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domingo, 21 de septiembre de 2014

Biografía del silencio. Pablo D'Ors

Es raro encontrar textos sobre meditación en castellano escritos por autores contemporáneos, que valga la pena leer, sin embargo, recientemente, ha aparecido, publicada por Siruela una pequeña joya. Hablo de "La Biografía del silencio", de Pablo D'Ors. El autor en cuestión está algo alejado de la línea de los textos normalmente publicados en este blog, cuya inspiración es la del budismo zen, especialmente de aquel que encuentra su fuente en el monje zen japonés del s. XIII Eihei Dogen.

Pablo D'Ors, nieto de Eugenio D'Ors, es un sacerdote católico, de origen hispano-alemán y del que solo tangecialmente se nos informa en el texto de su relación con una serie de enseñantes pertenecientes a la línea zen denominada Sambo Kyodan, aparecida en el siglo XX en Japón y en la cual solemos encontrar a una buena parte, no todos, de aquellos que practican un zen llamado a veces cristiano. No es este el momento de saber hasta que punto esta denominación de zen cristiano implica o no una contradicción en los términos, sin embargo diremos en favor del autor que ni el hecho de ser católico ni las referencias a lo extremo oriental es algo que se le note, ni que pese en este escrito. En cambio podemos hallar en él el relato de la experiencia del autor en su relación con la meditación, relato en el cual, creo, podemos vernos reflejados -en las dificultades y en las alegrías- muchos de aquellos que hemos decidido situar zazen en el centro de nuestras vidas.

El fragmento que publico a continuación está constituido por las primeras páginas del libro.


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Biografia del silencio
Pablo D'Ors


Comencé a sentarme a meditar en silencio y  quietud por mi cuenta y riesgo, sin nadie que me diera algunas nociones básicas o que me acompañara en el proceso. La simplicidad del método –sentarse, respirar, acallar los pensamientos...– y, sobre todo, la simplicidad de su pretensión –reconciliaral hombre con lo que es– me sedujeron desde el principio. Como soy de temperamento tenaz, me he mantenido fiel durante varios años a esta disciplina de, sencillamente, sentarse y recogerse; y enseguida comprendí que se trataba de aceptar con buen talante lo que viniera, fuera lo que fuese.

Durante los primeros meses meditaba mal, muy mal; tener la espalda recta y las rodillas dobladas no me resultaba nada fácil y, por si esto fuera poco, respiraba con cierta agitación. Me daba perfecta cuenta de que eso de sentarse sin hacer nada más era algo tan ajeno a mi formación y experiencia como, por contradictorio que parezca, connatural a lo que en el fondo yo era. Sin embargo, había algo muy poderoso que tiraba de mí: la intuición de que el camino de la meditación silenciosa me conduciría al encuentro conmigo mismo tanto o más que la literatura, a la que siempre he sido muy aficionado. 

Para bien o para mal, desde mi más temprana adolescencia he sido alguien muy interesado en profundizar en mi propia identidad. Por eso he sido un ávido lector. Por eso cursé filosofía y teología en mi juventud. El peligro de una inclinación de este género es, por supuesto, el egocentrismo; pero gracias al sentarse, respirar y nada más, comencé a percatarme de que esta tendencia podía erradicarse no ya por la vía de la lucha y la renuncia, como se me había enseñado en la tradición cristiana, a la que pertenezco, sino por la del ridículo y la extenuación. Porque todo egocentrismo, también el mío, llevado a su extremo más radical, muestra su ridiculez e inviabilidad. De pronto, gracias a la meditación, incluso el narcisismo mostraba un lado positivo: gracias a él, podía perseverar yo en la práctica del silencio y de la quietud. Y es que hasta para el progreso espiritual es preciso tener una buena imagen de uno mismo.

Durante el primer año, estuve muy inquieto cuando me sentaba a meditar: me dolían las dorsales, el pecho, las piernas... A decir verdad, me dolía casi todo. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que prácticamente no había un instante en que no me doliera alguna parte del cuerpo; era solo que cuando me sentaba a meditar me hacía consciente de ese dolor. Tomé entonces el hábito de formular me algunas preguntas tales como: ¿qué me duele?, ¿cómo me duele? Y, mientras me preguntaba esto e intentaba responderme, lo cierto era que el dolor desaparecía o, sencillamente, cambiaba de lugar. 

No tardé en extraer de esto una conclusión: la pura observación es transformadora; como diría Simone Weil –a quien empecé a leer en aquella época–, no hay arma más eficaz que la atención.

La inquietud mental, que fue lo que percibí justo después de las molestias físicas, no fue para mí una batalla menor o un obstáculo más soportable. Al contrario: un aburrimiento infinito me acechaba en muchas de mis sentadas, como empecé entonces a llamarlas. Me atormentaba quedar atrapado en alguna idea obsesiva, que no acertaba a erradicar; o en algún recuerdo desagradable, que persistía en presentarse precisamente durante la meditación. Yo respiraba armónicamente, pero mi mente era bombardeada con algún deseo incumplido, con la culpa ante alguno de mis múltiples fallos o con mis recurrentes miedos, que solían presentarse cada vez con nuevos disfraces. De todo esto huía yo con bastante torpeza: acortando los períodos de meditación, por ejemplo, o rascándome compulsivamente el cuello o la nariz –donde con frecuencia se concentraba un irritante picor–; también imaginando escenas que podrían haber sucedido –pues soy muy fantasioso–, componiendo frases para textos futuros –dado que soy escritor–, elaborando listas de tareas pendientes; recordando episodios de la jornada; ensoñando el día de mañana... ¿Debo continuar? Comprobé que quedarse en silencio con uno mismo es mucho más difícil de lo que, antes de intentarlo, había sospechado. No tardé en extraer de aquí una nueva conclusión: para mí resultaba casi insoportable estar conmigo mismo, motivo por el que escapaba permanentemente de mí. Este dictamen me llevó a la certeza de que, por amplios y rigurosos que hubieran sido los análisis que yo había hecho de mi conciencia durante mi década de formación universitaria, esa conciencia mía seguía siendo, después de todo, un territorio poco frecuentado.

La sensación era la de quien revuelve en el lodo. tenía que pasar algún tiempo hasta que el barro se fuera posando y el agua empezase a estar más clara. Pero soy voluntarioso, como ya he dicho y, con el paso de los meses, supe que cuando el agua se aclara, empieza a poblarse de plantas y peces. Supe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan. Y ahora, cuando escribo este testimonio, estoy maravillado de cómo podía haber tanto fango donde ahora descubro una vida tan variada y exuberante.

Hasta que decidí practicar la meditación con todo el rigor del que fuera capaz había tenido tantas experiencias a lo largo de mi vida que había llegado a un punto en que, sin temor a exagerar, puedo decir que no sabía bien ni quién era: había viajado a muchos países; había leído miles de libros; tenía una agenda con muchísimos contactos y me había enamorado de más mujeres de las que podía recordar. Como muchos de mis contemporáneos, estaba convencido de que cuantas más experiencias tuviera y cuanto más intensas y fulgurantes fueran, más pronto y mejor llegaría a ser una persona en plenitud. Hoy sé que no es así: la cantidad de experiencias y su intensidad solo sirve para aturdirnos.

Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial. No creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden... Ahora diría incluso que cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se la brinda es pausado.

Gracias a esa iniciación a la realidad que he descubierto con la meditación, supe que los peces de colores que hay en el fondo de ese océano que es la conciencia, esa flora y fauna interiores a las que me he referido un poco más arriba, solo pueden distinguirse cuando el mar está en calma, y no durante el oleaje y la tempestad de las experiencias. Y supe también que, cuando ese mar está en una calma aún mayor, ya no se distinguen ni los peces, sino solo el agua, el agua sin más. Pero a los seres humanos no suele bastarnos con los peces, y mucho menos simplemente con el agua; preferimos las olas: nos dan la impresión de vida, cuando lo cierto es que no son vida, sino solo vivacidad.

Hoy sé que conviene dejar de tener experiencias, sean del género que sean, y limitarse a vivir: dejar que la vida se exprese tal cual es, y no llenarla con los artificios de nuestros viajes o lecturas, relaciones o pasiones, espectáculos, entretenimientos, búsquedas... todas nuestras experiencias suelen competir con la vida y logran, casi siempre, desplazarla e incluso anularla. La verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar...: todo eso es mejor que su contrario para el descubrimiento de la luz y de la paz. 

Claro que para vislumbrar algo de todo esto que tan rápidamente se escribe y tan lentamente se llega a aprender tuve que familiarizarme con mis sensaciones corporales y, lo que es todavía más arduo, clasificar mis pensamientos y sentimientos, mis emociones. Porque es fácil decir que uno tiene distracciones, pero muy difícil, en cambio, saber qué clase de distracciones son las que padece. 



 Pablo D'Ors
Biografía del silencio
Ed. Siruela, 2014

Fotografía: Internet 

lunes, 21 de julio de 2014

Los costes de la espiritualidad. Jiso Forzani.

Desde hace algunos años Jiso Forzani desarrolla el rol de Sokan, es decir, Director de la oficina europea de la Sotoshu, delegación en el exterior del brazo administrativo del budismo Soto zen japones. Desde aquella alta sede tiene la posibilidad, y a menudo el deber, de observar de cerca como en los distintos “centros” zen europeos es conjugada la práctica religiosa con el dinero. Tras la enésima experiencia, sin citar ningún sitio en particular, nos ha enviado el articulo que sigue, dirigido a todos los lugares en los que se practica zazen. Pero podría igualmente dirigirse a todos los lugares de práctica, independientemente de la religión a la que pertenezcan.






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Los costes de la espiritualidad

Jiso Forzani



Recientemente he tenido la oportunidad de hablar sobre el tema de los costes de participación en retiros espirituales zen (sesshin) y, en general, en las actividades de los distintos centros de práctica zen actualmente existentes un poco por todas partes en Europa. He reunido algunas ideas para una reflexión que deseo hacer públicamente, porque creo que se trata de un tema de importancia crucial. Durante la charla surgió una cuestión planteada de la siguiente manera: hay personas que, aun no teniendo particulares dificultades económicas y que no escatimarían gastos si se trata de adquirir el último teléfono inteligente que haya en el mercado, se sienten obligadas a ahorrar en los gastos de participación en la práctica espiritual, por una especie de ideología de la pobreza. El tema me ha hecho pensar, y cuanto sigue es el producto de mi reflexión.

El problema no es, creo, la actitud de las personas que quieren ahorrar o la oferta de una espiritualidad a precios asequibles. La cuestión esencial se sitúa completamente en otro plano, no se puede “ahorrar” en lo que se refiere a la espiritualidad por el simple motivo de que la espiritualidad no tiene un precio, no se puede pagar. Si hay algo que pagar, no se trata de espiritualidad, que no es un bien vendible ni adquirible y por tanto no puede tener precio. Lo que se paga, si se paga, no es la espiritualidad, es el alojamiento y la comida, no la actividad espiritual (zazen, enseñanzas, participación en el culto...). Si es esto lo que se paga, si se piensa en hacer pagar esto, no se trata ya de una práctica religiosa, pierde su carácter espiritual y se convierte en un bien comercial. Incluso si se hace y se hace hacer zazen, ceremonias, enseñanzas, con rigor e intensamente, ya no son formas de espiritualidad, se convierten en formas mundanas. Se trata de una mutación, de una transformación alquímica, por así decir. Aun manteniendo la forma exterior, la sustancia cambia completamente, el oro se vuelve a convertir en plomo. Nosotros no tenemos el poder de transformar el plomo (la tierra, la mierda...) en oro. Es un don gratuito, algunos le llamarían gracia. Pero tenemos, sin duda, el poder de transformar el oro en plomo (en tierra, en mierda...). Sabemos bien que no es por virtud de nuestro esfuerzos que zazen, los ritos, las enseñanzas serían prácticas religiosas espirituales, cuando lo sean. Pero ciertamente podemos, con solo un pensamiento, transformarlos en productos de nuestro interés, de nuestra superstición, de nuestra vanidad intelectual. En una palabra, de nuestra deshonestidad, más o menos consciente.

Creo que esto debe estar muy claro cuando se ofrece a las personas la posibilidad de participar en un retiro, pidiendo al mismo tiempo un precio establecido, en vez de hacer, sin más, un libre ofrecimiento. Habría que explicar de forma explicita, de una manera que no pueda dejar lugar a duda, que el dinero que se pide no tiene nada que ver con la práctica que se realizará juntos, es solo el precio del alojamiento y de la comida y solo para este fin será utilizado, para dar de comer y techo a aquellos que vienen. De otra forma todo el el esfuerzo, tanto del que organiza, como del que participa, será vano y el precio no valdrá ni siquiera el precio de una vela, por mucho o poco que sea este, por el simple hecho de que la vela está apagada, incluso para dar luz.

Abrir y administrar un lugar de práctica religiosa donde vivir de modo santo y conducir retiros no es una obligación, es una libre elección, un lujo en este mundo en el que la libertad de elegir el estilo propio de vida está tan venida a menos; y quien siente este deseo, incluso como imperativo moral, debería realizarlo y mantenerlo a su costa. Creo que aquí vale el principio y el espíritu de la limosna, recibiendo aquello que es espontáneamente dado sin pedir o provocar el don; aceptando solo lo necesario para la vida más sobria posible de los practicantes presentes. Sé de que hablo, por haber “gestionado” yo también durante años lugares de práctica (dojo) y una comunidad residencial y de acogida, y por tanto conozco por experiencia personal los errores que se pueden cometer en este ámbito, por haberlos cometido también yo.

Puesto que considero el tema actual importante y pertinente, y de interés público para cualquier experiencia religiosa y no solo para el pasado, presente y futuro del budismo zen en Europa, me permito exponerlo aquí en estos términos. Gracias.



Giuseppe Jiso Forzani
Julio 2104


Introducción de La Stella del Mattino
Traducción, Roberto Poveda Anadón
Fotografía, internet

miércoles, 6 de marzo de 2013

El maestro y el poder. Mauricio Y. Marassi

Dada la extensión de este artículo, para facilitar su lectura, se puede descargar en formato pdf aquí
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En octubre de 1987 terminó el período de permanencia en Antaiji, el monasterio japonés que durante muchos años me había hospedado junto a dos compañeros italianos.

Antes de nuestra partida, entre la despedidas mas relevantes estuvo la visita a Uchiyama Kōshō, abad de Antaiji hasta 1975, sucesor en aquel rol, discípulo y heredero espiritual de Sawaki Kōdō, el más famoso y controvertido monje zen del siglo pasado. Uchiyama Kōshō, entonces casi con ochenta años, instructor espiritual de nuestro padre espiritual Watanabe Kōhō, ya era en aquella época conocido en todo el mundo, en persona y a través de sus libros, como el exponente más autorizado de la linea “purista” del budismo Zen, encarnada en la tradición protegida y trasmitida en el monasterio Antaiji. Enumero estas características sin pretender adular o con el deseo de destacar el haber frecuentado a ciertas personas. La intención es remarcar la distancia sideral que había entre aquella figura y tres jóvenes italianos desconocidos  que habían apenas finalizado un periodo en un monasterio.

El recuerdo más neto que me ha quedado de aquella ocasión fue el momento de la despedida; nos saludamos bajo el umbral, atravesamos el pequeño jardín, nos volvimos para un último gesto y vimos que el padre Uchiyama se había arrodillado sobre las tablas de la galería inclinando la frente hasta tocar el pavimento. Si no nos hubiésemos girado no lo habríamos sabido nunca.

Aquel gesto me impresionó mucho. Experimenté un sentido de inadecuación, incluso de vergüenza, que percibí en mi ante aquel acto incomprensible.

De entrada me alcanzó la enormidad de aquello en el plano de la etiqueta, en una sociedad como la japonesa en la que los gestos de deferencia formal están minuciosamente determinados para cada circunstancia, su comportamiento estaba fuera de cualquier norma o significado, impensable en la dinámica de las relaciones entre él y nosotros. Después, con el paso del tiempo, ya no fue la incongruencia de la forma la que me interrogó, sino el significado de aquel gesto más allá de la cultura en la que se había desarrollado, independientemente de los factores sociales en juego.

El tejido social japones tiene una ajuste operativo basado sobre todo en una perspectiva confuciana del mundo. En los márgenes de aquel solido tejido están ligados otros factores que modifican algunas formas, pero no la sustancia, es decir las normas y las leyes de referencia del comportamiento. Por ejemplo, la difusión del budismo Zen ha transferido a las artes una impronta característica, con el tiempo convertida en hegemónica, que se observa incluso en la arquitectura tradicional en la que el verdadero sujeto es el vacío y en el que la partes “llenas” se remiten a él constituyendo un ornamento. El Shintō, la antiquísima religión autóctona del archipiélago nipón, ha permanecido a la base del sentido de lo bello, del sentido de pureza interior, en la relación con la naturaleza y en la valoración de la desnuda emotividad carente de énfasis que forma la parte más sutil, invisible pero determinante en la psicología y en la espiritualidad japonesa. Más recientemente, debido al ejemplo de la potencia dominante en los últimos cincuenta años, es decir los Estados Unidos de América, el capitalismo entendido como producción y acumulación de bienes ha orientado hacia el la medida de la supremacía; así cuando el sistema Japón ha querido redimirse de la derrota en el último conflicto mundial mundial, proponiéndose como potencia de primer orden tanto en Oriente como en Occidente, lo ha hecho usando los símbolos del poder capitalista: el PIB, la producción y la posesión de bienes.

Pero mientras tanto, allí donde la cultura tradicional no se ha disgregado en la nada cotidiana del hombre que gira en torno a una empresa como única razón vital, el paradigma de referencia de ese pueblo ha permanecido intrínsecamente confuciano en la lengua, en las formas, en los usos, en las costumbres, en la escala de valores, en el sentido de lo justo y lo equivocado. Por lo que la relación de sumisión respetuosa de los más jóvenes hacia los más veteranos, tanto en la familia como en la empresa, el respeto de las reglas como simulacros de sacralidad casi trascendente, o en cualquier caso colocada ciertamente mucho más arriba de las elecciones del individuo del que se espera obediencia sin discusiones, la profunda convicción -profunda hasta el punto de convertirse en certeza inconsciente- de que la educación es un proceso de dolorosa corrección de las deformaciones individuales por medio de una disciplina posiblemente despiadada (y por ello, según ese punto de vista, piadosa), permanecen todavía como el substrato, el humus de la vida organizada, socializada de aquel pueblo.

El budismo, que en séptimo siglo fue instrumentalmente insertado en la primera constitución japonesa, alcanzó su madurez entre el siglo diez y el siglo catorce. En épocas sucesivas ha florecido plenamente en ámbitos limitados numéricamente, a veces marginales. Si bien cualquier generalización es de alguna manera injusta, es posible afirmar que hoy a nivel de conciencia de masa existe una percepción desenfocada, distante y a menudo confusa. Le son delegadas las relaciones con el más allá, funerales y aniversarios rituales ligados a los difuntos, al interior del conformismo con la norma, para respetar la ley de la costumbre más que por fe individual en su posibilidad salvadora. Sin embargo, al interior del amplio panorama budista japones, el Zen, gracias a la ausencia de rigidez doctrinal y de manierismo, a la unión con lo esencial de la vida cotidiana y también a las relaciones, si bien heterodoxas en parte, con artes refinadas y estimadas por muchos como por ejemplo el Sadō, la vía o ceremonia del te, el Shodō, la vía de la escritura o caligrafía, el Ikebana, literalmente vida-flor, en cierta medida ha podido “pasar” a través de la severa criba crítica sutilmente refinada por milenios de espiritualidad Shintō, penetrando por ósmosis en el alma japonesa.

Además en esas múltiples y a menudo difíciles condiciones ha habido siempre un cierto número de lugares, desconocidos por otra parte si no es a posteriori, difíciles de cuantificar; precisamente por que en su ser sin parecer se manifiesta su calidad, donde la vida religiosa era y es dueña del tiempo. Así ha sido protegida y trasmitida la enseñanza viva que, también en Occidente, toma el nombre de “Zen”.

Fuera de esos casos, realmente pocos, la realidad budista está desgraciadamente distante de la espiritualidad que se reconoce en la simple edificación del despertar en el máximo de ausencia egoísta y en armonía con todos los seres. Los templos budistas japoneses, estructuras muy similares a nuestras parroquias en cuanto a difusión, funcionamiento y composición, en la gran mayoría de casos son pequeños feudos familiares trasmitidos de padre a hijo. En los monasterios oficiales de las principales escuelas budistas, en los que los hijos primogénitos de aquellos templos constituyen la mayoría de los novicios, por efecto de un profundo sincretismo entre budismo y confucianismo, a través de una disciplina rígida y a veces estudiadamente vejatoria por razones de eficacia, se forman personas cuyo carácter está modelado sobre una base ante todo normativa y ritual. Y frecuentemente sucede que la adquisición de aquel paradigma interiorizado y el dominio de la casi completa ritualización del tiempo sean confundidos con la realización, el logro del camino espiritual. Incluso si, es preciso reconocerlo, la maestría del comportamiento ritual es un arte refinadísimo. Tal como la cascara de un huevo es una esplendida obra de arte.

En algunos monasterios pertenecientes a la escuela Zen el zazen es practicado como una parte de la disciplina, una dureza más que hay que aprender a soportar. En otros, aparentemente más serios, a la practica del zazen se le pide también, al mismo tiempo que la disciplina moldeadora, la consecución “forzosa” de la iluminación, por tanto se lo practica en condiciones extremas de frío, de calor, de duración. En otros, abandonada incluso la disciplina, no queda otra cosa sino la enseñanza de los rituales y de las ceremonias, es decir los instrumentos del oficio que se ejercerá después en el templo familiar. Pocos entre los clérigos provienen de una familia laica abandonada como consecuencia de una vocación religiosa, e incluso estos, por fortuna con excelentes excepciones, terminan también a veces por ser absorbidos por las problemáticas menos espirituales del conjunto.

Igualmente la figura del maestro, la amistosa guía que recorre al mismo tiempo la vía con el fin de que el más joven no se pierda, y que de esa manera realiza a fondo el propio camino ofreciendo gratuitamente aquello que gratuitamente ha recibido, en la mayoría de los casos ha padecido la misma distorsión. Es o se hace maestro quien ha superado la prueba, preparado, con los mismos métodos, para formar a otros para convertirse como él, hombres (casi nunca mujeres) de tono, de modales y de títulos pretenciosos; en razón de la capacidad de aguante adquirida, o incluso únicamente por la fama de severidad e intransigencia mostrada al subir fatigosamente la escala jerárquica dentro del riguroso respeto a todas las reglas.

En particular, en las escuelas Zen, los monasterios de preparación para los clérigos, llamados en japones senmon sōdō es decir “seminarios de especialización del clero”, son mayoritariamente estructuras organizadas ciertamente de acuerdo a la regla budista; pero esta es leída y aplicada en relación con una filosofía principalmente confuciana, por otra parte con orientación “nomocrática”, es decir poniendo en primer lugar la regla formal. Desde otro punto de vista constituyen una vuelta a la vía de salvación a través de las obras, al budismo fundado sobre el vinaya, “la disciplina”, según una acepción próxima a aquella que en el pasado muchos han estigmatizado con el empequeñecedor apelativo de hinayāna, “el vehículo inferior”, que ve la regla como fin, no como instrumento que me mantiene en el zazen de cada instante al dejar desaparecer mis pulsiones. En aquellos monasterios la educación interior es concebida a menudo  como un embridar a la fuerza en la rígida estructura de la regla cada pulsión humana, plasmando en la acción ritual la exteriorización de la energía vital. Incluso el reposo, los momentos de fiesta, tienen una estructura ritual, tal como sucede, si bien menos rígidamente, en la sociedad civil. Se persigue un ideal de armonía que se realiza a través de la constitución de un colectivo homogéneo basado sobre el orden y la disciplina y este ideal refleja e influencia el orden social externo, constituyendo un estándar y un baluarte operativo. 

Para dar un ejemplo de esta ósmosis entre la perfección formal del orden y de la disciplina realizada o mitificada en el senmon sōdō y el orden estructurante en el mundo laico, recuerdo que muchas grandes industrias enviaban a los nuevos empleados a aquellos lugares como un periodo de entrenamiento con la finalidad de que fuesen enderezados según la más severa disciplina, operativa en la empresa y en la sociedad, dirigida a la obediencia a los superiores y a los más antiguos, en el respeto de las reglas y las normas del sistema. Por otro lado las principales compañías del País cada mañana hacían recitar a sus dependientes a coro una especie de “plegaria empresarial”, inserta en una ritualidad ceremonial tomada en préstamo casi siempre de las formas perpetuadas en el senmon sōdō. De este modo la fusión entre “lugar religioso” y sociedad se convierte en una fusión realizada sobre la base de compartir el orden constituido, operativo por una parte desde una perspectiva tomada prestada del budismo confuciano y por la otra por una eficiente producción de bienes, con altos ritmos y alta calidad.

En el periodo que va desde la mitad del siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial, un ulterior elemento ha acrisolado las formas de aquello que es exportado desde Japón con el nombre de “zen”, aun siendo sobre todo el fruto de una cultura particular. A partir de la segunda mitad del siglo diecinueve la presión internacional, el orgullo nacional, la situación interna condicionada por el ejercito y por las clases (familias) ligadas a la tradición de los samurái, concurrieron con el fin de que Japón reclamase y ocupase una posición más consonante con aquello que desde su interior era considerado su verdadero papel y su colocación en la escala del mérito, de la fuerza y de la civilización en el el consenso mundial.

En aquella situación los exponentes punteros de la cultura pretendidamente budista y en particular Zen, monjes, maestros y otros prelados antes que el resto, con la excepción de poquísimas voces contrarias eliminadas con sutil y radical represión, no solo apoyaron el militarismo agresivo japones, sino que proveyeron justificaciones “teológicas” y culturales a tales agresiones. Sin faltar el proveer de hombres al servicio de la maquina bélica, tanto como combatientes indómitos y ejemplares, como “educadores religiosos” que debían forjar de forma coactiva a las masas de de los países conquistados en el nuevo verbo del Imperio de Sol Naciente.

Famosos maestros y predicadores se adhirieron, con un entusiasmo increíble para los budistas, al objetivo de sojuzgar con la fuerza naciones enteras; imperdonablemente confundieron el ser japones con el ser budistas llegando posteriorente a sostener que tan solo y únicamente Japón era depositario del verdadero budismo, por lo que su misión era restablecer la verdadera ley de Śākyamuni en los países que la habían perdido, o que no la habían tenido nunca, usando cualquier medio, incluso la guerra.

Dejando a los estudiosos de historia, filosofía de la política y antropología la profundización en un fenómeno así y las consecuencias de la superposición entre religión e intereses nacionales, es más importante aquí evidenciar que el budismo, y sobre todo aquella corriente budista que toma el nombre de “Zen”, no solo no justifica ningún acto de agresión, guerra o conquista, sino que por su misma naturaleza se coloca siempre fuera de cualquier interés particular, sea este de especie, de nación, de pueblo o de persona.

En nuestra época, los primeros occidentales que se dirigieron a Japón y que estuvieron en contacto con el Zen y sus estructuras llegaron a aquellas tierras tras la primera guerra mundial, pero fue solo al final de los años cincuenta cuando los primeros no japoneses comenzaron a ser admitidos y aceptados como discípulos. Obviamente eran desconocedores de la génesis histórica y religiosa que, en los cien años precedentes, había formado las personas a cargo de aquellos lugares, igual que también ignoraban su cultura y su perspectiva de las cosas. En suma, en lo que les era presentado y enseñado como Zen no estaban en condiciones de saber distinguir claramente lo que era hijo de la historia de aquella nación y lo que era en cambio la autentica enseñanza de Śākyamuni. Fue así como se originó la figura del “maestro zen”.

Los títulos honoríficos con los que muchos de los monjes japoneses de rango elevado eran llamados habitualmente en virtud del oficio que momentáneamente ocupaban, e independientemente de su efectiva inmersión en el Zen, cuando se traducen literalmente en lenguas occidentales suenan como “viejo maestro”, “muy reverendo maestro del zen”, maestro guía”, etc. La prosopopea y la convicción de estas personas, que encontraban a sus pies a los occidentales, a veces temidos, otras veces despreciados por sus maneras informales y por tanto bárbaras, junto a la cultura confuciana que impregnaba todo y por la cual cualquiera que tuviese algo que enseñar -sea el arte de limpiar las calles, gobernar un caballo o de vivir la vida- no solo debe ser tratado con deferencia y humilde sumisión por quién quiere aprender sino que puede pretender de sus alumnos, incluso con la utilización de artes coercitivas, el ser objeto de tales formas de respeto, hicieron que la actitud básica recibida, aceptada, interiorizada (y a continuación propuesta) por parte de los discípulos occidentales fuese una mezcla de hieratismo, despotismo, autoridad, disciplina y, a veces, hipocresía.

No estoy diciendo que todos los monjes budistas japoneses fuesen así, ni que ninguno estuviese en condiciones de mostrar el verdadero espíritu del Zen. Estoy reconstruyendo la génesis de un fenómeno, el origen de aquel extraño ser, del todo anacrónico y carente de efectiva realidad, que en Occidente es conocido como “maestro zen”.

Anteriormente a una reforma de la liturgia, realizada hace algunos años, durante el primer servicio de la mañana, en todos los monasterios y templos japoneses, se recordaban “las tres naciones” (India, China, Japón) que formaron vital y dinámicamente la tradición del Zen. Sin embargo, desgraciadamente, cuando el budismo Zen llega a Occidente lo hace como hijo de la tradición de una sola nación. Si, como ha sucedido hasta ahora, la forma de trasmitir continúa estando aplastada bajo el pensamiento y la cultura de una única nación, como si aquella forma fuese el contenido, de esa injusta superposición no nacerá ningún futuro.

No habiendo ninguna forma preconstituída en la eterna enseñanza sin patria, en caso de ser constreñida al gusto por una forma, al interés de una patria; compartirá tanto la estrechez como la génesis terrenal de esta. Perdiendo al mismo tiempo cualquier característica de vía de salvación universal.

Si en cambio llega a ser posible ver” el budismo, y el Zen en particular, por lo menos en sus tres formas geográficas principales, resultará evidente que ninguna de ellas es “la” forma, aun siéndolo cada vez, y será infinitamente más fácil capturar la verdadera naturaleza y regenerarla en nuestra vida sin ninguna necesidad ni tampoco ningún riesgo de imitar. Para realizar concretamente esta posibilidad de comparación es indispensable dar cuerpo, ahora, aquí en Occidente, a una seria cultura analítica del budismo y en particular del Zen.

A continuación de cuanto he dicho antes, entre los los años sesenta y setenta, en Europa y en los Estados Unidos, junto a pocas, poquísimas personas con la cabeza sobre los hombros y los pies en la tierra que practicasen el zazen sin ninguna arrogancia en particular, comparecieron los “maestros zen”. Es decir personas, japonesas y occidentales, que eran maestros en si mismos. Es decir que habían conquistado, habían recibido en algún monasterio o se había atribuido autónomamente ese  título y que por tanto, de una vez para siempre, poseían ese estatus y ese papel o, mejor dicho, eran ese rol. Obviamente el título estaba ligado a un conocimiento particular que los hacía tales a todos los efectos.

Son innumerables los abusos realizados por este tipo de personas. Muchas están actualmente en plena actividad y tienes decenas, en conjunto millares de seguidores.

Me he interesado en este fenómeno por que me ha impresionado siempre la disponibilidad de muchos para ser vejados, tiranizados por periodos de tiempo incluso muy largos por personas que cualquier observador imparcial reconocería como mediocres imitadores de pequeños escenas y rituales o, incluso, completamente improvisadas.

Siendo el “maestro zen” una figura ficticia, o un personaje que no puede existir más que por fantasiosa auto-proposición en ese rol, consecuentemente una persona que crea ser tal o ser legítimo poseedor de ese titulo no puede ser más que un iluso o un arrogante. Por lo que, independientemente del hecho de que sea consciente o no de aquello, no poseerá ningún “zen” a enseñar. Por tanto, desde aquel lugar, no habrá nada para ofrecer. Distinto del tener nada para ofrecer.

¿Cuales serán entonces las “mercancías” que aquella figura puede procurar y el talismán que la mantiene en su sitio?, es decir, ¿cual será el atractivo que le procura la adhesión incondicional de discípulos dispuestos (casi) a todo con tal de tenerlo cerca y cual es el sostén interior, la motivación que los hace proseguir en ese camino?

En el budismo Zen no existe la carrera de maestro. No existe un cursus honorum, un procedimiento, una escuela, un proceso o alguien que pueda hacernos maestros. Sin embargo, vistos los presupuestos históricos, culturales e iconográficos que ese título, ficticio hasta decir basta, conlleva, entiendo que pueda convertirse en objeto de un fuerte deseo. Por ejemplo, quien puede exhibir el título de maestro es, más o menos automáticamente, considerado un iluminado, detentador de un conocimiento inefable y superior, por tanto una persona a envidiar, imitar... Y pienso que precisamente ahí está la solución de este pequeño, en el sentido de ridículo, misterio.

Desde el momento en que alguien aparece sobre la escena exhibiendo ese título, representa una forma que nuestro deseo puede asumir como objeto. Por tanto, lógicamente, nos dirigimos a él para ser instruidos, con el fin de que nos haga llegar a ser como él es, o de que nos de aquello que tiene; un conocimiento superior e inexpresable. Pero todo aquello que esa persona tiene es solo a si misma, con ese título, y si hipotéticamente estuviese en condiciones de hacernos llegar a ser como él, esta necesidad sería el fin de eso que es, es decir el dominus incuestionable, el poseedor del título. Corre por tanto un solo peligro: no estando en condiciones de procurar una verdadera trasmisión no puede ser igualado mas que  en aquello que de forma fraudulenta representa, pero si lo igualásemos descubriríamos el truco y el juego se rompería en pedazos. La única forma en la que el juego puede continuar es no terminando nunca, es decir impidiendo que ninguno alcance el puesto que, revelándose inexistente, descubriría el engaño.

Un persona así, manteniendo la exclusiva sobre el rol que interpreta, perpetúa nuestro deseo de igualarlo, y nuestro deseo de ser como él lo refuerza en el suyo y a su vez este reforzarse suyo lo vuelve todavía más deseable. En este punto el proceso se alimenta de si mismo. Un poder inexistente, indicado por un título, por un cetro que es la única prueba, pone en marcha un juego cuya apuesta es nada, es decir, la exhibición del cetro mismo, que para tener valor debe de ser deseado por otros, por el mayor número de personas posibles. Parece una pesadilla.

El deseo respecto al camino que lleva a convertirse en “maestros” nos impide ver los límites de nuestro pequeño ídolo. La esperanza de estar un día en su lugar y de tener así a otros que desearán ser como nosotros confirma la importancia de nuestro estatus. Esto es lo que nos impide ver el servilismo en el que vivimos como lo que realmente es. De esa forma el único y real rasgo de unión es el deseo, y siendo un deseo hacia la misma cosa, es decir hacia el mismo rol, se basa inevitablemente sobre un conflicto latente que durante un tiempo, más o menos largo, se sublima en admiración reverente para después desembocar en lucha. Dejando a parte el caso en que el “maestro” muere de improviso, poniendo así las bases para una idolatría que permita a los otros gestionar el poder en nombre o por cuenta del difunto. Todas las relaciones de este género concluyen inevitablemente con grandes dramas, rechazos recíprocos, rencores y separaciones traumáticas; o bien evolucionan en situaciones en las que una de las partes acepta una eterna subordinación la que sin embargo, no comportando deseo o no aportando agua nueva a la relación, la paraliza. Estas variantes se resuelven sea como fuere en relaciones distintas a la dinámica inicial: asociaciones de distintos tipos, matrimonios a veces, relaciones desequilibradas cuya estabilidad está garantizada tan solo por la perduración del desequilibrio de partida de la relación sobre la que se basan.

En el así llamado ambiente del Zen occidental tales agregaciones -que en su desarrollo se convierten en pirámides, que vuelven a proponer en distintos niveles el mismo mecanismo basado sobre deseos convergentes que se confirman unos a otros- son numerosas, quizás numéricamente preponderantes respecto a las situaciones sanas. Sin embargo, incluso desde un simple examen lógico, debería revelarse la completa perversión de un conjunto como este de comportamientos, tanto desde un punto de vista genéricamente religioso como también desde uno específicamente budista. La conquista de un poder sobre otras personas, el deseo de exhibir un rol, un estatus o un particular conocimiento; atribuibles más al campo de las problemáticas individuales tendentes a los patológico que al ámbito de los objetivos religiosos, especialmente cuando es clara y evidente la ausencia de cualquier base real en todo el mecanismo.

Religión y religiosidad no pueden ser usadas como objeto de deseo ni, aun menos, como una apuesta dentro de un juego, so pena de su decadencia. Cuando cualquier cosa, incluso la misma conducción del juego, se convierte en una apuesta dentro de un juego de poder entonces los nombres religión o religiosidad vienen atribuidos ilegítimamente a un ámbito diferente de hecho.

Más clara aun es la ausencia de cualquier elemento en base al cual las dinámicas descritas puedan ser atribuidas a una lógica o a un ámbito budista. El budismo auténtico -por tanto el Zen- consiste en la práctica del camino que conduce a la extinción de todo afán y de todo dolor, es decir la realización concreta de la cuarta noble verdad iluminada con la luz de la primera, de la segunda y de la tercera. Esta vía es materialmente recorrida por quién renuncia, de una vez por todas e instante tras instante, a hacer del deseo la motivación que sostiene la acción, poniendo al zazen en el centro de la propia vida. Es la elección de vivir la vida sobre la base del zazen.

No se ve concretamente que tiene que ver con eso el plantearse o desearse como “maestro zen”, teniendo en cuenta que eso consiste precisamente en alimentar la más devastadora de las ilusiones: el deseo, en particular el de aparentar o el de dominar. Crear expectativas que suscitan deseos, para conseguir ventajas de la dependencia que esto provoca, es la activación de un mecanismo infernal. Es decir una fuente de agudos y larguísimos sufrimientos.

Es suficiente examinar con atención las indicaciones respecto a a la trasmisión de la vía dejadas por el maestro Dōgen, igual que las de los autores clásicos del Chan, el Zen chino, como también las enseñanzas contenidas en el recorrido de la tradición que antes fue hindú. Aparecerá claramente que la única posibilidad de carrera que existe en el Zen es aquella que nos permite convertirnos en discípulos.

Nunca ha existido ninguna justificación en pretender el sometimiento de otros, la obediencia o la subordinación. El espíritu manifestado por quién se ha encargado de cubrir encargos de responsabilidad ha sido siempre de servicio, amor por el prójimo, dedicación a los más jóvenes, ejemplaridad en el comportamiento personal hacia el propio maestro y, sobre todo, completa ausencia de auto-constitución en un rol abstracto. No puedo ser maestro ni en cuanto yo, ni por que así me haya instituido ningún otro. El único legítimo modo que tengo de considerarme, siempre, revistiendo cualquier rol o encargo, es ser, en cualquier ocasión, un discípulo; es decir una persona en formación sobre la vía y en sentido relacional discípulo de quien me ha precedido y me ha permitido entrar en el camino budista. Discípulo de cualquiera que tenga cualquier cosa que enseñarme a propósito de ese camino, sea el/ella más joven o más anciano, un objeto, una cosa o incluso un animal. Todo habla, sabiendo escuchar.

Si, en tanto que discípulo, he sido autorizado a aceptar discípulos, es de ellos, de su juventud y de lo precioso de su vida de lo que me debo de preocupar, pero no viéndome nunca como su maestro. El único modo legítimo de verme, si por cualquier extraño motivo quiero verme de alguna forma, es el de discípulo. El único rol con el que puedo presentarme es el del amigo cuidadoso y sincero.

En otras palabras, las relaciones fundamentales, por un lado hacia el propio maestro y por el otro hacia los propios discípulos, únicamente se dan en el plano del deber y del servicio, pero nunca sobre el plano del derecho o, por añadidura, de la pretensión.

Ello por un simple y cristalino motivo: la base de todo es mi real existencia en el zazen, es decir en el continuo y sistemático abandono de toda forma o convicción interior, en el volver a ser yo antes que ser de alguna forma. Ser discípulos se reduce a esto: no verse nunca completos. Porque quien se considera completo, para poderlo hacerlo, debe evitar hacer zazen; que es también el abandono de aquella idea de completud. Verse como discípulos quiere decir continuar recorriendo la vía. Sobre la cual no se aprende nada, por lo cual ninguno podrá nunca ser maestro de nada. Precisamente esta es la maestría en la que se puede tener experiencia, una maestría que solo se puede comunicar a quien no está interesado en obtener algo que no sea la paz del corazón.

El ser maestros en tanto que discípulos es un objeto de deseo que es difícil de proponer, por que significa no ser nadie en particular; es decir una persona común que intenta no desviarse y volver lo mejor que puede sobre el camino trazado por Śākyamuni.

Si alguien está verdaderamente interesado en ser un hombre o una mujer que lo hace lo mejor que puede en ese breve periodo entre el nacimiento y la muerte para no perderse en las tentaciones del mundo, no creo que exista ningún motivo para tratarlo con suficiencia o altanería, ni que él mismo tenga ninguna buena razón para ponerse a seguir y servir a una persona que promete algo completamente distinto a lo que busca.

Si bien todos nosotros tendríamos que haber sabido estas cosas, desde hace tiempo ya habíamos sido advertidos por una voz amiga: «... Y aquel que quiera ser el primero entre vosotros, se hará vuestro esclavo; exactamente como el Hijo del hombre, que no ha venido para ser servido, sino para servir...».


P.S.: no he olvidado haber dejado al viejo Uchiyama, postrado con la frente en tierra, sobre el vestíbulo de entrada de Nokein mientras nos alejábamos, turbados y con la cabeza llena de porqués.

Simplemente, ¿qué más podía hacer?

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Mauricio Yushin MarassiLa Via Maestra. (cap.II), Ed. Marietti, 2005

La trasmisione di una tradizione autentica nel paradigma del buddismo Zen
Traducción, Roberto Poveda
Fotografía, Internet

domingo, 6 de mayo de 2012

Las raíces y las hojas. Giuseppe Jiso Forzani


Encuentro de reflexión y formación. Pésaro, 2012.

Valores compartidos en una Europa en trasformación. 
La función de las culturas y de las religiones.

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Intervención de Giuseppe Jiso Forzani

LAS RAÍCES Y LAS HOJAS
Una hipótesis budista para una papel no conflictivo de las religiones 
en la construcción de una Europa de todos.





1. Comenzaré mi intervención con una alusión al tema de fondo que aquí nos reúne. El título de este encuentro habla de una Europa en trasformación y es precisamente sobre Europa a donde querría dirigir la atención por un momento, por que es el trasfondo, el terreno común. Hablo también con el conocimiento que tengo de ella como consecuencia del trabajo que desarrollo actualmente, que es el de director de una oficina que se adorna con el adjetivo determinativo “europeo”: “Oficina europea del budismo Soto Zen”, concretamente.

En el ámbito de sus actividades esta oficina tiene competencias sobre una área geográfica que va desde Portugal, al oeste, hasta Rusia, al este; de los países escandinavos, al norte, hasta... bueno, aquí no está tan claro, ya que, aun no siendo una oficina que tenga competencia sobre África, creo que se comprende que en el área mediterránea hay también países con fuertes influencias europeas, como por ejemplo Israel, Marruecos y Turquía, y que constituyen de algún modo parte de nuestra Europa. Pero lo que interesa es que nuestra oficina asume una perspectiva europea en el sentido en que se remiten a ella personas que viven y trabajan en un país europeo, en relación orgánica con las instituciones que la oficina representa. Las relaciones con estas personas conducen a consideraciones simples, no ciertamente desde el punto de vista histórico o sociológico, sino  fruto de experiencias directas y de reflexiones casi banales. 

La primera es que “Europa” es un concepto, una invención, un artificio cultural, más que una entidad geográfica con una connotación histórico-cultural unitaria. Distintas lenguas, distintas etnias, distintas culturas, distintas historias, distintas sensibilidades colectivas... y sin embargo tiene un sentido inequívoco sentirse y definirse como “europeo”. Es como si los pueblos europeos no se pudieran reducir a una unidad cultural, lingüística , religiosa; pero que, precisamente en virtud de las diferencias que la animan, Europa encontrase su razón de ser, el sentido de la propia comunión. Es una unión mantenida unida por las diferencias que la componen; o creo por lo menos que esta es la idea fundadora de Europa, una idea, o un sueño, o una locura que personalmente encuentro muy bella y que me parece representa un propuesta de una posible (espero) unión mundial de los pueblos. 

La idea de Europa, tal y como la conocemos hoy y que se intenta realizar a partir de la intuición de los padres fundadores, nace al final de la segunda guerra mundial -que igual que la primera fue una guerra europea- tras siglos de enormes conflictos. Era y es la idea de que los mismos pueblos que durante siglos se habían despedazado, reivindicando cada uno su propia superioridad como portador de valores que se pretendían universales o por lo menos comunes, pudiesen en cambio convivir pacíficamente mirando al bien común; si precisamente la convivencia pacífica entre distintos se convertía en el valor compartido, la meta móvil a la cual tender renunciando a imponer una visión ideológica unitaria. Para usar la imagen del árbol, no son tanto las raíces comunes las que representan la idea de comunidad europea y la mantienen junta, como el susurro de las ramas y las hojas de los distintos arboles del bosque. Una cúpula común, formada por las diferentes ramas y hojas de cada árbol, que defiende y protege el terreno común en que los distintos pueblos cohabitan. Se le da así la vuelta a la visión que ve en las raíces comunes el signo de la unidad identitaria. Las raíces comunes son fuente de conflictos inacabables, como enseña la historia europea en la que las guerras de religión entre cristianos ha marcado siglos de luchas, tragedias, intolerancia. La unidad del bosque no viene de las raíces, sino del conjunto de las ramas y las hojas. Tal vez no es casualidad que la actual crisis Europea corresponda a un irritado y rencoroso razonar sobre las raíces.


2. Vayamos por tanto al segundo argumento del tema de nuestro encuentro, la religión. Me parece indudable que las religiones -por muy genérico que sea el término-, tal como han sido entendidas durante siglos y por el papel que han desarrollado en el ámbito de la sociedad, están en una crisis irreversible. La historia nos reserva a menudo sorpresas respecto a las previsiones, pero me parece bastante improbable, por no decir imposible, que las religiones que conocemos puedan retomar la función totalizadora que han desarrollado durante siglos. En lo que concierne a Europa, su historia se ha desarrollado, durante diez siglos por lo menos, inextricablemente ligada a la manifestación religiosa, tanto sobre el plano del pensamiento, como sobre el plano del desarrollo social. El cristianismo (incluso a través de su mayor institución representativa; el papado primero y la iglesia católica después) ha desarrollado una función totalizadora. Desde la investidura divina del emperador, hasta la mitad del siglo XIX por lo menos, hasta el dicho de Benedetto Croce (1866-1952) “no podemos no llamarnos cristianos”, la religión ha desarrollado la función de pegamento, de mínimo denominador común, de fondo de la realidad social, cultural, intelectual europea. Pero esto parece estar definitivamente acabado. Sin embargo las religiones, sobre todo en sus formas institucionales, son lentas en comprender, en aceptar y en modificarse.

La concepción de la religión como raíz de la cultura suena más como la reivindicación de un poder pasado que no como un meditado análisis de la realidad. La reivindicación de valores no negociables aparece como una tentativa de expropiación de lo universal, cuyo control ha huido ya de las manos de las instituciones religiosas. Hoy son otras las fuerzas totalizadoras. Se podría decir que la economía es hoy la que desarrollaría una función totalizadora, como parece poderse deducir de expresiones reveladoras. El poder antes atribuido al dios monocrático, omnisciente y omnipotente es hoy en día atribuido a otras entidades. Pensemos en expresiones usadas normalmente sin que escandalicen a nadie: “Los mercados nos observan, los mercados nos juzgan, los mercados nos premian y nos castigan...”, allí donde antes se decía: “Dios nos ve, Dios nos juzga...”. La trascendencia se ha hecho cada vez más inmanente, pero permanece metafísica; una economía metafísica, oculta, inmaterial, condicionando concretamente nuestras vidas, hasta lo cotidiano, independientemente de que nos adhiramos o no a esa fe. 

La fe como dato de hecho, como obligación no discutible; ese era antes el fundamento del poder de la iglesia y hoy parece ser el fundamento, igualmente indiscutible, del poder de la economía, sobre todo de la financiera. A las religiones no les queda sino replegarse sobre si mismas, manifestándose con formas fundamentalistas, jugando con la necesidad psicológica de pertenencia, suministrando una identidad subrepticia a los individuos perdidos en un mundo en el que también el poder supremo, casi divino, ya no tiene una identidad reconocible. El dios que hoy en día no es posible llamar con un nombre no es innominable por una prohibición religiosa, sino por que es un nombre huidizo, fragmentario, plural. Ciertamente, tras el poder anónimo de los “mercados”, existen personas de carne y hueso que lo dirigen y se aprovechan; pero el poder totalizador que nos dirige y determina está en realidad “en medio de nosotros” e incluso dentro de nosotros.

Todo esto ofrece sin embargo a la religión una ocasión única, la de recuperar una función que solo la religión, creo, puede desarrollar. No me resulta de ninguna fácil decir cual es esta función, por que el malentendido está constantemente al acecho y por que se trata de una definición no unívoca y que no se puede fijar. De hecho, apenas dicha, se convierte en otra cosa de aquello que intenta expresar y, por añadidura, frecuentemente en su opuesto. Intentaré decir hoy aquí que la religión tiene la función de indicar al ser humano la trans-humanidad que lo circunda y lo constituye. Pero cuidado, diciendo trans-humanidad no entiendo trascendencia, no entiendo dios de ninguna manera, no entiendo “algo” o “alguien” con valencia ontológica.

Dentro de un poco, hablando del budismo, buscaré explicarme mejor. Sin embargo, para ofrecer una indicación anticipadora, intentaré dar ahora la vuelta a la comprensión usual de un famoso dicho zen (de origen chino, creo), difundido sin embargo también fuera del ámbito budista zen. Se acostumbra decir: “cuando el dedo señala la luna, el tonto mira el dedo”. Con esta expresión habitualmente se quiere decir que no hay que encerrarse en las palabras, o en los ejemplos ilustres, sino que hay que observar aquello que las palabras significan, sobre todo en ámbito religioso. Si te hablo de la luna, de Dios, del absoluto, de la Vía, no me mires a mi que te hablo, gírate hacia aquella meta de la que estoy hablando. Pues bien, para el discurso que estamos realizando aquí diría más bien que cuando el dedo señala la luna, el tonto se vuelve a mirar hacia allí, como si “allí” hubiese algo que ver. Sería mejor, en cambio, observar el dedo para ver si está limpio y si su señalar no esconde segundas intenciones. “Allí” no hay nadie hacia el que girarse, todo lo que hay que ver está aquí. 

Las religiones tienden siempre a apropiarse del absoluto, de Dios, de lo inconmensurable, pero se trata de apropiaciones indebidas. La religión no tiene ninguna jurisdicción sobre el más allá que, en tanto que más allá, está precisamente fuera del alcance de cualquier veleidad de herencia y de apropiación por parte de alguien. Más bien tiene (o mejor, puede tener) la tarea de aludir a lo humano, no a través de su potenciación y/o su mortificación, sino a través del desvelamiento del límite, de la contemplación del umbral. Redimensionado así el hombre se pacifica, se reencuentra, se encuentra a si mismo y al otro. Usando de nuevo la metáfora del árbol, en esta visión que intento exponer la religión no es raíz sino a lo sumo hoja, tal como habíamos dicho para la idea de Europa. Hojas bajo las que descansar en paz y dialogar entre seres humanos, no reivindicando la propia identidad por medio de la pertenencia y la exclusión sino descubriendo la propia integridad por medio de la comunión del límite, que es también comunión de la diferencia. El valor unificador de la humanidad, comprendida como universalidad del límite, que pone al ser humano, a cada uno y a todos, bajo el umbral del otro. No hay necesidad de idear valores comunes, el valor común ya está dado, se trata de vivirlo juntos, en paz.


3. Aquí pienso, espero, que se sitúe el sentido de la presencia del budismo en Europa. Pero debo de hacer una precisión de carácter antropológico y sociológico, aun no siendo ni lo uno ni lo otro; entre las religiones no cristianas presentes en Italia el budismo se presenta con una característica anómala, por lo menos, que creo es útil evidenciar en esta sede. Todas las comunidades religiosas no cristianas (a excepción de la hebrea, que tiene una historia de presencia secular integrada en la cultura de nuestro país; a pesar de siglos de constante marginación, aislamiento y persecución, incluso legal, hasta el siglo pasado), todas las comunidades religiosas no cristianas, decía, con una presencia cualitativa y culturalmente significativa en Italia -el islam en sus dos versiones, sunita y chiita-sufí, el hinduismo en sus varias formas, los sij- tienen una componente compuesta de inmigrantes y una componente indígena que, si bien presentan diferencias sustanciales sobre el plano sociológico y cultural, no se diferencian sustancialmente en el plano religioso. Por ejemplo, un musulmán sunita inmigrado y un musulmán sunita italiano profesan el mismo credo y siguen las mismas prácticas religiosas fundamentales. Los musulmanes inmigrados pueden provenir de países culturalmente muy distintos entre si (Marruecos y Somalia, Egipto y Arabia, Pakistán y Argelia) y los italianos convertidos pueden ser de extracción social y formación cultural bastante distinta, pero todos leen el mismo Corán, aceptan el mismo Alá, rezan de la misma forma. 

Eso no sucede para el budismo, aunque probablemente debieran hacerse matizaciones más cuidadosas. En cualquier caso creo que se puede decir que un budista inmigrado, por ejemplo chino, vietnamita o srilankes, y un budista italiano tienen muy poco en común como budistas. Ello depende de un aspecto al cual no se le ha prestado quizás suficiente atención hasta ahora al analizar el fenómeno, históricamente reciente, de la presencia del budismo en los países de cultura occidental. Este es el de que mientras que a los occidentales el budismo, en sus distintas formas, les ha sido presentado, incluso por autores y misioneros orientales, como una doctrina universal con características lógico interpretativas particularmente adaptadas al encuentro con el pensamiento occidental, aunque sea desde una función crítica -aunque la crítica es por si misma una categoría típica de la cultura occidental-, el budismo en cambio siempre ha tenido en oriente características fuertemente étnicas, en el límite del folclore. En los países en los que el budismo ha hecho píe hasta convertirse en una religión mayoritaria -Sri Lanka, Birmania, Camboya, Nepal, Laos, Tibet, China, Vietnam, Corea, Japón...- ha asumido características completamente ligadas a las tradiciones locales de aquellos países, hasta convertirse en un fenómeno religioso étnico. Es por esto sensato hablar de budismo tibetano, vietnamita, coreano o japonés, incluso cuando tales formas de budismo se transfieran a occidente, mientras que no tendría sentido hablar de catolicismo italiano en China o en Japón. Quiero decir que los budistas tibetanos, coreanos o japoneses que emigran desde sus países de origen a países de occidente, implantan aquí cultos y tradiciones religiosas que están fuertemente marcadas por el carácter étnico, mucho más que por el carácter universal del budismo. Mientras que un occidental que se vuelve hacia el budismo, como referencia para la propia fe y la propia práctica religiosa, es atraído por los elementos universales de aquella religión mucho más que por los elementos folclóricos de las creencias y de los cultos. Resulta de ello que el budismo de un italiano budista y el budismo de un vietnamita budista emigrado a Italia pueden ser (y habitualmente son) tan completamente distintos que resulta difícil darse cuenta de que tengan algo en común.

Esto se debe al hecho de que el budismo en si mismo no tiene una estructura doctrinal uniforme y monolítica, basada sobre textos unívocos de referencia. En otras palabras, en el budismo no hay un texto sagrado único que vehiculice un sistema de creencias homogéneo que sirva de referencia para todos y cada uno de los fieles. Por tanto se ha expresado en las formas más dispares, tomando aspectos concordantes con las diferentes culturas autóctonas a las que ha ido poco a poco adaptándose, manteniendo al mismo tiempo un “patrimonio genético” ideal e informal, en un cierto sentido no expresado y no dicho, pero no por esto menos potente y operativo, que viene recogido y hecho propio por la instancia religiosa de quien lo recibe y lo acoge.

El budismo occidental, por lo menos en su estado actual (1), recoge y elabora un elemento fundamental de la experiencia religiosa del budismo de los orígenes: el hecho de ser una vía de “salvación” individual. Antes de convertirse en una experiencia comunitaria es una búsqueda personal que nace de una necesidad individual. Mientras que el budismo de inmigración es más bien una experiencia de identidad comunitaria de valencia étnica.

El budismo, en su estado original, no es una cosmología, una visión del mundo, una doctrina que explica cómo son las cosas. Es después cuando, en cada caso, se ha convertido en todo eso, pero como quien se reviste con un vestido, que se quita y se pone sin que el vestido se convierta en el propio cuerpo. El budismo en su estado embrionario es una forma de vivir la condición humana -tanto a nivel intelectual, como a nivel comportamental- vista de una determinada forma. 

Este modo de ver se puede describir así: Hay un dato cierto que impregna toda la realidad, que podríamos llamar un desgaste de todo lo que existe o también, tomando prestado un término científico, una entropía de fondo. Todo lo que es tiende a la propia disolución y el conocimiento, más o menos consciente, de este dato cierto se manifiesta en el hombre como un malestar, una incomodidad, una tristeza (si usamos el matiz de los sentimientos), que el budismo llama, en lenguaje sánscrito, dukkha. El budismo se puede resumir en: a) tomar conciencia de este malestar, b) comprender el motivo, c) ver su naturaleza y d) sobre la base de esto dar a la propia vida un sentido, una dirección que cada vez toma forma ante distintas situaciones (óctuple sendero). La piedra clave está en el hecho de que el motivo del malestar no es personal, sino constitutivo de la realidad, es aquel desgaste de fondo, aquella entropía universal que he señalado. Pero precisamente aquí, donde reside el motivo del malestar, está el espacio de la liberación de aquel malestar: Todo se desliza hacia su conclusión, nada permanece igual a si mismo, y no hay por tanto nada a lo que pegarse, que ofrezca resistencia; no existe una sustancia a preservar, un tesoro que salvar, un patrimonio a conservar que no sea la propia forma de vivir cada día. Aquí nos reencontramos todos, esta es la condición común. Verificado esto, caen los motivos de liderazgo y supremacía.

Al mismo tiempo, verificada la inconsistencia y la continua movilidad y trasformación de cada cosa y de nosotros mismos, se verifica también que la realidad es una trama infinita de relaciones. Cada cosa es aquello que es en el momento en que lo es, en tanto en cuanto es hecha ser por las innumerables “causas concomitantes”, visibles e invisibles, inmediatas y remotas, que la hacen ser. Yo mismo estoy hecho así. Soy hecho aquello que soy por aquello que me forma y de esto es parte integrante el encuentro con el otro. Ahí está el sentido del dialogo, también la diferencia de lo distinto a mi es parte constitutiva de mi ser aquello que soy. “Yo” (se entienda como se entienda, incluso como persona) no tiene por tanto una centralidad ontológica y lo otro también me implica a mi. El otro, como persona, es alguien que dice yo desde la posición del tu, un alter ego. Ego y alter ego, “yo y otro yo”, eso somos. Es un juego de manos lingüístico, pero quizás ayuda a comprender “nosotros” de forma potencialmente menos conflictiva que decir “yo y tu”. Esto no vale solo para las personas, sino para cada cosa. Por tanto el cuidado del mundo es cuidado de mi mismo. No puede haber algo que pueda hacerme bien a mi y mal al otro. El mal del otro de alguna forma me retorna.

Este, creo, podría ser el papel de las religiones actualmente, evidenciar que participamos todos de la misma condición humana, comprendida también como “alteridad identitaria”, si se puede decir así. Ofreciendo por tanto un refugio, una sombra refrescante bajo la cual reposar, reflexionar y discutir juntos del y por el bien común.





4. Sin embargo, debo decir honestamente que no me parece que las cosas estén yendo en esa dirección. Europa está en crisis, evidentemente, y atacada; hay quien la quiere hacer explotar, desde fuera y desde dentro. Y las religiones, reivindicando primacías éticas y espirituales e intentando expropiar lo universal, no ofrecen más que simulacros de identidad basados sobre la pertenencia a un grupo común. Pero, así como todo cambia y pasa, no cuesta nada esperar y continuar trabajando contra corriente, como si nada pasase.


Giuseppe Jiso Forzani
Pésaro, 14 de abril de 2012



Nota

(1) Debe decirse, sin embargo, que se está experimentando un fenómeno de signo opuesto. En muchos casos, sobre todo allí donde el budismo asume formas clericales institucionales, la componente étnica se hace sentir también en la práctica de las comunidades budistas occidentales compuestas por occidentales. Las instituciones de referencia, las casas madre, están todas (con excepción del budismo tibetano en la diáspora, pero que no por ello huye de la caracterización étnica tanto sobre el plano estético como sobre el doctrinal) localizadas en sus países orientales de origen. En el caso que, por ejemplo, me atañe personalmente, la oficina europea que dirijo depende directamente de la institución japonesa con sede en Tokio; de la cual es una emanación y que aplica en Europa el reglamento, la normativa, la escala jerárquica, los trámites formativos en vigor en Japón. Con todas las anomalías y disonancias que derivan de ello. Hoy, tras un periodo en el que la independencia del fenómeno religioso budista zen italiano y de cada país europeo respecto a la influencia cultural japonesa era vivida como un valor, se asiste a un fenómeno de intento de homologación. Terminado el periodo pionero, se nota una tendencia a apoyarse en las tradiciones de referencia, a menudo sin conocer la naturaleza, el origen y la formación histórico-cultural, asumiendo sus características por una necesidad de reconocimiento identitario. La mayor parte de los centros de práctica religiosa zen actualmente tienden cada vez más a asemejarse a templos japoneses, tanto desde el punto de vista estético como del litúrgico, invirtiendo la tendencia de la que hemos hablado anteriormente. El fenómeno es todavía demasiado reciente e incierto para poder considerarlo un cambio general, pero hay signos premonitorios en abundancia.

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Traducción, con la amable autorización del autor: Roberto Poveda
Fotografías: Roberto Poveda
Video: Youtube



viernes, 25 de noviembre de 2011

Duras lecciones para budistas comprometidos. Ken Knabb


Esta entrada, junto con las dos anteriores, forma un tríptico de artículos en los que diversos autores (Giuseppe Jiso Forzani, David Loy y Ken Knabb) se interrogan, desde la óptica actual occidental que les es propia, sobre algunos aspectos relacionados con aquello que podríamos denominar la relación entre la practica de zazen y la vida cotidiana o, de una forma más general, sobre la relación entre budismo y ética. En especial en lo que tiene que ver (o no ver) con su implicación en los aspectos mas sociales y colectivos de la vida del hombre.

Nadie que practique de forma cotidiana el simple acto de sentarse frente a un muro, con la espalda erguida, en la quietud y el silencio, tomando esa práctica como una vía de liberación "en" la realidad y no como un bunker "contra" la realidad, puede eludir la pregunta sobre la relación de aquella actividad con el resto de su vida, incluida su vida como ser social. Pero la respuesta, o mas bien las respuestas, no son siempre ni evidentes ni coincidentes. Por ejemplo, quien quiera que se tome el tiempo de leer atentamente estos tres artículos podrá ver que las opiniones vertidas en ellos no son necesariamente concordantes entre si, siendo a veces incluso antagónicas.

Ken Knabb, el autor del actual artículo "Duras lecciones para budistas comprometidos", conocido sobre todo por ser un activista comprometido del movimiento situacionista, lleva practicando zazen de manera regular desde 1985, con Sojun Mel Weitsman, uno de los discípulos de Shunryu Suzuki. Actualmente es miembro activo del Berkeley Zen Center, y responsable en el mismo de las sesshin denominadas "Mountains & Rivers Backpacking Sesshin" en las que durante 4 días se combina el caminar en silencio por el campo con zazen. El presente y provocador artículo es probablemente el que origine más controversia entre quienes lo lean; entre otras cosas porque se atreve a cuestionar el dogma atribuido al budismo de la no violencia y cuya interpretación en occidente está tal vez con frecuencia más cerca del "buenismo" que de una adecuada comprensión del significado de ahimsa (el término sánscrito que frecuentemente ha sido traducido como no-violencia), así como por su "aparente" crítica a algunas conocidas figuras actuales del budismo. Sin embargo algunos de los argumentos expuestos por el autor creo que merecen ser reflexionados atentamente antes de ser descartados por no adecuarse a lo considerado "políticamente correcto" .

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Duras lecciones para budistas comprometidos



¿Sólo has aprendido de los que te admiraron, te trataron con ternura y te cedieron el paso? ¿No has aprendido grandes lecciones de los que te rechazan y se oponen a ti? ¿o de los que te desprecian o disputan contigo?

—Whitman, “Lecciones más duras”



En medio de la guerra de Vietnam, Thich Nhat Hanh y algunos otros monjes, monjas y seglares budistas rompieron con 2.500 años de tradición apolítica budista y fundaron la orden Tiep Hien en un intento de poner en relación la ética budista y la práctica de la meditación con temas sociales contemporáneos. Los miembros de la orden organizaron manifestaciones contra la guerra, apoyo clandestino a los prófugos y varios proyectos de socorro y servicio social. Aunque el movimiento fue pronto aplastado en Vietnam, Nhat Hanh ha llevado a cabo actividades similares desde el exilio en Francia, y el “budismo socialmente comprometido” se ha extendido a los budistas de todo el mundo. Una de sus principales expresiones en Occidente, la Buddhist Peace Fellowship (Asociación Budista para la Paz), define su propósito como un intento de “llevar la perspectiva budista a los movimientos contemporáneos por la paz, la defensa del medio ambiente y la acción social” y de “plantear los temas de la paz, el entorno, el feminismo y la justicia social entre los budistas occidentales”.

El surgimiento del budismo comprometido es un desarrollo saludable. A pesar de las tonterías que el budismo comparte con las demás religiones (superstición, jerarquía, machismo, complicidad con el orden establecido), siempre ha tenido un núcleo de entendimiento genuino basado en la práctica de la meditación. Es este núcleo vital, junto con su carencia de dogmas obligatorios característicos de las religiones occidentales, lo que hizo posible que se hiciese popular incluso en los medios más sofisticados de otras culturas. Las personas comprometidas en movimientos de cambio social pueden aprender del nivel de conciencia, la ecuanimidad y la autodisciplina fomentadas por la práctica budista; y los budistas apolíticos pueden ciertamente hacerlo de enfrentarse a cuestiones sociales.

Hasta ahora, sin embargo, la conciencia social de los budistas comprometidos ha seguido siendo extremadamente limitada. Aunque han empezado a reconocer ciertas realidades sociales manifiestas, demuestran entender poco sobre sus causas y soluciones posibles. Para algunos, el compromiso social simplemente entraña algún tipo de trabajo caritativo voluntario. Otros, siguiendo tal vez las observaciones de Nhat Hanh sobre la producción de armas o el hambre en el Tercer Mundo, deciden no comer carne o no apoyar ni trabajar para las compañías que producen armas. Tales gestos pueden ser personalmente significativos, pero su efecto real sobre las crisis globales es despreciable. Si se permite que millones de personas del Tercer Mundo pasen hambre no es porque no haya suficiente comida para distribuir, sino porque no resulta provechoso dar de comer a gente que no tiene dinero. Y mientras pueda hacerse gran cantidad de él produciendo armas o destruyendo el entorno, alguien lo hará a pesar de las apelaciones morales a la buena voluntad de la gente. Aunque algunas personas conscientes se nieguen a hacerlo, una multitud se disputará la ocasión de hacerlo en su lugar.

Otros, percibiendo que tales gestos individuales no bastan, se han aventurado en actividades más “políticas”. Pero generalmente se han limitado a secundar a asociaciones por la paz, la ecología y a otros grupos llamados progresistas ya existentes, cuyas tácticas y planteamientos son por su parte muy limitados. Con muy pocas excepciones, estos grupos dan por supuesto el sistema social actual y simplemente maniobran dentro de él en favor de su tema específico, con frecuencia a expensas de otros asuntos. Como escribieron los situacionistas: “Las oposiciones fragmentarias son como las ruedas dentadas: se engranan unas en otras y hacen funcionar la máquina — la máquina del espectáculo, la máquina del poder”.

Algunos budistas comprometidos se dan cuenta de que es preciso ir más allá del sistema actual; pero al no comprender su atrincheramiento y su naturaleza autoperpetuadora, creen poder transformarlo apacible y gradualmente desde dentro, incurriendo entonces en continuas contradicciones. Uno de los preceptos de Tiep Hien dice: “No poseas nada que pertenezca a otros. Respeta la propiedad de los demás, pero no permitas que se enriquezcan con el sufrimiento humano o el de otros seres”. ¿Cómo impedir la explotación del sufrimiento si se “respeta” la propiedad que lo encarna? ¿Y qué pasa si los propietarios no renuncian pacíficamente a ella?

Si los budistas comprometidos no se han opuesto explícitamente al sistema socioeconómico y se han limitado a tratar de aliviar algunos de sus peores efectos, es por dos razones. En primer lugar, no tienen claro de qué se trata. Como son alérgicos a todo análisis que parezca “divisionista”, apenas aspiran a entender un sistema basado en la división de clases y en implacables conflictos de intereses. Como casi todos, simplemente se han tragado la versión oficial de la realidad, según la cual el colapso de los regímenes capitalistas de estado estalinistas en Rusia y en Europa del Este demuestra supuestamente la inevitabilidad de la forma de capitalismo occidental..

En segundo lugar, como el movimiento pacifista en general, han adoptado la idea de que la “violencia” es lo único que debe evitarse a toda costa. Esta actitud no sólo es simplista, sino también hipócrita: ellos confían tácitamente en todo tipo de violencias de estado (ejércitos, policía, cárceles) para proteger a sus personas queridas y sus posesiones, y seguro no se someterían pasivamente a muchas de las condiciones contra las que reprochan a otros rebelarse. El pacifismo acaba siendo en la práctica más tolerante con el orden dominante que con sus oponentes. Los mismos organizadores que rechazan a cualquier participante que pueda echar a perder la pureza de sus manifestaciones no violentas se jactan a menudo de haber desarrollado acuerdos amistosos con la policía. No resulta extraño que los disidentes que han tenido experiencias diferentes con la policía no estén demasiado impresionados con esta suerte de “perspectiva budista”.

Es cierto que muchas formas de lucha violenta, como el terrorismo y los golpes minoritarios, son inconsistentes con el tipo de organización abierta y participativa necesaria para crear una sociedad global genuinamente liberada. Una revolución antijerárquica sólo puede ser llevada a cabo por la gente en su conjunto, no por un grupo que supuestamente actúe en su nombre, y esta aplastante mayoría no necesitaría la violencia más que para neutralizar algunas bolsas de la minoría dominante que ésta tratase de mantener violentamente en su poder. Pero todo cambio social significativo envuelve inevitablemente algo de violencia. Parece más sensato admitir este hecho y simplemente esforzarse por minimizar la violencia tanto como sea posible.

Este dogmatismo antiviolencia va de lo sospechoso a lo absurdo cuando se opone también a toda forma de “violencia espiritual”. Por supuesto, no hay nada malo en intentar actuar “sin furia en el corazón” y en tratar de evitar verse atrapados por el odio y la venganza inútiles; pero en la práctica, este ideal sólo sirve a menudo como excusa para reprimir prácticamente todo análisis o crítica incisivos etiquetándolos de “furiosos” o de “intelectualmente arrogantes”. Partiendo de su (correcta) impresión de quiebra del izquierdismo tradicional, los budistas comprometidos han resuelto que toda táctica “confrontacional” y toda teoría “divisora” están mal aconsejadas y son irrelevantes. Como esta actitud equivale a ignorar prácticamente toda la historia de las luchas sociales, muchas experiencias exquisitamente sugestivas siguen siendo para ellos un libro cerrado (los experimentos anarquistas de organización social durante la revolución española de 1936, por ejemplo, o las tácticas situacionistas que provocaron la revuelta de mayo del 68 en Francia), y no les queda más que “compartir” las simplezas new-age más inocuas y tratar de fomentar el interés en las más tibias “acciones”, con el denominador común más bajo.

Resulta irónico que personas capaces de apreciar las anécdotas clásicas del Zen no vean que estas agudas tácticas para despertar la conciencia pueden ser también adecuadas en otros terrenos. A pesar de las diferencias obvias, hay interesantes analogías entre los métodos situacionistas y el Zen: ambos insisten en la realización práctica de sus ideas, y no en el mero asentimiento a una doctrina; ambos utilizan medios drásticos, como rechazar el diálogo inútil, y se niegan a ofrecer “alternativas positivas” de confección para tirar del tapete de las disposiciones habituales; ambos son por tanto previsiblemente acusados de “negatividad”.

Una de las viejas sentencias Zen dice: Si encuentras a un Buda, mátalo. ¿Han “matado” los budistas comprometidos a Thich Nhat Hanh en sus mentes o están todavía apegados a su imagen, fascinados por su misterioso conocimiento, consumiendo pasivamente sus obras y aceptando acríticamente sus puntos de vista? Nhat Hanh puede ser una persona excelente; sus escritos pueden inspirarnos e iluminarnos en ciertos aspectos. Pero su análisis social es ingenuo. Si parece ligeramente radical es sólo por contraste con la ingenuidad política aún mayor de la mayoría de los budistas. A muchos de sus admiradores puede extrañarles, quizás incluso indignarles, que alguien tenga el descaro de criticar a una persona tan santa, y tratarán de rechazar este panfleto encasillándolo como un tipo extraño de “ideología izquierdista furiosa” y asumiendo (incorrectamente) que está escrito por alguien sin experiencia en meditación budista.

Otros pueden conceder que algunos de estos puntos son bastante ciertos, pero preguntarán: “¿Tienes alguna alternativa constructiva práctica o sólo estás criticando? ¿Qué sugieres que hagamos?” No es preciso ser arquitecto para señalar las goteras. Si una crítica consigue que algunas personas se detengan y piensen para ver más allá de alguna ilusión, y quizás provoque también en ellas el deseo de vivir nuevas aventuras por su cuenta, ya ha tenido un efecto práctico. ¿Cuántas “acciones” consiguen esto?

En cuanto a lo que debes hacer, lo más importante es dejar de confiar en otros para que te lo digan. Es mejor cometer tus propios errores que seguir al líder espiritualmente más sabio o políticamente más correcto. No sólo es más interesante, sino que normalmente es también más efectivo llevar a cabo tus propios experimentos, aunque sean pequeños, que ser una cifra en un regimiento de cifras. Todas las jerarquías tienen que ser contestadas, pero el efecto más liberador procede a menudo de desafiar aquellas en las que estás más implicado.

Uno de los graffiti de mayo de 1968 decía: Sed realistas, pedid lo imposible. Las “alternativas constructivas” en el contexto del orden social actual son cuando menos limitadas, temporales y ambiguas; tienden a ser cooptadas y se convierten en parte del problema. Podemos estar obligados a tratar determinados temas urgentes como la guerra o las amenazas medioambientales, pero si aceptamos hacerlo en los términos del sistema y nos limitamos a reaccionar simplemente a cada nuevo desastre producido por él, nunca lo superaremos. En última instancia sólo podemos resolver las cuestiones de supervivencia negándonos a ser chantajeados por ellos, yendo enérgicamente más allá para desafiar toda la organización social anacrónica de la vida. Los movimientos que se limitan a protestas defensivas y serviles no alcanzarán siquiera las despreciables metas de supervivencia previstas para ellos.


BUREAU OF PUBLIC SECRETS 
octubre de 1993



Versión española de Strong Lessons for Engaged Buddhists.
Traducción de Luis Navarro revisada por Ken Knabb. 
Incluida en el libro Secretos a voces (Madrid, 2001).

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