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domingo, 29 de abril de 2018

Una aclaración histórica sobre el zen japonés - La génesis de las religiones en Japón. Mauricio Y. Marassi

Desde mediados del siglo pasado la práctica del budismo, bajo sus distintas formas, ha comenzado a difundirse en Occidente. Sin embargo, en vez de aparecer como una corriente espiritual nueva, entre nosotros, capaz de dar respuestas serias a las nuevas vidas a las que se dirigía, buscando cómo expresarse de una manera original y fresca en tierras distintas a aquellas en las que se desarrollaba desde hace muchos siglos, se ha revestido con los vestidos ya viejos de los lugares desde los que provenía.

A lo largo de la historia la enseñanza de Buddha, que comenzó en la India entre los siglos VI-V antes de nuestra era, ha tenido la capacidad de rehacerse desde cero en los lugares en que la semilla de esa enseñanza era capaz de implantarse y fructificar. Así sucedió, por ejemplo, en el Tibet o en China, en los que se desarrolló bajo formas completamente distintas a aquellas de sus orígenes indios, adecuadas para las nuevas sensibilidades que habitaban aquellas tierras a las que se dirigía, conservando al mismo tiempo la fidelidad e identidad con su raíz originaria.

Sin embargo, en Occidente, en vez de haber sucedido así, el budismo se ha desarrollado hasta el momento bajo las formas de iglesias ya viejas y, en buena medida, si somos capaces de desprendernos de nuestra fascinación hacia lo exótico y ver más allá, decadentes y obsoletas. Incapaz, por tanto, de responder de manera profunda a aquellos problemas que son nuevos pues nueva es la vida que cada uno de nosotros, occidentales, vivimos. Y, cuando no lo ha hecho así, cuando se ha “occidentalizado”, se ha apartado de sus raíces, completamente, dando lugar a una serie de subproductos alejados de la propuesta profunda de liberación que conlleva el camino del Buddha, convirtiéndose en otra cosa.

En el ensayo cuya traducción ofrecemos hoy, “La génesis de las religiones de Japón”, su autor, Mauricio Y. Marassi, intenta proporcionar algunas claves de cómo y por qué ha sucedido esto en una de las corrientes budistas actualmente más extendidas en occidente, el budismo zen de proveniencia japonesa, indagando en el proceso histórico de la visión religiosa propia de Japón. Visión que, en buena medida, ha sido exportada más allá de sus fronteras, siendo absorbida en Occidente, por nosotros, de una forma acrítica y símplemente mimética, es decir de una forma no religiosa sino acomodaticia.

Además de ese ensayo, y como introducción al mismo, ofrecemos a continuación la traducción de la introducción que el propio autor hace de su ensayo en la página de la comunidad budista zen italiana La Stella del Mattino.


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Una aclaración histórica sobre el zen japonés

Mauricio Yushin Marassi



Durante las precedentes décadas muchos se han interrogado sobre por qué el budismo zen difundido en occidente desde los primero años sesenta, ha tenido y continúa teniendo una forma eminente y casi únicamente japonesa y, en cualquier caso, china. Esta reflexión o pregunta nace de la consciencia de que el zen es la continuación de la experiencia budista de los orígenes, en la que no existe una forma predeterminada en la cual deba manifestarse en el mundo la realización del modo verdadero de vivir. Aquel modo que desarrolla y realiza paso a paso una vida que disuelve todo tipo de sufrimiento.

Cada uno de nosotros desde el momento en el que decide hacer implicarse con su propia vida en la enseñanza budista inventa desde el principio su propio modo de vivir. El budismo nace con la práctica y en ella se manifiesta, no existe un forma determinada, ya lista, que imitar. E incluso inventando todo, nada es inventado. Nace nuevo porque nueva es la vida que vive cada uno de nosotros, no porque le demos esa forma según nuestra voluntad. Cada uno a su manera en el único modo. Pero, si son así las cosas, ¿por qué la forma japonesa parece irrenunciable?

He intentado dar una respuesta histórica a esta pregunta. Os propongo la primera parte de esta tentativa con el título de La génesis de las religiones de Japón. La segunda parte, que aparecerá posteriormente junto a un texto actualmente en elaboración, indaga sobre otro “trasfondo”, la sinización del budismo, obrada por los chinos a partir del siglo III-IV, adaptándolo a una perspectiva religiosa distinta y modificando uno de los puntos más importantes: la abstención de definir la naturaleza del ser, una abstención sustituida (a veces solo integrada) con la unión a la espiritualidad confuciano-daoísta del “espíritu del Cielo”. Es necesario recordar que el budismo no es una metafísica o un intento de establecer “cómo son las cosas” ni, menos todavía, su porqué, es “solo” la vía que conduce a la liberación del sufrimiento, independientemente de cómo y por qué son las cosas.

El ensayo, en formato pdf, podéis descargarlo aquí: 

La génesis de las religiones de Japón


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Fuente: La Stella del Mattino

Traducción y prefacio: Roberto Poveda Anadón
Ilustración: Hasekura Tsunenaga en Roma, 

primer embajador de Japón en Occidente,
de Giovanni Lanfranco (1582-1645)
 

Tanto el texto original en italiano como la presente traducción
se ofrecen bajo una licencia Creative Commons










viernes, 15 de diciembre de 2017

La Via Maestra - Mauricio Y. Marassi

El libro que hoy ponemos a disposición de los lectores es la traducción al castellano de la edición renovada de La Via Maestra. La trasmissione e la figura del maestro nel buddismo zen, de Mauricio Y. Marassi, practicante zen italiano, si bien nacido en Argentina, que, tras un prolongado periodo de formación en el monasterio japones de Antaiji, regresó a Italia, donde vive actualmente junto a su mujer y su hija, sosteniendo un pequeño grupo de practica del zazen en la ciudad de Fano junto al Adriático, además de ser coordinador del grupo budista zen La Stella del Mattino y docente en la Universidad de Urbino.

El libro aborda
, junto a otras cuestiones, la génesis de esa figura imaginaria que conocemos en occidente como "maestro zen" y que es, en buena medida, causante de muchos de los problemas y distorsiones que lastran las posibilidades de desarrollo entre nosotros de la practica del budismo zen en tanto que tradición auténtica de liberación espiritual.

Como el mismo autor indica en las primeras páginas «en la tradición zen el “problema del maestro” está todavía en parte sin resolver. La necesidad de un contacto fiable con la enseñanza trasmitida a lo largo de los siglos se encuentra con los límites de lo humano que, a veces, llega a aprovecharse de esa necesidad. Con una incursión en lo íntimo de la tradición zen este texto indaga la única “cosa” que cuenta y que por tanto constituye el eje de la trasmisión. Del mismo modo examina y describe las características de esa especie de unicornio llamado “maestro zen”.»

Ofrecemos la presente traducción en dos formatos: en versión pdf, apta para ser impresa y para su visualización en una pantalla de pc, y en versión epub, adecuada para tabletas y libros electrónicos. Ambas versiones puede descargarse libremente en los siguientes enlaces:

- La Via Maestra (versión pdf)
- La Via Maestra (versión epub)

lunes, 1 de mayo de 2017

Pequeña guia hacia el budismo zen en las tierras del atardecer. Mauricio Yushin Marassi

En la no demasiada larga historia del budismo en occidente, y particularmente del zen, podría parecer que la literatura y la práctica propuestas, en esa literatura y en quienes la han encarnado en occidente, serían ya suficientes para empezar a hacernos una idea suficiente y cabal sobre lo que este es y sobre la manera de llevarlo a nuestras vidas. Sin embargo esto no es así. Todos esos textos, en gran medida, no han contribuido por el momento a construir otra cosa que una enmarañada fantasía, la cual, en realidad, va en dirección contraria al camino propuesto por el Buddha; camino que, a lo largo de la historia, en su renacer en diferentes culturas, lugares y épocas, ha ido cobrando distintas formas de ser expresado y vivido, siendo una de ellas precisamente el zen. Por ello recibir algunas indicaciones informadas sobre este recorrido, alguna orientación, alguna guía, aunque sea pequeña, sobre qué es, cual es su finalidad y qué precio hay que pagar para andar por ese camino llamado budismo zen, sigue siendo una tarea pendiente y pertinente. La traducción del libro que hoy presentamos, Pequeña guía hacia el budismo zen en las tierras del atardecer, pretende contribuir a cubrir este vacío, proporcionando algunas referencias que ayuden a comenzar a rectificar esta fantasía. 

El libro está escrito por Mauricio Yushin Marassi, practicante zen italiano, formado en Japón, en el monasterio de Antaiji, durante casi una década y hoy en día coordinador de la comunidad budista zen italiana la Stella del Mattino, docente en la Universidad de Urbino y responsable de un pequeño grupo de practica de zazen en la ciudad de Fano, a orillas del Adriatico, en la que vive junto a su mujer y su hija. 

La primera edición del libro fue publicada por la editorial Marietti, en el año 2000, siendo revisado y corregido el texto por el autor, para ser publicado de nuevo, en formato ebook, por la Stella del Mattino en el año 2016. Es esta segunda versión la que nosotros hemos traducido al castellano, añadiendo una bibliografía en castellano de aquellos textos reseñados en la bibliografía del original en italiano de los que es posible encontrar una traducción en nuestra lengua.

El libro, que se ofrece bajo una licencia Creative Commons, puede ser libremente descargado y distribuido en dos formatos: Pdf, adecuado para su impresión y para su lectura en un Pc (Aunque, por su extensión, recomendamos que, quien quiera leerlo en condiciones óptimas, lo imprima); y Epub, apto para ser leído en un ebook o en una tablet. Ambas versiones están disponibles en los siguientes enlaces:


Pequeña guía hacia el budismo zen en las tierras del atardecer (formato Pdf)

Pequeña guía hacia el budismo zen en las tierras del atardecer (formato Epub)


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La traducción del libro ha sido realizada por Roberto Poveda Anadón
El borrador del libro ha sido corregido por Gloria Remacha Garcia
Los derechos de la foto de la portada y de este post han sido adquiridos a  © Isselee (Dreamstime.com)



sábado, 8 de abril de 2017

La vía de acceso del parar y observar

Para terminar esta serie de manuales, instrucciones o recomendaciones relativas al zazen, o zuochan en chino, quería ofrecer una de las instrucciones sobre la práctica de zazen que puede ser, probablemente, de las más antiguas existentes surgidas en la tradición extremo-oriental, expresando ya esa nueva sensibilidad, o modo de acercarse al budismo que florecerá abundante, primero en China y posteriormente en los países influenciados por esta cultura (Corea, Japón y Vietnam, principalmente). 


Se trata de las indicaciones recogidas en el Discurso sobre la fe en el Mahayana (o, en chino, Dasheng qixìn lun, 大乘起信論), de autor desconocido, si bien, durante mucho tiempo, su redacción ha sido atribuida  a Asvaghosha. El Dasheng qixin lun (o Discurso, a partir de aquí) se puede fechar a mediados del siglo VI o, tal vez un poco antes, es decir inmediatamente antes de la gran eclosión de escuelas budistas que se desarrollaron en China a partir de la segunda mitad del s. VI. Aunque poco conocido en occidente estamos ante un texto que ha sido y sigue siendo, hasta la actualidad, respetado, estudiado y practicado en todas las escuelas extremo orientales, incluido el Zen japonés.

En las "instrucciones sobre zazen" que aparecen en el Discurso, a pesar de conservarse formalmente la mención a aquella especie de dos tiempos, o dos aspectos relativos a la práctica de la meditación budista, que eran propuestos en el budismo antiguo, o clásico, conocidos como samatha y vipasyana, vemos emerger con claridad un enfoque mucho más esencial y directo que lo diferencia de aquel.

En el budismo clásico se desplegaba todo un abanico de objetos en los que el meditador enfocaba su atención (denominados kammatthana, en sánscrito); como encontramos por ejemplo en Buddhagosa, autor indio del siglo V cuyas propuestas, recogidas en el Visuddhimagga (Camino de purificación), siguen constituyendo hoy una referencia vigente dentro de la ortodoxia Theravada, el cual proponía 40 diferentes objetos de meditación en los que el practicante podía enfocar su atención.

Sin embargo, en estas instrucciones de zazen recogidas en el Discurso, la propuesta es exactamente la contraría, se propugna el abandono de cualquier objeto, de toda emoción, de toda imagen, de toda sensación particular, de todo pensamiento, sea positivo o negativo, incluido el propio pensamiento de abandonar los pensamientos, incluso el "confiarse al vacío" así como el enfocarse sobre la respiración deberán ser abandonados, prefigurándose así aquella forma que, seis siglos después, Dogen llevará a su formulación más depurada.

Por la importancia de estas "instrucciones" así como por la relevancia de las mismas, y también del Discurso en el que se contienen en su integridad, en el posterior desarrollo de todo el budismo desarrollado en el área extremo oriental, y también por tanto en aquello que desde este ha llegado a nosotros, occidentales, no puedo sino recomendar, como no podría ser de otra manera, una lectura atenta y repetida de las mismas, así como también su confrontación con la propia práctica.

Para terminar con esta introducción, creo que es importante señalar también, pues lo considero importante -si bien hoy, en occidente, en muchos "círculos zen" esto es pasado por alto- que en estas "recomendaciones" el zazen/zuochan no es presentado aislado. Aparece como el colofón de una serie de indicaciones, o vías, siguiendo la terminología del Discurso, que serían: La vía de acceso del dar, la vía de acceso de la ética, la vía de acceso de la paciencia, la vía de acceso de la diligencia y, por último, la vía de acceso del "parar y observar [en profundidad], consistiendo precisamente esta última en las recomendaciones cuya traducción ahora ofrecemos. Sin integrar zazen en nuestra vida cotidiana y sin dar a esta una orientación adecuada, zazen sería algo que permanecería aislado, o incluso en oposición, al resto de nuestra vida; devendría por tanto un ritual vacío, otro objeto más para nuestra egolatría, pero cuyo verdadero sentido se habría perdido.

Esta traducción se ha realizado a partir del Discorso di risveglio alla fede secondo il Vehicolo Universale, traducción realizada por Mauricio Y. Marassi, desde el chino a el italiano, para la Ed, Marietti (Génova 2106). Espero, por su relevancia para la práctica, poder ofrecer pronto a los lectores de este blog la traducción integral de este texto. En la presente traducción las notas han sido expurgadas, dejando tan solo aquellos contenidos que considero relevantes para la lectura del presente fragmento.

- Recomendaciones sobre zuochan (texto en formato  PDF)
- Recomendaciones sobre zuochan (texto en formato EPUB)


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 Del Discorso di risveglio alla fede secondo il Vehicolo Universale.
Mauricio Y. Marassi
Ed. Marietti, Génova 2016

Traducción, Roberto Poveda Anadó
Fotografía: Internet



sábado, 18 de febrero de 2017

Las instrucciones para zazen de Daoxin

Proseguimos nuestro viaje hacia atrás en tiempo, saltando ahora desde el Zuo-chan-yi (Las normas para zazen) de Changlu Zongze, que publicamos en la anterior entrada, a aquellas instrucciones que, según el estudioso del budismo extremo oriental Bernard Faure (nuestra fuente para la presente traducción) serían la descripción más antigua del zuochan, o zazen en japonés, escrita por un referente de la escuela Chan. Se trata de la normas presuntamente redactadas  por Daoxin (579-651. Doshin en japonés), considerado como cuarto patriarca de la escuela Chan/Zen. Estas instrucciones aparecen recogidas en el Leng-ch'ieh shih-tzu chi (Memoria sobre los Maestros y Discípulos [de la escuela] del Lanka[vatara-sutra), escrita por Ching-chüeh (683-750), un practicante de la actualmente conocida como escuela del norte del Chan, la cual tan solo sobrevivió en el tiempo unas pocas generaciones.

Daoxin, es conocido en la tradición Chan/Zen por haber introducido las ocupaciones cotidianas (el trabajo en el campo, la administración del templo, etc) en la vida monástica, ampliando así el campo de la práctica espiritual fundamental, el zazen, a todas las actividades cotidianas, proscritas muchas de ellas hasta entonces  a los monjes. Con ello no solo consiguió liberar a la escuela zen de las persecuciones gubernamentales de su época, e igualmente tender un puente entre la práctica de los monjes y la de los laicos, sino que también proporcionó al zen uno de sus rasgos más distintivos.

Curiosamente, en la Memoria escrita por Ching-chüeh, Daoxin (o Tao-hsin en chino según la transliteración usada por B. Faure) no es recogido como cuarto sino como quinto patriarca ya que para este practicante de la escuela del norte
la genealogía de los patriarcas chinos no comenzaba  con Bodhidharma, sino con Gunabhadra, otro monje indio que también viajó a China y del cual, según la Memoria, Bodhidharma sería sucesor, es decir el segundo y no el primer patriarca.

Anteriormente a Ching-chüe los linajes del Chan tan solo habían sido esbozados, siendo Ching-chüe el primero en proponer con claridad esta especie de sucesión dinástica que, incluso hoy en día, es usada, abusivamente a menudo, como una especie de carta de legitimidad entre los practicantes. Sin embargo posteriormente estos linajes serían revisados, colocando a Bodhidharma como primer patriarca del Chan chino, pero conservando el Sutra de Lankavatara, del cual Gunabhadra fue efectivamente traductor al chino, como referente textual mayor del Chan. Cuestión esta última en buena parte derivada de la influencia que, incluso entre quienes la criticaron, tuvo en su momento la Memoria redactada por Ching-chüeh.

En el estilo de las presentes instrucciones, bastante más esquemáticas que las ofrecidas en la entrada anterior, podemos captar todavía con bastante claridad algunas influencias precedentes. Tanto la persistencia de la de terminología tomada prestada del taoísmo, que sirvió en un principio para hacer "legible" a los chinos en sus propio términos el mensaje del que era portador el budismo; como igualmente la influencia de Zhiyi (538-597), el fundador de la escuela Tientai/Tendai, escuela con la que estuvieron relacionados en algún momento muchos de los principales maestros Chan/Zen y de otras escuelas chinas y japonesas, incluido Dogen, y que será la primera escuela que realiza una separación clara respecto a la tradición india previa, formando un sistema propiamente chino. Esta influencia, formalmente, podemos verla en que en estas instrucciones la práctica de la meditación es abordada desde dos perspectivas, rememorando el enfoque tradicional del budismo indio del samatha-vipassana, si bien ya en clara transición hacia la eliminación de todo objeto específico sobre el cual depositar la atención durante la meditación, y que alcanzará su más alta expresión con Dogen, con la comprensión de que no han nada específico sobre lo cual se deba enfocar la meditación, y que este plasmó en su Fukanzazengi.

En la presente traducción conservamos la transliteración "Tao-hsin", usada por Faure para el nombre del cuarto (o quinto, según la Memoria) patriarca, a pesar de ser hoy en día más usada su transcripción como "Daoxin"; igualmente conservamos el abundante aparato erudito y crítico que añade Faure en las notas y que proporciona una amplia información, no solo sobre el texto de Daoxin, sino también sobre el estado del desarrollo del budismo Chan durante la época de formación de esta escuela.


El texto de Daoxin (Tao-hasin) lo ofrecemos en tres formatos: PDF, apto para impresión o para su lectura en un ordenador. Mientras que para su lectura en una tablet o en un libro electrónico está en dos formatos: EPUB, para tabletas y libros electrónicos en general, y MOBI para libro electrónico kindle.

Instrucciones para zazen de Daoxin (pdf)
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Extraido de: Le Boduddhism Ch'an en mal d'histoire.
Genèse d'une tradition religieuse dans la Chine des Tang

Bernard Faure
École Française d'Extreme-Orient
París, 1989 

Traducción: Roberto Poveda Anadón
Ilustración: Daoxin, Internet

viernes, 26 de febrero de 2016

Solo una imposible empresa puede liberar al hombre en el infinito. Mauricio Y. Marassi

Durante el mes de mayo de 2010 se celebraron en el Fuerte de Bard (Italia) unos coloquios para hablar sobre el tema “La búsqueda y el cuidado de sí mismo” a los que se convocó a una serie de conferenciantes provenientes de distintos ámbitos: médicos, filósofos, religiosos, diplomáticos, periodistas, etc. .

Mauricio Yūshin Marassi, docente en la universidad italiana de Urbino de Antropología e Historia de las Religiones Extremo-Orientales, escritor y traductor budista y practicante del budismo zen, en el cual se formó durante cerca de una década en  el monasterio japonés de Antaiji, fue invitado a participar en dichos coloquios.

Publicamos hoy la traducción de la intervención que realizó en dicha ocasión y cuyo título fue: "Solo una imposible empresa puede liberar al hombre en el infinito". Recogemos a continuación algunos fragmentos de la misma, estando disponible el texto integro de la misma en el siguiente enlace.

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Solo una imposible empresa puede liberar al hombre en el infinito




El budismo no reconoce cualidad ontológica a ningún fenómeno y sobre todo no sitúa a ningún dios en su cielo, más bien realiza todo su esfuerzo con la finalidad de que el cielo, que podemos definir como el cielo del espíritu, quede libre y vacío, privado de ídolos. Y cuando en su larga historia algunas divinidades han sido admitidas en su panteón estas están completamente carentes de cualidad ontológica: hoy quizás haya, mañana quién sabe.

Una de las especificidades estructurales del budismo que le garantiza un lugar separado y único entre las religiones universales es precisamente ese no intervenir con el pensamiento en las cosas de Dios, reconociendo la trascendencia verdaderamente como tal y por tanto no negociable con los instrumentos del pensamiento humano.

[...] Según la visión propuesta por el budismo la existencia de todos los seres, de todas las cosas de este mundo, está garantizada por una serie de relaciones mutables y no por un núcleo permanente, inmutable. En sentido meramente budista la parte importante de este conocimiento es que esto es también el motivo por el que hay sufrimiento, desde el momento en que ignorantes de ello, nos agarramos con el deseo a un mundo impermanente.

[...] De ello se deduce que la búsqueda del sí mismo realmente tiene éxito cuando fracasa, cuando rechazamos todas sus imágenes, todos los conceptos, cuando rechazamos cada objeto del pensamiento que creemos que sería el sí mismo. No hay nada en nuestro mundo, llamémoslo mundo fenoménico o realidad contingente, que pueda ser visto, percibido y por tanto señalado, identificado con el sí mismo, si esto sucediese estaríamos ciertamente equivocados. [...] El budismo es una vía pragmática en la que la solución propuesta es una práctica cotidiana, un trabajo de lo interior que se traduce en un vaciado regenerativo de la vida, según un "cómo" muy preciso, un "cómo" que no está hecho de pensamientos y de palabras.

[...] Para comprender la modalidad concreta de este modo de ser que es un desaparecer hace falta tener una larga experiencia de la práctica base trasmitida desde el Buda hasta nuestros días. Sin embargo a nivel narrativo es posible también explicar de qué se trata, con el fin de que por lo menos con la fantasía se pueda entender.

Aunque esta práctica tenga muchas diferencias y nombres según la tradición cultural al interior de la que se haya desarrollado, existen constantes básicas que permiten generalizarla: se trata de estar sentado, inmóvil, en silencio. Al menos así parece. En realidad el corazón continua latiendo, agitando levemente el cuerpo, la sangre circula, la respiración prosigue originando otros pequeños movimientos. Respecto a qué sucede en la parte no física las cosas son parecidas, el rumor de nuestros pensamientos, a intervalos mas o menos amplios, está presente, y cuando los pensamientos y las emociones se aquietan el silencio más completo está lleno del dinámico fluir de la vida.

Entonces, ignorando todos los movimientos del cuerpo y de la mente, practicar concretamente el tomar refugio en nosotros mismos es desaparecer en el presente vivo.

[...] El budismo ha renacido durante sus desplazamientos a través del tiempo y del espacio, existiendo como consecuencia de ello un budismo tibetano, fuertemente relacionado tanto con el tantrismo hindú como con el Bon, un budismo chino, vinculado al confucianismo así como otro asociado al taoísmo, un budismo japonés, vinculado este último con una estética muy influenciada por el sintoísmo, la religión autóctona japonesa...

La condición del vacío que está unido a la impermanencia es la peculiaridad que hace reconocibles y por tanto fiables a todos los budismos, los cuales se producen en ausencia de una estructura fija. En cierto modo el budismo es como la oruga que aparece y desaparece, y allí donde desaparece hay después una mariposa. Es decir, está obligado a utilizar las estructuras culturales que encuentra porque el vacío intrínseco a todos los entes es también su condición. Así que si el budismo nunca es la estructura en la que aparece, siendo esta contingente, para vivirlo no hay que confundirlo con la forma, con todo aquello que llena el vacío que lo constituye.

[...] Por ello pienso que el Budismo inculturándose en Europa, y en particular en Italia, no podrá dejar de lado este problema, si por un momento se me permite definir a Dios como un problema.

Si sucede como ha ocurrido ya antes durante los primeros 25 siglos de historia del Budismo, el sentido al que nos referimos con la palabra "Dios" encontrará una o más ubicaciones en este sistema religioso. He aquí entonces que dentro de cien, doscientos años, afrontando todavía el tema de la búsqueda y cuidado del sí mismo en la dimensión del zazen donde cada forma se disuelve en el infinito, si mantenemos la firme capacidad anti-idolátrica de lo que al principio de estas palabras he definido como anātman, cuando aludamos a una presencia que nos represente, nos acoja y nos supere se agitará entonces un sentido de lo divino que, parafraseando a Eckhart, nos mantendrá también libres de Dios.


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Mauricio Yūshin Marassi

Fuerte de Bard (Italia), 28 mayo, 2010.


Traducción: Roberto Poveda Anadón
Fotografía: Roberto Poveda Anadón

Publicado bajo una licencia Creative Commons



 

domingo, 31 de mayo de 2015

Carta de despedida como director de la oficina del Sōtō Zen Europeo. Giuseppe Jiso Forzani

Tras cinco años desempeñando el cargo de director de la oficina europea del Soto Zen Giuseppe Jiso Forzani dejó de desempeñar el pasado marzo dicha función. Con ocasión de ello ha dirigido una carta a los distintos responsables de los centro soto de Europa, carta que después ha sido hecha pública. Dicha carta, respetuosa pero sin embargo muy crítica con la actual situación y con la deriva del zen Europeo, ha sido publicada en italiano en la página web de la Comunidad budista zen la Stella del Mattino, comunidad a la que Jiso también pertence.

El contenido de dicha carta creo que es pertinente para cualquier persona interesada en hacer de la práctica del budismo zen el eje de su propia vida, incluso en el caso de que no esté formalmente vinculada en modo alguno a la escuela japonesa Soto Zen, como es mi caso. 

Considero personalmente que las razones del actual extravío del zen occidental, es decir su incapacidad cada vez mas obvia de poder dar respuesta a las necesidades espirituales de aquellos occidentales que vuelven su mirada hacia él, no solo hemos de buscarlas en occidente y en los occidentales, sino que también hemos de tener en consideración el modo en que ha llegado hasta nosotros desde aquellos primeros pioneros japoneses que lo dieron a conocer entre nosotros, pues allí se encuentran sus raíces y en gran medida es de allí de donde deriva la actual situación de impasse. Me refiero, desde un punto de vista teórico, a Daisetsu Teitaro Suzuki, relacionado con el Zen Rinzai japonés, que a finales del ss. XIX y principios del ss. XX popularizó en occidente una visión idealizada e irreal del budismo zen japones, prácticamente desconocido hasta entonces en Occidente y, desde un punto de vista práctico, a aquellos que trajeron a Occidente la práctica, entre otras cosas, de zazen, práctica central en el budismo zen, a principios de la segunda mitad del siglo XX, como son Shunryu Suzuki en Estados Unidos y Taisen Deshimaru en Europa, relacionados ambos con el Soto Zen japonés.

Traducida por mí esta carta de despedida al castellano y habiéndola remitido por correo a algunas personas amigas, esta carta, además de aquí y ahora, momento en que la hago publica yo también, previamente ha aparecido ya en algunos blog españoles cuyos administradores han considerado oportuno publicarla. Desconozco si también ha tenido eco en sitios de otros países, además de Italia, en cualquier caso creo que este repetido eco es un claro síntoma de un malestar creciente y compartido entre muchos practicantes ante la decadencia del zen europeo actual. He de agradecer la publicación y el valor de haberlo hecho, situándose a contracorriente de la actual deriva del zen europeo, a los siguientes blog españoles:


Zen Gipuzkoa 
Zen Online
Grupo Zen Soto de Murcia Hei Shan

Si por desconocimiento he omitido algún sitio, ruego me sea indicado para incluirlo también en esta relación. Dentro de unos días publicaré así mismo aquí una segunda carta, continuación de esta primera, en la que Jiso profundiza y precisa aquello que dice en este primer correo.



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Carta de despedida como director de la oficina del  Sōtō Zen Europeo

Giuseppe Jiso Forzani


Queridos Amigos y Amigas.

El comienzo de la primavera coincide este año, en mi caso, con el fin del encargo como director de la Oficina Europeo del Budismo Sōtō Zen. Con ocasión de esta contingencia de un fin y de un comienzo, permitidme que os dirija algunas palabras de  despedida.

Os agradezco, individual y colectivamente, por la compañía que hemos mantenido en el transcurso de estos años. Ha sido para mí una buena compañía, bajo el lema de la franqueza y de la paz.

Quiero además añadir algunas consideraciones, que son también la síntesis de lo que he escrito a comienzos de este año,en la carta de despedida dirigida a los responsables del departamento internacional del Shūmuchō de Tokyo, del que la Oficina Europea depende.

El Sōtō Zen europeo  ha adoptado gradualmente una forma institucional bastante definida. Esta forma no se ha originado para perseguir un objetivo común siguiendo un diseño orientado a realizar ese fin, sino por una exigencia, sentida al principio por algunos y que después se ha convertido de hecho en la línea guía para todos, de resolver algunos problemas contingentes de gestión práctica, sobre todo de tipo administrativo. Me refiero a la adquisición de la ordenación japonesa para definir y reconocer las figuras que realizan en Europa la actividad misionera y de difusión del Sōtō zen, pero no solo. El modelo japones, en un tiempo fuertemente criticado en Europa a menudo sin ni siquiera conocerlo, resulta hoy asumido casi acríticamente como el único válido tradicionalmente, a veces con algún retoque ocasional, en el intento de amalgamar la forma japonesa con la realidad europea.

Nos encontramos pues al interior de una progresiva y casi despreocupada japonesización del Sōtō Zen europeo en cuanto institución clerical. Quien observase el fenómeno desde fuera no podría sino concluir, con razón, que se está intentando importar en Europa el Sōtō Shū japonés, recreando aquí la misma atmósfera, la misma estructura y la misma función que el Sōtō Zen tiene en Japón. Es el camino fácil y habrá siempre en Europa personas fascinadas por la estética japonesa e impresionadas por la seriedad y la fiabilidad del comportamiento de los japoneses y que buscarán imitarlo creyendo que esto equivale a la “verdadera práctica tradicional del auténtico Budismo Zen”. Esta es la ola ahora en boga y personalmente considero que desaparecerá en breve, no dejando un rastro duradero.

Europa tiene una base cultural y religiosa no homologable a la japonesa y los europeos tienen una estructura antropológica diferente de la de los japoneses, es por tanto fácil prever que el camino imitativo no dará más que efímeros resultados.

Pero incluso si esta predicción estuviese equivocada, no se puede ignorar que la realidad del  Sōtō Shū japonés está muy lejos de de ser un modelo ejemplar. Muchos sacerdotes Sōtō Zen japoneses reconocen que el sistema educativo de los jóvenes sacerdotes es aproximativo y anacrónico y debería de ser urgente y profundamente reformado, porque no estimula el espíritu de búsqueda de los individuos y no proporciona instrumentos válidos para alimentar la evolución espiritual. Ese sistema está estructurado de forma que vuelve insignificante aquello que nosotros llamamos vocación espiritual. La adopción de ese sistema en Europa, donde no existen ni siquiera las condiciones históricas y sociales que lo hacen justificable en Japón, corre el riesgo de extinguir el impulso de búsqueda y de vocación que ha caracterizado la primera fase de la presencia del Zen en Europa. La dramática ausencia de jóvenes en la mayor parte de las comunidades Zen europeas es una señal evidente de esta situación.

Creo que la primera generación de sacerdotes Sōtō Zen europeos, que es mi generación, no puede dar desde sus propias fuerzas ninguna contribución de renovación al desarrollo del Sōtō Zen en Europa. Está compuesta por personas próximas a los setenta años, cuando no más. Hemos hecho un notable trabajo como pioneros, pero estamos ahora en una fase fisiológicamente conservadora, y por tanto ya no en condiciones de realizar la necesaria renovación. Sería oportuno dejar esta tarea a personas jóvenes, enérgicas, curiosas intelectualmente, no sobrecargadas por el legado de una historia que, aun siendo breve, no está ausente de sombras y de cargas. Hasta que esta nueva generación no se halla formado y se vuelva autónoma, es veleidoso y prematuro querer establecer una regla guía común para la formación religiosa, admitiendo provisionalmente que este sea un objetivo a perseguir. Es la ocasión en cambio de proveer de instrumentos adecuados para el estudio de las enseñanzas y la práctica del budismo a las nuevas generaciones, que serán los interpretes vivientes del futuro del budismo. Para ir en esta dirección la colaboración con el Sōtō Shū japones puede ser  valiosa, en el caso de que también desde aquella parte se manifieste la voluntad de ponerse realmente juntos al servicio de la realidad europea, escuchando su voz y aprendiendo a conocerla.

Envío como conclusión deseos de buena salud y de buen trabajo a cada uno de vosotros y al nuevo equipo de la Oficina europea, el director rev. Sekiguchi Dōjun, el rev. Tōgen Moss y el rev. Terumoto Taibun.

Un fraternal saludo



Giuseppe Jiso Forzani
31 de marzo de 2015

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Traducción: Roberto Poveda Anadón
Fotografía: Dinamarca 2012, Roberto Poveda

domingo, 6 de mayo de 2012

Las raíces y las hojas. Giuseppe Jiso Forzani


Encuentro de reflexión y formación. Pésaro, 2012.

Valores compartidos en una Europa en trasformación. 
La función de las culturas y de las religiones.

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Intervención de Giuseppe Jiso Forzani

LAS RAÍCES Y LAS HOJAS
Una hipótesis budista para una papel no conflictivo de las religiones 
en la construcción de una Europa de todos.





1. Comenzaré mi intervención con una alusión al tema de fondo que aquí nos reúne. El título de este encuentro habla de una Europa en trasformación y es precisamente sobre Europa a donde querría dirigir la atención por un momento, por que es el trasfondo, el terreno común. Hablo también con el conocimiento que tengo de ella como consecuencia del trabajo que desarrollo actualmente, que es el de director de una oficina que se adorna con el adjetivo determinativo “europeo”: “Oficina europea del budismo Soto Zen”, concretamente.

En el ámbito de sus actividades esta oficina tiene competencias sobre una área geográfica que va desde Portugal, al oeste, hasta Rusia, al este; de los países escandinavos, al norte, hasta... bueno, aquí no está tan claro, ya que, aun no siendo una oficina que tenga competencia sobre África, creo que se comprende que en el área mediterránea hay también países con fuertes influencias europeas, como por ejemplo Israel, Marruecos y Turquía, y que constituyen de algún modo parte de nuestra Europa. Pero lo que interesa es que nuestra oficina asume una perspectiva europea en el sentido en que se remiten a ella personas que viven y trabajan en un país europeo, en relación orgánica con las instituciones que la oficina representa. Las relaciones con estas personas conducen a consideraciones simples, no ciertamente desde el punto de vista histórico o sociológico, sino  fruto de experiencias directas y de reflexiones casi banales. 

La primera es que “Europa” es un concepto, una invención, un artificio cultural, más que una entidad geográfica con una connotación histórico-cultural unitaria. Distintas lenguas, distintas etnias, distintas culturas, distintas historias, distintas sensibilidades colectivas... y sin embargo tiene un sentido inequívoco sentirse y definirse como “europeo”. Es como si los pueblos europeos no se pudieran reducir a una unidad cultural, lingüística , religiosa; pero que, precisamente en virtud de las diferencias que la animan, Europa encontrase su razón de ser, el sentido de la propia comunión. Es una unión mantenida unida por las diferencias que la componen; o creo por lo menos que esta es la idea fundadora de Europa, una idea, o un sueño, o una locura que personalmente encuentro muy bella y que me parece representa un propuesta de una posible (espero) unión mundial de los pueblos. 

La idea de Europa, tal y como la conocemos hoy y que se intenta realizar a partir de la intuición de los padres fundadores, nace al final de la segunda guerra mundial -que igual que la primera fue una guerra europea- tras siglos de enormes conflictos. Era y es la idea de que los mismos pueblos que durante siglos se habían despedazado, reivindicando cada uno su propia superioridad como portador de valores que se pretendían universales o por lo menos comunes, pudiesen en cambio convivir pacíficamente mirando al bien común; si precisamente la convivencia pacífica entre distintos se convertía en el valor compartido, la meta móvil a la cual tender renunciando a imponer una visión ideológica unitaria. Para usar la imagen del árbol, no son tanto las raíces comunes las que representan la idea de comunidad europea y la mantienen junta, como el susurro de las ramas y las hojas de los distintos arboles del bosque. Una cúpula común, formada por las diferentes ramas y hojas de cada árbol, que defiende y protege el terreno común en que los distintos pueblos cohabitan. Se le da así la vuelta a la visión que ve en las raíces comunes el signo de la unidad identitaria. Las raíces comunes son fuente de conflictos inacabables, como enseña la historia europea en la que las guerras de religión entre cristianos ha marcado siglos de luchas, tragedias, intolerancia. La unidad del bosque no viene de las raíces, sino del conjunto de las ramas y las hojas. Tal vez no es casualidad que la actual crisis Europea corresponda a un irritado y rencoroso razonar sobre las raíces.


2. Vayamos por tanto al segundo argumento del tema de nuestro encuentro, la religión. Me parece indudable que las religiones -por muy genérico que sea el término-, tal como han sido entendidas durante siglos y por el papel que han desarrollado en el ámbito de la sociedad, están en una crisis irreversible. La historia nos reserva a menudo sorpresas respecto a las previsiones, pero me parece bastante improbable, por no decir imposible, que las religiones que conocemos puedan retomar la función totalizadora que han desarrollado durante siglos. En lo que concierne a Europa, su historia se ha desarrollado, durante diez siglos por lo menos, inextricablemente ligada a la manifestación religiosa, tanto sobre el plano del pensamiento, como sobre el plano del desarrollo social. El cristianismo (incluso a través de su mayor institución representativa; el papado primero y la iglesia católica después) ha desarrollado una función totalizadora. Desde la investidura divina del emperador, hasta la mitad del siglo XIX por lo menos, hasta el dicho de Benedetto Croce (1866-1952) “no podemos no llamarnos cristianos”, la religión ha desarrollado la función de pegamento, de mínimo denominador común, de fondo de la realidad social, cultural, intelectual europea. Pero esto parece estar definitivamente acabado. Sin embargo las religiones, sobre todo en sus formas institucionales, son lentas en comprender, en aceptar y en modificarse.

La concepción de la religión como raíz de la cultura suena más como la reivindicación de un poder pasado que no como un meditado análisis de la realidad. La reivindicación de valores no negociables aparece como una tentativa de expropiación de lo universal, cuyo control ha huido ya de las manos de las instituciones religiosas. Hoy son otras las fuerzas totalizadoras. Se podría decir que la economía es hoy la que desarrollaría una función totalizadora, como parece poderse deducir de expresiones reveladoras. El poder antes atribuido al dios monocrático, omnisciente y omnipotente es hoy en día atribuido a otras entidades. Pensemos en expresiones usadas normalmente sin que escandalicen a nadie: “Los mercados nos observan, los mercados nos juzgan, los mercados nos premian y nos castigan...”, allí donde antes se decía: “Dios nos ve, Dios nos juzga...”. La trascendencia se ha hecho cada vez más inmanente, pero permanece metafísica; una economía metafísica, oculta, inmaterial, condicionando concretamente nuestras vidas, hasta lo cotidiano, independientemente de que nos adhiramos o no a esa fe. 

La fe como dato de hecho, como obligación no discutible; ese era antes el fundamento del poder de la iglesia y hoy parece ser el fundamento, igualmente indiscutible, del poder de la economía, sobre todo de la financiera. A las religiones no les queda sino replegarse sobre si mismas, manifestándose con formas fundamentalistas, jugando con la necesidad psicológica de pertenencia, suministrando una identidad subrepticia a los individuos perdidos en un mundo en el que también el poder supremo, casi divino, ya no tiene una identidad reconocible. El dios que hoy en día no es posible llamar con un nombre no es innominable por una prohibición religiosa, sino por que es un nombre huidizo, fragmentario, plural. Ciertamente, tras el poder anónimo de los “mercados”, existen personas de carne y hueso que lo dirigen y se aprovechan; pero el poder totalizador que nos dirige y determina está en realidad “en medio de nosotros” e incluso dentro de nosotros.

Todo esto ofrece sin embargo a la religión una ocasión única, la de recuperar una función que solo la religión, creo, puede desarrollar. No me resulta de ninguna fácil decir cual es esta función, por que el malentendido está constantemente al acecho y por que se trata de una definición no unívoca y que no se puede fijar. De hecho, apenas dicha, se convierte en otra cosa de aquello que intenta expresar y, por añadidura, frecuentemente en su opuesto. Intentaré decir hoy aquí que la religión tiene la función de indicar al ser humano la trans-humanidad que lo circunda y lo constituye. Pero cuidado, diciendo trans-humanidad no entiendo trascendencia, no entiendo dios de ninguna manera, no entiendo “algo” o “alguien” con valencia ontológica.

Dentro de un poco, hablando del budismo, buscaré explicarme mejor. Sin embargo, para ofrecer una indicación anticipadora, intentaré dar ahora la vuelta a la comprensión usual de un famoso dicho zen (de origen chino, creo), difundido sin embargo también fuera del ámbito budista zen. Se acostumbra decir: “cuando el dedo señala la luna, el tonto mira el dedo”. Con esta expresión habitualmente se quiere decir que no hay que encerrarse en las palabras, o en los ejemplos ilustres, sino que hay que observar aquello que las palabras significan, sobre todo en ámbito religioso. Si te hablo de la luna, de Dios, del absoluto, de la Vía, no me mires a mi que te hablo, gírate hacia aquella meta de la que estoy hablando. Pues bien, para el discurso que estamos realizando aquí diría más bien que cuando el dedo señala la luna, el tonto se vuelve a mirar hacia allí, como si “allí” hubiese algo que ver. Sería mejor, en cambio, observar el dedo para ver si está limpio y si su señalar no esconde segundas intenciones. “Allí” no hay nadie hacia el que girarse, todo lo que hay que ver está aquí. 

Las religiones tienden siempre a apropiarse del absoluto, de Dios, de lo inconmensurable, pero se trata de apropiaciones indebidas. La religión no tiene ninguna jurisdicción sobre el más allá que, en tanto que más allá, está precisamente fuera del alcance de cualquier veleidad de herencia y de apropiación por parte de alguien. Más bien tiene (o mejor, puede tener) la tarea de aludir a lo humano, no a través de su potenciación y/o su mortificación, sino a través del desvelamiento del límite, de la contemplación del umbral. Redimensionado así el hombre se pacifica, se reencuentra, se encuentra a si mismo y al otro. Usando de nuevo la metáfora del árbol, en esta visión que intento exponer la religión no es raíz sino a lo sumo hoja, tal como habíamos dicho para la idea de Europa. Hojas bajo las que descansar en paz y dialogar entre seres humanos, no reivindicando la propia identidad por medio de la pertenencia y la exclusión sino descubriendo la propia integridad por medio de la comunión del límite, que es también comunión de la diferencia. El valor unificador de la humanidad, comprendida como universalidad del límite, que pone al ser humano, a cada uno y a todos, bajo el umbral del otro. No hay necesidad de idear valores comunes, el valor común ya está dado, se trata de vivirlo juntos, en paz.


3. Aquí pienso, espero, que se sitúe el sentido de la presencia del budismo en Europa. Pero debo de hacer una precisión de carácter antropológico y sociológico, aun no siendo ni lo uno ni lo otro; entre las religiones no cristianas presentes en Italia el budismo se presenta con una característica anómala, por lo menos, que creo es útil evidenciar en esta sede. Todas las comunidades religiosas no cristianas (a excepción de la hebrea, que tiene una historia de presencia secular integrada en la cultura de nuestro país; a pesar de siglos de constante marginación, aislamiento y persecución, incluso legal, hasta el siglo pasado), todas las comunidades religiosas no cristianas, decía, con una presencia cualitativa y culturalmente significativa en Italia -el islam en sus dos versiones, sunita y chiita-sufí, el hinduismo en sus varias formas, los sij- tienen una componente compuesta de inmigrantes y una componente indígena que, si bien presentan diferencias sustanciales sobre el plano sociológico y cultural, no se diferencian sustancialmente en el plano religioso. Por ejemplo, un musulmán sunita inmigrado y un musulmán sunita italiano profesan el mismo credo y siguen las mismas prácticas religiosas fundamentales. Los musulmanes inmigrados pueden provenir de países culturalmente muy distintos entre si (Marruecos y Somalia, Egipto y Arabia, Pakistán y Argelia) y los italianos convertidos pueden ser de extracción social y formación cultural bastante distinta, pero todos leen el mismo Corán, aceptan el mismo Alá, rezan de la misma forma. 

Eso no sucede para el budismo, aunque probablemente debieran hacerse matizaciones más cuidadosas. En cualquier caso creo que se puede decir que un budista inmigrado, por ejemplo chino, vietnamita o srilankes, y un budista italiano tienen muy poco en común como budistas. Ello depende de un aspecto al cual no se le ha prestado quizás suficiente atención hasta ahora al analizar el fenómeno, históricamente reciente, de la presencia del budismo en los países de cultura occidental. Este es el de que mientras que a los occidentales el budismo, en sus distintas formas, les ha sido presentado, incluso por autores y misioneros orientales, como una doctrina universal con características lógico interpretativas particularmente adaptadas al encuentro con el pensamiento occidental, aunque sea desde una función crítica -aunque la crítica es por si misma una categoría típica de la cultura occidental-, el budismo en cambio siempre ha tenido en oriente características fuertemente étnicas, en el límite del folclore. En los países en los que el budismo ha hecho píe hasta convertirse en una religión mayoritaria -Sri Lanka, Birmania, Camboya, Nepal, Laos, Tibet, China, Vietnam, Corea, Japón...- ha asumido características completamente ligadas a las tradiciones locales de aquellos países, hasta convertirse en un fenómeno religioso étnico. Es por esto sensato hablar de budismo tibetano, vietnamita, coreano o japonés, incluso cuando tales formas de budismo se transfieran a occidente, mientras que no tendría sentido hablar de catolicismo italiano en China o en Japón. Quiero decir que los budistas tibetanos, coreanos o japoneses que emigran desde sus países de origen a países de occidente, implantan aquí cultos y tradiciones religiosas que están fuertemente marcadas por el carácter étnico, mucho más que por el carácter universal del budismo. Mientras que un occidental que se vuelve hacia el budismo, como referencia para la propia fe y la propia práctica religiosa, es atraído por los elementos universales de aquella religión mucho más que por los elementos folclóricos de las creencias y de los cultos. Resulta de ello que el budismo de un italiano budista y el budismo de un vietnamita budista emigrado a Italia pueden ser (y habitualmente son) tan completamente distintos que resulta difícil darse cuenta de que tengan algo en común.

Esto se debe al hecho de que el budismo en si mismo no tiene una estructura doctrinal uniforme y monolítica, basada sobre textos unívocos de referencia. En otras palabras, en el budismo no hay un texto sagrado único que vehiculice un sistema de creencias homogéneo que sirva de referencia para todos y cada uno de los fieles. Por tanto se ha expresado en las formas más dispares, tomando aspectos concordantes con las diferentes culturas autóctonas a las que ha ido poco a poco adaptándose, manteniendo al mismo tiempo un “patrimonio genético” ideal e informal, en un cierto sentido no expresado y no dicho, pero no por esto menos potente y operativo, que viene recogido y hecho propio por la instancia religiosa de quien lo recibe y lo acoge.

El budismo occidental, por lo menos en su estado actual (1), recoge y elabora un elemento fundamental de la experiencia religiosa del budismo de los orígenes: el hecho de ser una vía de “salvación” individual. Antes de convertirse en una experiencia comunitaria es una búsqueda personal que nace de una necesidad individual. Mientras que el budismo de inmigración es más bien una experiencia de identidad comunitaria de valencia étnica.

El budismo, en su estado original, no es una cosmología, una visión del mundo, una doctrina que explica cómo son las cosas. Es después cuando, en cada caso, se ha convertido en todo eso, pero como quien se reviste con un vestido, que se quita y se pone sin que el vestido se convierta en el propio cuerpo. El budismo en su estado embrionario es una forma de vivir la condición humana -tanto a nivel intelectual, como a nivel comportamental- vista de una determinada forma. 

Este modo de ver se puede describir así: Hay un dato cierto que impregna toda la realidad, que podríamos llamar un desgaste de todo lo que existe o también, tomando prestado un término científico, una entropía de fondo. Todo lo que es tiende a la propia disolución y el conocimiento, más o menos consciente, de este dato cierto se manifiesta en el hombre como un malestar, una incomodidad, una tristeza (si usamos el matiz de los sentimientos), que el budismo llama, en lenguaje sánscrito, dukkha. El budismo se puede resumir en: a) tomar conciencia de este malestar, b) comprender el motivo, c) ver su naturaleza y d) sobre la base de esto dar a la propia vida un sentido, una dirección que cada vez toma forma ante distintas situaciones (óctuple sendero). La piedra clave está en el hecho de que el motivo del malestar no es personal, sino constitutivo de la realidad, es aquel desgaste de fondo, aquella entropía universal que he señalado. Pero precisamente aquí, donde reside el motivo del malestar, está el espacio de la liberación de aquel malestar: Todo se desliza hacia su conclusión, nada permanece igual a si mismo, y no hay por tanto nada a lo que pegarse, que ofrezca resistencia; no existe una sustancia a preservar, un tesoro que salvar, un patrimonio a conservar que no sea la propia forma de vivir cada día. Aquí nos reencontramos todos, esta es la condición común. Verificado esto, caen los motivos de liderazgo y supremacía.

Al mismo tiempo, verificada la inconsistencia y la continua movilidad y trasformación de cada cosa y de nosotros mismos, se verifica también que la realidad es una trama infinita de relaciones. Cada cosa es aquello que es en el momento en que lo es, en tanto en cuanto es hecha ser por las innumerables “causas concomitantes”, visibles e invisibles, inmediatas y remotas, que la hacen ser. Yo mismo estoy hecho así. Soy hecho aquello que soy por aquello que me forma y de esto es parte integrante el encuentro con el otro. Ahí está el sentido del dialogo, también la diferencia de lo distinto a mi es parte constitutiva de mi ser aquello que soy. “Yo” (se entienda como se entienda, incluso como persona) no tiene por tanto una centralidad ontológica y lo otro también me implica a mi. El otro, como persona, es alguien que dice yo desde la posición del tu, un alter ego. Ego y alter ego, “yo y otro yo”, eso somos. Es un juego de manos lingüístico, pero quizás ayuda a comprender “nosotros” de forma potencialmente menos conflictiva que decir “yo y tu”. Esto no vale solo para las personas, sino para cada cosa. Por tanto el cuidado del mundo es cuidado de mi mismo. No puede haber algo que pueda hacerme bien a mi y mal al otro. El mal del otro de alguna forma me retorna.

Este, creo, podría ser el papel de las religiones actualmente, evidenciar que participamos todos de la misma condición humana, comprendida también como “alteridad identitaria”, si se puede decir así. Ofreciendo por tanto un refugio, una sombra refrescante bajo la cual reposar, reflexionar y discutir juntos del y por el bien común.





4. Sin embargo, debo decir honestamente que no me parece que las cosas estén yendo en esa dirección. Europa está en crisis, evidentemente, y atacada; hay quien la quiere hacer explotar, desde fuera y desde dentro. Y las religiones, reivindicando primacías éticas y espirituales e intentando expropiar lo universal, no ofrecen más que simulacros de identidad basados sobre la pertenencia a un grupo común. Pero, así como todo cambia y pasa, no cuesta nada esperar y continuar trabajando contra corriente, como si nada pasase.


Giuseppe Jiso Forzani
Pésaro, 14 de abril de 2012



Nota

(1) Debe decirse, sin embargo, que se está experimentando un fenómeno de signo opuesto. En muchos casos, sobre todo allí donde el budismo asume formas clericales institucionales, la componente étnica se hace sentir también en la práctica de las comunidades budistas occidentales compuestas por occidentales. Las instituciones de referencia, las casas madre, están todas (con excepción del budismo tibetano en la diáspora, pero que no por ello huye de la caracterización étnica tanto sobre el plano estético como sobre el doctrinal) localizadas en sus países orientales de origen. En el caso que, por ejemplo, me atañe personalmente, la oficina europea que dirijo depende directamente de la institución japonesa con sede en Tokio; de la cual es una emanación y que aplica en Europa el reglamento, la normativa, la escala jerárquica, los trámites formativos en vigor en Japón. Con todas las anomalías y disonancias que derivan de ello. Hoy, tras un periodo en el que la independencia del fenómeno religioso budista zen italiano y de cada país europeo respecto a la influencia cultural japonesa era vivida como un valor, se asiste a un fenómeno de intento de homologación. Terminado el periodo pionero, se nota una tendencia a apoyarse en las tradiciones de referencia, a menudo sin conocer la naturaleza, el origen y la formación histórico-cultural, asumiendo sus características por una necesidad de reconocimiento identitario. La mayor parte de los centros de práctica religiosa zen actualmente tienden cada vez más a asemejarse a templos japoneses, tanto desde el punto de vista estético como del litúrgico, invirtiendo la tendencia de la que hemos hablado anteriormente. El fenómeno es todavía demasiado reciente e incierto para poder considerarlo un cambio general, pero hay signos premonitorios en abundancia.

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Traducción, con la amable autorización del autor: Roberto Poveda
Fotografías: Roberto Poveda
Video: Youtube



martes, 8 de febrero de 2011

La universalidad del Budismo V. Mauricio Yushin Marassi

Ultima entrega del texto "La universalidad del budismo" de Mauricio Yushin Marassi. Si alguien desea que le envíe el texto completo, que incluye las notas, omitidas en este blog, no tiene más que solicitármelo en la dirección de correo que aparece debajo del texto de presentación (en la banda izquierda).



Capítulos anteriores




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Zazen no basta al zazen

Universalidad” desnuda no existe, incluso cuando aparece como “budismo” puede vivir, manifestarse, solo en el ropaje de una cultura, aquella al interior de la cual ha (re)nacido en ese momento. Con esa forma, en ese lugar, en ese momento, si bien particular, es universal. Pero si, tomando como excusa el hecho de que la forma cultural en la que en aquel momento se manifiesta es autentica y buena, buscamos trasplantarla, hacerla vivir donde hay otra sensibilidad y otra cultura, aquello que en su casa era auténticamente zen ahora ya no lo es, es un teatro de marionetas étnico privado de vida religiosa, privado incluso de universalidad. No me refiero solo a las performances de la ceremonia del te, presentadas como “forma del zen”, al arreglo orientalizante de los lugares de práctica o al uso continuo y un poco ridículo de los términos japoneses o chinos en contextos occidentales, que chirrían completamente con esos comportamientos, sino también a la parte más profunda del “discurso”. En el tejido cultural occidental, que ha hecho de la autonomía de elección, de la búsqueda de cada señal de la propia individualidad como persona, del concepto mismo de "persona", la norma del propio proceder, proponer la obediencia sumisa y la conformidad como perfecta y dogmática encarnación del vacío de la posición de medio es lo contrario de la inculturación, es crear presupuestos para que, en lugar del budismo (o bien de la universalidad), se acoja una propuesta cultural específica, extraña al contexto en que se la quiere instalar. A largo plazo, al apagarse los entusiasmos xenófilos, les han seguido rechazo y aburrimiento.

La universalidad está presente en la continua redefinición de si misma, en la posibilidad de renacer en cada persona que comience a vivirla o, mas ampliamente, como (re)descubrimiento en cada generación, reinterpretada ex novo en cada cultura. Lo opuesto a “universalidad” es la adopción de formas escolásticas, ortodoxas. Cuando cada hombre, cada generación, cada cultura puede tener el propio budismo y, juntos, ninguno excluye al otro, es decir cuando cada montaña es visible desde las otras, entonces se puede hablar de universalidad del budismo.

Ante expresiones fuertes como “¡zazen shitara oshimai! (“Hacer zazen es todo”) es preciso señalar con igual decisión los otros dos aspectos de la tentativa humana de zambullirse en lo universal: el conocimiento del vacío de si mismo, condición de inpermanencia por la que la desaparición del mundo en el mundo deja que el mundo coincida con el nirvāņa, junto con una ética/moral que sea la construcción de una realidad vital de la misma sustancia del mundo en la desaparición del mundo: “Se tiene que ser rápidos en el bien, del mal se tiene que retirar la mente. En efecto, si un hombre cumple con retraso el bien, su mente se deleita en el mal” (Dhammapada).

De otro modo, incluso si "la exacta comunicación de la verdadera realidad de un buda a otro buda, de un patriarca a un patriarca ha sido siempre solamente zazen" y "el zazen mismo es la forma del despertar", el zazen amenaza con ser una técnica de relajamiento psicofísico o un instrumento en manos de quién quiera convertirse en alguien o parecer algo.



Mauricio Yūshin Marassi
Junio 2007

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Texto traducido y publicado con la amable autorización del autor
Fotografía: Tres barcas
Autor: Roberto Poveda
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