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viernes, 16 de octubre de 2009

Variaciones sobre un poema de Ryôkan (II). Éric Rommeluère

Éric Rommeluère prosigue en su blog con una segunda meditación a partir de las dos siguientes estrofas del poema de Ryôkan (la meditación sobre las dos primeras estrofas la traduje en la anterior entrada). Si en su primera meditación sobre el poema de Ryôkan Éric nos habló de los aspectos externos de la meditación, en esta segunda meditación lo hace sobre los internos.

Los lectores atentos podrán sorprenderse al encontrar citado por Éric Rommeluère un fragmento del Fukanzazengi del maestro Dôgen que tal vez sean incapaces de localizar. Ello se debe a que Éric Rommeluère está usando la versión Shinpitsu-bon, o la versión escrita a mano por el propio Dôgen nada más volver de china, posteriormente el maestro Dôgen redactaría una nueva versión, conocida como Rufu-bon o edición popular, que es la que es usada de forma oficial actualmente por la escuela soto, y que es la que normalmente suele encontrarse en las ediciones occidentales del Fukanzazengi.


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Variaciones sobre un poema de Ryôkan (II)
Ajustarse al silencio
Éric Rommeluère
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Pasé años de esa manera
Hasta el punto del olvidarme de comer y dormir

Sentados derechos, armonizada la respiración, dispuesto el espíritu, profundizamos de instante en instante, mes tras mes, año tras año,en el silencio y la luminosidad del espíritu.

Por supuesto no experimentamos siempre este silencio y esta luminosidad. Numerosos estados pueden surgir todavía surgir, a veces el pensamiento sigue al pensamiento en una especie de cascada mas o menos continua. En ese momento podemos sentir como somos atravesados por ese flujo, mas que crearlo o suscitarlo. En el curso ordinario de la vida cotidiana, el pensamiento aparece como mí pensamiento, fruto de mis propias reflexiones, esa forma singular de aprehender el mundo que no pertenece mas que a mí. Pero una vez sentados en el espacio de la meditación, por el hecho mismo de que no se propone reflexionar intencionalmente en alguna cosa, el pensamiento que surge aparece bajo una forma mucho menos articulada. Se parece más a un flujo animado por movimientos, más o menos importantes, que se aceleran o se calman. No lo siento ya como mi propio pensamiento sino como una sucesión de pensamientos impersonales que surgen al hilo de las circunstancias y los acontecimientos: hoy tengo tal preocupación, he tenido tal encuentro. La imágenes vuelven, se unen a la conciencia, van y vienen bajo la forma de reminiscencias. Pensamientos sin pensador.

En algunas formas de meditación se aconseja tomar la posición del espectador que observa estos pensamientos ir y venir. La práctica de la meditación zen es diferente. Según una metáfora clásica, el espíritu del meditador es presentado como un espejo puro y brillante sobre el cual pasan sombras. Nuestra práctica consiste, no en contemplar, observar las sombras, sino en mostrar el espejo puro y luminoso del espíritu. Si un pensamiento surge conviene atravesarlo.

En su primer texto consagrado a la meditación, el Fukanzazengi, el maestro zen Dôgen se contenta con retomar tres frases claves del Zazengi (“Principios de la meditación sentada”), el manual de meditación que utilizaban los monjes zen de su época:

身相既定氣息亦調。念起即覺。覺之即失。久久忘縁自成一片。

Literalmente: cuerpo – forma – ya – establecer – respiración – aún – armonizar / pensamiento – surgir – en seguida – despertar / despertar – en seguida – desaparecer / extensamente – olvidar – objetos – naturalmente – convertirse en – unidad

Que se lee en japones: Shinsô sudeni sadamari, kisoku mo mata totonoe. Nen okoraba sunawachi kaku seyo, kore o kaku seba sunawachi shissu. Hisabisa ni en o bôji, onozukara ippen to naran.

Y que he traducido como sigue: “Una vez establecida la postura, la respiración es armonizada igualmente. Cuando un pensamiento surge, tomad conciencia, cuando se toma conciencia desaparece. Necesariamente se olvidan los objetos exteriores y se deviene naturalmente unificado.”

Estas lacónicas frases merecen que nos detengamos, pues se trata de las únicas frases del texto que evocan el contenido mismo de la meditación. No se da ningún método, sino este único consejo: kaku seyo. Carl Bielefeldt, que se consagra desde hace años a traducir la obra de Dôgen, las traduce por: «Once you have settle your posture, you should regulate your breathing. Whenever a thought occurs, be aware of it; as soon as you are aware of it, it will vanish. If you remain for a long period forgetful of objects, you will naturally become unified. » (Dôgen's Manual of Zen Meditation, University of California Press, p. 181).

La vida es un proceso: el pensamiento surge. ¿Ante este surgir del pensamiento que vamos a hacer? ¿Se trata de proseguirlo, de mantenerlo? No, se trata mas bien de que se difumine, de que se desvanezca (失 shissu tiene igualmente el sentido de “dejar escapar, perder, desatender”) para dejar emerger la pureza y la desnudez del corazón.

Esta perdida pasa, no por una contemplación del pensamiento, sino por un movimiento de ruptura hecho “in situ” (即 sunawachi) y en el mismo movimiento, “acto seguido” (即 sunawachi), el pensamiento desaparece. El término 覺 kaku utilizado en este contexto es difícil de traducir y, a falta de uno mejor, me inclino por “tomar conciencia”, pero que no da demasiada cuenta de la inmediatez del proceso. El primer sentido de kaku es “despertarse”. El término tiene otros sentido como “experimentar una sensación” (de fatiga, de dolor) o “apercibirse” (de su error). Kaku seyo, “tomar conciencia” ( en su lectura japonesa el verbo es imperativo) demanda un salto en el campo de la conciencia, a la manera de un soñador que se despierta y que pasa de la vida nocturna a la vida diurna.

Se podría decir también, ajustarse al silencio.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Variaciones sobre un poema de Ryôkan. Éric Rommeluère

Éric Rommèluere nos habla de zazen, la meditación zen, a partir de un poema de Ryôkan (1758-1831), el monje zen, poeta y eremita, que prefirio reunciar al puesto de abad del templo en que se formó, Kosho-Ji, con el maestro soto Kokusen, viviendo en una pequeña cabaña cerca de su pueblo natal (actualmente conservada y venerada por los japoneses. Ver foto), en las laderas del monte Kugami, viviendo de la mendicidad, practicando zazen, jugando con los niños, bebiendo sake con los aldeanos y componiendo poemas.


Transcribo el poema original de Ryokan, así como su traducción al español a partir de la versión francesa realizada por Éric Rommeluère.

我昔學静慮 
微微調氣息
如是經歳霜 
殆到忘寝食
縱得安閑處 
蓋縁修行力
爭如達無作 
一得即永得


En otro tiempo estudié la meditación
Regulando delicadamente el aliento
Pasé años de esa manera
Hasta el punto de olvidarme de comer y dormir
Incluso si alcancé la inactividad
Sin duda no se debió sino a la fuerza de mi práctica
Mas, ¿en qué sería eso comparable a alcanzar el no hacer
El cual, una vez logrado, se logra para siempre?

En esta primera entrada Éric Rommeluère reflexiona sobre las dos primeras estrofas del poema.

(Fuente: el blog de Éric Rommeluère, J'ai deux kôans à vous dire)

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Variaciones sobre un poema de Ryôkan (I)
Éric Rommeluère

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En otro tiempo estudié la meditación
regulando delicadamente el aliento

En el aprendizaje de la meditación tradicionalmente se distinguen tres aspectos fundamentales: La disposición del cuerpo (調身 chôshin), la disposición de la respiración (調息 chôsoku) y la disposición de la mente (調心 chôshin). El término 調 chô puede ser igualmente traducido por acuerdo, arreglo, armonización, configuración o regulación.

Para decirlo brevemente, La disposición del cuerpo; se trata de sentarse derecho, enderezado el cuerpo. La disposición de la respiración; se respira suavemente por la nariz. La disposición del espíritu; no se busca nada particular, igual que no se rechaza ninguna cosa, sea lo que sea.

Como escribe Dôgen: “La meditación sentada de los monjes zen debe comenzar ineludiblemente por sentarse derecho, enderezado el cuerpo (端身正坐 tanshin shôza). Después de lo cual se regula la respiración y se dispone el espíritu (致心 chishin). » (Eihei Kôroku).

Se presentan siempre estos tres aspectos – sentarse derecho, armonizar la respiración, disponer la mente – como las condiciones primeras de la meditación. Sin embargo, una vez que se está sentado derecho se permanece inmóvil mientras se continua guardando esa rectitud del cuerpo. Una vez que se ha armonizado la respiración no se aumenta ni se ralentiza particularmente el ritmo de la respiración, contentándose con respirar suavemente por la nariz. Una vez que se ha dispuesto el espíritu no se lleva la atención sobre un tema particular, tampoco se comienza a reflexionar sobre algún asunto, se permanece simplemente en el silencio del corazón.

Siempre se plantea la misma cuestión: ¿Qué se hace durante la meditación? En todos los textos zen, no leeréis nunca expresiones como “concentrarse sobre la respiración” u “observar la respiración”. ¿Por qué? La meditación zen abandona todos los métodos, todas las técnicas. Se contenta con permanecer en lo abierto. Por supuesto es necesario utilizar algunas técnicas cuando se padece confusión o dificultades que nos engullen. Pero estas técnicas, como contar las respiraciones o llevar la atención sobre un punto del cuerpo, no tienen por finalidad sino crear las condiciones del sentarse. En la confusión no se está totalmente derecho, no se ha armonizado la respiración, no se ha dispuesto realmente el espíritu. Estos ejercicios de meditación no pueden confundirse con la meditación zen en si.

En esta dimensión de apertura, no estamos finalmente concentrados en nada, no observamos nada, no controlamos nada. Y si embargo nuestra experiencia real de la meditación no es la de la nada, sino de la vida que vive en nosotros. Incluso inmóvil el cuerpo permanece recorrido por infinitos movimientos; muy simplemente, el vaivén de la respiración que levanta, de respiración en respiración, la caja torácica, el batir del corazón que se convierte en perceptible, e igualmente también los movimientos inaudibles de la sangre, de los fluidos orgánicos que recorren sin parar todos los espacios de nuestro cuerpo. Lejos de ser un cuerpo inanimado, en el seno mismo de la inmovilidad, los movimientos pueden ser delicados, imperceptibles, sin embargo se perpetuán una y otra vez, independientemente de cualquier voluntad. Incluso si se permanece en el silencio del pensamiento, incluso si no se piensa en ninguna cosa en particular, se siente de todas formas como la mente posee su propia densidad, recorrida por movimientos sutiles antes incluso de que se anime bajo la forma de un pensamiento.

Todos los textos zen dan como instrucciones únicas disponer el cuerpo (chôshin), la respiración (chôsoku) y la mente (chôshin): sentaros derechos, respirad por la nariz, no rechacéis nada, no busquéis nada. Lo cual puede crear cierta frustración: ¿Finalmente, decimos, qué hacer? ¿Por qué Dôgen no explica nunca la meditación en sus textos? Pero, ¿no veis que el ya lo ha dicho todo? Sentados en la apertura no hacemos más que profundizar esta triple disposición del cuerpo, la respiración y la mente.

調 chô podría ser traducido mejor todavía por ajuste, instante tras instante, en el que uno se ajusta a la inmovilidad y al silencio. Este ajuste se realiza soltándolo todo. En el cuerpo aparece una sensación, como el entumecimiento de las piernas: ¿Este entumecimiento va a apoderarse de nuestra meditación o dejamos esta sensación a ella misma?. Se escucha un ruido, como el ruido del vientre de mi vecino de meditación: ¿Vamos a echar pestes, sonreír interiormente, o dejar este ruido a si mismo? Un pensamiento surge detrás de otro, ¿vamos a proseguir esta disertación, o a dejar a este pensamiento disolverse por el mismo?

No hay un estado meditativo, en el sentido en el que un estado designaría una actitud estereotipada y unida en la que nada se movería ya. La meditación no es más que un proceso infinito en el que, de instante en instante, nos ajustamos, a veces imperceptiblemente, a veces groseramente, a la inmovilidad y el silencio. Un ajuste así no exime a la voluntad. Es la vida que se ajusta a la vida. Es el cuerpo mismo que encuentra su exacto lugar en el espacio, es la respiración misma que se ahonda en la columna de aire, es la mente misma que abre el espacio infinito del corazón.