiosa que está en los fundamentos de la cultura adquirida por la mayoría de nosotros occidentales. La ética cristiana se basa en gran parte en la noción de sacrificio (de si respecto a un otro – los semejantes o Dios), estando por lo tanto implícita de entrada en la misma un abordaje de carácter dualista; mientras que el planteamiento budista es de carácter no dualista, estando las demás existencias incluidas en la realidad de vida de uno mismo. Por lo tanto la renuncia al propio apego , entendido como la fijación ciega a nuestros deseos egoístas, no se hace para ser “mejores” (merecedores de un premio por dicho “sacrificio”) sino, en definitiva, por nuestro propio bien, por que estos nos alienan de lo que realmente somos en cada momento proyectandonos en  un mundo ilusorio. En el budismo zen más que tratar de realizar un esfuerzo contra si mismo se trata de abrir el si mismo a la naturaleza de la propia vida, que no es otra que la vida universal.


He traducido el texto de una entrada del blog de Michel Proulx, que nos habla sobre esta cuestión y que me sirvió de inspiración para colgar ese post de fin de año. Michel Proulx es heredero del dharma del maestro Gudo Nishijima, del cual ha traducido al francés el libro “Buscar al verdadero dragón” (el cual está igualmente disponible en español, traducido por Luis Díaz, otro sucesor de Nishijima) , sostiene una actitud crítica sobre algunas de las orientaciones institucionales que el zen ha adquirido en la actualidad en Japón y en Occidente y anima el grupo de meditación Un Zen Meridional en Montpellier (Francia).



______________________________________________________

La Compasión 
Michel Proulx

______________________________________________________



Brad Warner colgó el otro día un artículo en su blog que hablaba de la compasión. Como cada vez que aborda este tema ha recordado ese kôan zen en el que el ancestro Ungo pregunta al ancestro Dogo: “¿Qué hace el bodhisattva Kannon (Avalokiteshvara) con todos sus brazos y todos sus ojos?. Respondiendo el otro: “Es como alguien que alarga su mano tras su cabeza en la noche para reajustar su almohada.”

Aquí se hace referencia a una de las representaciones de Avalokiteshvara “con mil brazos y mil ojos”, por que, en tanto que bodhisattva de la compasión, el ve todo y tiene brazos en todas partes para actuar para el beneficio de todos los seres.

Pues bien, Brad Warner nos ha dicho que la compasión es una forma de egoísmo. No la variedad corriente en la que se intenta coger todo si dejar nada a los demás, sino en un sentido en el que la palabra “compasión” no es un sinónimo de sacrificio.

Nisjijima roshi dice que el estado de equilibrio en zazen nos permite hacer, exactamente, lo que verdaderamente queremos. Imaginamos querer todo, sin miramiento hacia los demás, pero esto es falso. Estamos íntimamente unidos al nivel más profundo con todo y con todos con los que entramos en contacto. En este nivel lo que queremos para nosotros y para los otros es estrictamente igual.

Si se va a ver a un buen músico en un concierto se puede ver la verdadera compasión actuando. El buen músico no escribe canciones o música para sacrificarse por los otros. No lo hace para salvar a todos los seres, pero sin embargo es lo que realiza para sus fans. Para él esta acción es absolutamente natural, hace exactamente lo que quiere hacer como lo quiere hacer. En este sentido sus acciones son egoístas en sumo grado, incluso narcisistas. Y sin embargo, esta actividad en la que no se ocupa más que de si mismo, porque siente que es bueno para él, ayuda a los seres en número inconmensurable.

Es a este tipo de compasión a la que hace referencia el kôan entre Ungo y Dogo a propósito de la mano que se alarga para buscar la almohada en la noche. La verdadera compasión no tiene nada que ver con la idea de compasión.

Por otra parte Joshu Sasaki Roshi dice: “El Zen no es a la manera de los santos. Pero a veces es útil imitar su comportamiento.”  Hay veces en que es muy difícil saber exactamente lo que se quiere. Entonces puede ser bueno imaginar lo que una persona compasiva ideal haría, y hacerlo. Pero cuando se hace hay que estar atento también a si se actúa de forma puramente egoísta, pues esto puede ser incluso más peligroso.

Si se encuentra una mariposa que se esfuerza en salir de su capullo, podríamos imaginarnos que ayudarla sería lo que que hay que hacer. Pero si se hace esto, se la condena; este esfuerzo para salir de su capullo es necesario par reforzar sus alas. Sin ello no podría volar nunca. Ofrecer ayuda de forma no apropiada puede ser extraordinariamente dañino. Es por otra parte un resorte cómico de numerosas películas  de Pierre Richard … Se crean más problemas de los que se resuelve.

Existe eso que Chögyam Trungpa llama la compasión idiota. Desarrollando la compasión no hay que descuidar la sabiduría. Se debe comenzar por cuidarse de si mismo e intentar no ser una carga para los demás. Cuidándose a si mismo se beneficia a los otros y se puede uno convertir en un buen  ejemplo de lo que es una vida constructiva y alegre.

Se trata, una vez más, de equilibrio. Algunas personas son egoístas hasta el punto de dañar a los demás. Otras son tan generosas que se hacen daño a si mismas.

Los investigadores de la psicología positiva (una psicología que pone el acento sobre una salud mental óptima más que sobre la enfermedad mental) han descubierto que las emociones positivas, como la compasión, suscitan una expansión del espíritu, generan creatividad y permiten pensar en términos de nosotros antes que en términos de yo. Pero también que intentar forzar estas emociones puede llevar a una forma de “insinceridad tóxica.” Aquellos que han visto esto en acción saben de lo que hablamos.

Conozco una chica que quiere ayudar a lo otros de tal forma que se mete en la m... por ayudar a los demás. Y demanda ayuda sin reflexionar si no va a molestar. ¡He aquí una receta de malestar muy eficaz!

Esta mano que se alarga en la noche para atrapar la almohada y volverla a poner en su sitio es la forma verdadera de compasión: una acción real en el momento en que es necesaria. Si no se piensa primero en ello, estamos desfasados. Si se piensa después, estamos desfasados. No se puede pensar en ello mientras, pues el momento de la acción no es el momento de la reflexión.