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martes, 1 de febrero de 2011

La universalidad del Budismo IV. Mauricio Yushin Marassi

Lo  ya publicado



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La necesidad ética

Del hecho de que el budismo de por si no exista, es decir que no tenga una apariencia fenoménica ni un perfil establecido, acontece que cada vez que aparece lo tenga que hacer vestido de la cultura que en aquel momento lo hospeda. En efecto, no siendo "de este mundo", desnudo sería invisible. Este cambiar de vestido a cada salto de cultura ha hecho que más que de Budismo se tenga que hablar de "budismos", o sea de formas locales, diferentes entre si en su manifestación, aunque todas estén animadas por el mismo principio. Por tanto, cuando el budismo ha renacido en China lo ha hecho usando la arcilla de aquella tierra. Tras el difícil proceso que hemos señalado, en la forma exterior el estar sentados no cambió mucho, mas que los vestidos y la conformación física de los practicantes.

En relación al perfil de conocimiento de la relación entre el hombre y lo absoluto... cada uno de vosotros sab que China no estuvo ciertamente detrás con respecto a la India. El renacimiento de la antigua sabiduría incluso pudo realizarse con un más vívido frescor.

Queda la ética. El hecho es que al oeste del Himalaya el concepto de ética, de justo y equivocado, de bueno y malo es profundamente distinto de la concepción ética que, desde siempre, se ha difundido al este de aquellas montañas. Así, cuando el budismo se encarno en el carácter de esta cultura, esta diferencia penetró profundamente en su carne.
Dado el poco tiempo del que dispongo me limitaré a un solo ejemplo entre tantos posibles. En el Shōbōgenzō Zuimonki Dōgen escribe: «vacío dentro, secunda [las circunstancias] en el exterior». Esta indicación está retomada por Dōgen del último capítulo del Zhuangzi. La primera parte de la frase se alínea con la sabiduría trascendente que reconoce en el retorno al vacío de si mismo la potencialidad máxima del ser humano, una sabiduría tan profunda y carente de representaciones puede ser tranquilamente asociada a la posición del medio de Nāgārjuna, hija a su vez de la vía del medio expresada por el Buda en el Dhammacakkapavattanasutta (Discurso de la puesta en movimiento de la rueda de dhamma). Pero la segunda parte, que podemos traducir también como “secundar dócilmente el exterior”, no tiene nada que ver con el budismo viviente a través de nosotros, aquel invisible del que hablábamos antes, precisamente por la dicotomía interior/exterior que conduce a una especie de distanciamiento oscilante entre la indiferencia y la no participación. La visión mahāyāna, pero no solo, reconoce más bien la participación en la edificación de la calidad del mundo como una de las modalidades del normal proceder del practicante.

En múltiples ocasiones la invitación a insertarse dócilmente en la realidad, en vez de hendirla y revolverla con un arado, es ciertamente muy sabia pero sin duda es hija de una ética confuciano-taoísta, aquella misma que se funda sobre el respeto de los antecesores, sobre la obediencia al orden preconstituido, sobre el no rebelarse, sobre el no distinguirse sino secundar el orden del Cielo. Es el tipo de frase que mejor expresa los principios de ética social vigentes por siglos en toda el área geográfica de cultura confuciana, en virtud de la cual aquel extremo oriente se nos presenta como un pueblo disciplinado y obediente.

De este tipo de inculturación deriva a menudo que, cuando se comienza a hablar de la actitud interior que caracteriza al practicante zen, sean resaltadas indefectiblemente la necesidad de mostrar deferencia y gratitud hacia quién nos instruye y la obediencia a los más ancianos, como principios irrenunciables y universales. Enseñanzas buenas sobre todo para mantener la armonía en una comunidad vertical, pero para nada en sintonía, por ejemplo, con la comunidad hindú de los orígenes; donde el voto de obediencia era solo exigido a aquellos que eran, por su poca edad, confiados a un preceptor, upādhyāya o ācārya, antes de la ordenación. La obediencia a los preceptos, siendo instrumento de liberación para los monjes -ese es, de hecho, el significado de bhiksu pratimoksa- era y sigue siendo un hecho personal, distinto de eventuales exigencias normativas, apropiadas para permitir o facilitar la vida en común.

En definitiva, a veces aquello que viene presentado como “ética budista” es ética confuciana, a menudo nomocrática, mientras en cambio la ética que constituye uno de los tres pilares del Budismo, no está hecha de indicaciones normativas, sino que es la difícil búsqueda del bien en el variar de las circunstancias, teniendo como único faro la actitud de acogimiento amistoso con todo y todos. Un ejemplo dramático y famoso con el cual se intenta mostrar esta difícil acepción de la ética “más allá de las normas” es el famoso episodio conocido como “Nanquan Puyuan corta el gato”, utilizado también por Dōgen en el Zuimonki, donde -citando de la Colección de la roca azul- explica: «Cuando la “gran función” [lo universal, diríamos nosotros] se manifiesta, no existen reglas fijas».

Indicación del mismo tipo que la que ofrece Milarepa: «Rechazar todo lo que el egoísmo hace parecer bueno y que daña a las criaturas. Al contrario, hacer aquello que parece pecado pero es de provecho a las criaturas, porque es obra religiosa».

Y el por que las cosas están de este modo, es decir porque es necesaria la ética/moral, junto al conocimiento y a la práctica del cuerpo, con el fin de que budismo y universal no sean dos cosas diferentes, no es un aserto dogmático ni una consecuencia de la inculturación hindú del primer budismo. Es patrimonio de la experiencia de quien practica la religión por mucho tiempo de forma asidua y falto de provecho mundano.

Por ejemplo, cualquiera de nosotros sabe que teniendo odio en el corazón, o después de haber causado sufrimiento, o después de haber discutido ásperamente con la propia mujer o con el marido, se genera un zazen en el que -durante un tiempo más o menos largo- no hay universalidad, si no es aquella del antiguo parloteo de la mente. Es esperable del practicante de zazen que en el fondo el espíritu de maitrī, karunā y ahimsā sean la sustancia misma del zazen, hasta el punto de que aquel mismo espíritu ligero sea producido, difundido del zazen a nuestra vida, a toda nuestra vida, “dentro” y fuera de zazen. Pero también al revés, es ese espíritu presente en nuestra vida el que genera la apertura por la que nuestro vivir y estar sentados es uno con el universo. Mientras que una vida inmoral, malvada, genera un zazen que, como máximo, es un ejercicio gimnástico. Odio, avidez, envidia, endurecen el alma, en vez de ayudarla a hacerla fluida.

El mal, en sentido religioso, es todo lo que separa, todo lo que, cerrándonos en una realidad ficticia e individual, nos aisla del infinito, lo que impide hacernos “fluidos” con el infinito; igual que el egoísmo, la avidez, el apego, todas aquellas pulsiones que tienden a reducir el área de mi “yo”, o sea que nos impiden hacer que el “yo” no esté confinado.

Se comprende entonces que, con el fin de que haya una posibilidad real de activar el proceso de liberación de la naturaleza humana de sus límites, esto deba ser simultaneo al evitar aquellos comportamientos y motivaciones que van en la dirección opuesta. Por tanto la generosidad, la acogida, la benevolencia son la dirección normal de una vida que recorre el camino religioso. Simplemente porque no hay otra forma, o bien porque las otras formas, en lugar de acercar, alejan del mar en el que nos querríamos sumergir para ser agua en el agua. Este mecanismo no aparece sólo en los sutras antiguos como el Dhammapada, sino que también es explicado en detalle en una obra del siglo VI, que actualmente todos los estudiosos creen de autor chino, el ya citado Dasheng Qixinlun, El Tratado del Despertar de la fe en el Mahāyāna.

Para evitar malentendidos, mis palabras no quieren ser una crítica al zen de Dōgen, más bien disiento de exportar una forma, en la que el budismo se haya inculturado legítimamente en un país, fuera de su espacio/tiempo vital, como si la forma misma fuese lo universal. Dōgen era consciente de que la ética confuciana no es suficiente para colocarnos y mantenernos en sintonía con la parte divina de nuestro espíritu, porque esa ética se refiere a la conducta exterior. "Soto shitagau" (外 従う) significa "fuera, en las circunstancias exteriores, secundar, obedecer". La comprensión real de Dōgen se ve claramente en el Tenzo Kyōkun, donde se recomienda que las tres actitudes amorosas den forma a toda nuestra existencia. Aplicables sea cuándo es apropiado y oportuno secundar obedeciendo, o bien rebelarse, o en cambio mandar.

Tampoco intento decir que siendo el budismo un “asunto” hindú sean las categorías de aquella cultura las que deban ser utilizadas para contenerlo. No es así. El budismo se caracteriza enseguida como paţisotagāmin “[que] va contracorriente”; y esto es así tanto en su significado más profundo, es decir “que no sigue la corriente sin rumbo (samsāra)”, como en sentido macroscópico: “que es siempre extranjero, extraño respecto a todo modo de pensar”. No pertenece por tanto a ninguna cultura, también en India se ha tenido que inculturar y ha empleado mas de trescientos años para lograrlo. Algo menos de los que ha empleado en China.

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Fotografía: Despiértate
Autor: Roberto Poveda
Sometida a una licencia Creative Commons

lunes, 24 de enero de 2011

La universalidad del Budismo III. Mauricio Yushin Marassi


Lo  ya publicado

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Los rastros de la palabra

Actualmente el más antiguo rastro (escrito) de una afirmación ético/moral, en sentido religioso profundo, lo encontramos en los aforismos del egipcio Amen-en Apt, de la octava dinastía (1500-1360 a.C.): «Es mejor ser un mendigo en manos de Dios, que un rico al abrigo de un techo». Esta es una ética/moral de tipo similar a la que se engendró en los tiempos en los que la civilización nacía entre el Éufrates y el Nilo, hasta arraigarse profundamente en época prebudista en toda forma religiosa hindú. Así se completó la tríada -formada por práctica del cuerpo, conocimiento profundo y ética/moral- que con diversas combinaciones y articulaciones forma la base del universo religioso hindú. Naturalmente también del budismo, no hay sutra antiguo que no exalte la ética, la ascesis y la sabiduría profunda.

El perfeccionamiento del lenguaje llevó a palabras específicas, la escritura las fijó y es posible por tanto seguir la historia a través de ellas. La operación fundamental a realizar en la práctica fue llamada en la antigüedad naishkramya, “no iniciar”, “no empezar”, pero también “dejar ir”. Mucho tiempo después, con el refinamiento testimoniado por la obra de la prajñāpāramitā (que junto al Sutra del Loto constituyen la madurez de la inculturación del budismo en India), encontramos el Sutra del Diamante con la invitación a “dar lugar a un pensamiento no sustentado”; una afirmación positiva, y por tanto rara, que muestra un pensamiento privado de relaciones y rompe todo lazo con la lógica y con la realidad fenoménica.

Al mismo tiempo, con el inicio de la aventura china y gracias a la mística taoísta, que ya hablaba de “reposar en el molde del Cielo”, “sentarse en el olvido”, “sentarse como ceniza apagada”, “sentarse como madera seca”3; e igualmente por la presencia en toda la cultura china del “aprender con el cuerpo”, el renovado impulso a “estar sentados” proveniente de la India tuvo, por lo que parece, una difusión veloz y sin particulares obstáculos.

Sin embargo, en aquel tiempo, en la cultura religiosa hindú el “estar sentado”, la postura mas difundida en la práctica llamada genéricamente dhyāna, tenía sobre las espalda diecisiete siglos de historia (¡por lo menos!) al interior de la tradición védica y prevédica y seis siglos al interior de la tradición budista. No solo la postura interior de aquel “estar sentados” había alcanzado altos niveles de refinamiento, sino que se habían desarrollado diferencias sustanciales entre la tradición budista y la hindú -así como al interior de la misma tradición budista- respecto al mismo acto, aparentemente igual siempre, pero vivificado bajo la superficie de diversos modos, a veces inconciliables.

Sabemos de esta evolución gracias a los rastros dejados en las palabras, que se siguieron unas a otras durante siglos hasta que las traducciones de los textos hindúes comenzaron a establecer un poco de orden. Pero fue solo a partir de los siglo cuarto y quinto que el “estar sentados”, tal como nosotros lo hemos encontrado en la escuela japonesa, fue conocido y trasmitido. También en este caso la arqueología lingüística es testimonio de la evolución y de la profundización, fluyendo desde la conquista china del Lankāvatārasūtra, del Sutra del loto, del Sutra de Vimalakirti, del Sutra del Nirvana, del Sutra del diamante y del Sutra del corazón, manifestándose a continuación como oscilaciones entre el vacío de la escuela Mādhyamika y la fenomenología de la escuela Vijñānavāda-Yogācāra, hasta llegar a la composición de textos autóctonos, entre los que recordamos el citado Dasheng Qixinlun, y el Zhengdaoge, El canto del testimonio del camino.

Pasamos así a través del “no hay espíritu (mente) ni Buda” de Niutou (“cabeza de buey”) Farong para llegar a su opuesto, la exhortación “ser espíritu, ser Buda” que hace maestro al gran Mazu Daoyi. Pasando por Shitou (“cabeza de piedra”) Xiqian -de cuya descendencia se originó la escuela Caodong/Sōtō- que respecto a la propia experiencia interior dice: “El vasto cielo no obstaculiza las blancas nubes flotantes”. Recordamos después el “brillar en el silencio” proclamado por Hongzhi Zhengjue. Para llegar en el siglo XII al “liberarse de cuerpo y mente, cuerpo y mente liberados” de Tiantong Roujing y Dōgen. En tiempos más reciente han aparecido “abrir la mano del pensamiento”, de Uchiyama Kōshō y “hacer zazen es el fin de todo”, el conocido “lema” de su predecesor Sawaki Kōdō. Y ahora aquí estamos.

Sin embargo, siguiendo la huella de las palabras entre naishkramya y Uchiyama, hemos descuidado las otras dos caras de la tríada que desde siempre componen lo universal expresado en términos humanos: la forma del cuerpo y lo ético/moral, Por cuánto concierne a la primera, el estar sentados, hay una pormenorizada serie de informaciones y transmisiones personales a lo largo de los siglos por la cual, como miembros de la escuela de Dōgen, podemos tranquilamente suponer que como nosotros nos sentamos coincide con la forma más refinada de tal arte. Para la ética me temo que existan problemas.

martes, 18 de enero de 2011

La universalidad del Budismo I y II. Mauricio Yushin Marassi

Comenzamos hoy la publicación de una conferencia de Mauricio Yushin Marassi sobre el tema de la universalidad del budismo, entendiendo como tal la capacidad de inculturarse en cada cultura y en cada persona en la que se recomienza el camino interior propuesto por el budismo. Esta capacidad de adaptación más allá de las formas que a lo largo de historia ha caracterizado al budismo, posiblemente única entre todas la religiones, le ha permitido renacer de nuevo cada vez, en cada lugar, en cada cultura, en cada momento y en cada persona, desde sus origenes hindúes, hace más de dosmilquinientos años, hasta la reciente implantación de sus semillas en estas tierras que hoy convenimos en llamar occidente. Solo entendiendo la propuesta y el mensaje , en nuestras vidas y  con nuestras propias palabras, estas semillas,podrán arraigarse y florecer adecuadamente en esta tierra. Para ello es a veces conveniente volver la mirada muy lejos y muy atras, y también, sobre todo, muy adentro.

Dado lo relativamente extenso del texto lo iré publicando en varios post sucesivos. En este primer post se incluyen las partes I y II de las cinco de que consta. En el blog, para este texto, elimino las notas que acompañan a la versión escrita, pero si alguien desea solicitar el texto entero, que no dude en hacerlo a la dirección de correo del blog y le enviaré el texto completo con las notas.
Traducido y publicado con la amable autorización del autor
Fotografía: Roberto Poveda
 
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La universalidad del Budismo

es decir:
El camino hacia la integración de la identidad con el absoluto

Mauricio Yūshin Marassi
Junio 2007




I) Los títulos

El título de esta charla ha sido tomado prestado en parte de la traducción inglesa del que, desde mi punto de vista, es el componente literario más importante para el desarrollo del Mahāyāna de Asia Oriental: el Dasheng Qixinlun, o Tratado del Despertar de la fe en el Mahāyāna. En la traducción del texto se dice que “el proceso de realización del despertar no es diferente al [proceso de integración de] la identidad con el despertar original”. Para aquellos que comprenden el japonés, en esa lengua el texto dice: 始覚 は 即ち 本覚 に 同じき を もって成り. He usado esta cita para traer entre nosotros aquel antiguo texto, sin embargo, a la luz de mi experiencia, pienso que sería mejor hablar de “proceso de disolución de la identidad en el absoluto” más que de “integración”, por lo cual el título que he elegido no es óptimo.

Hablando todavía de los títulos, me ha gustado mucho el de este congreso. Pienso que “la universalidad del Budismo” es un espléndido tema. Como es notorio “universalidad” deriva de “universo” y significa literalmente “vuelto al uno, a la unidad”, es decir “sin alternativa”. Por tanto, me pregunto: si por universalidad entendemos que es "para siempre, en cualquier sitio, para todos", ¿puede existir una universalidad que incumba solo al Budismo? ¿O quizás se quiere decir que el Budismo es una forma particular de universalidad desde el momento en que no hay "universal" que no tome forma particular?

Aun más, ¿cómo podemos buscar la universalidad en el Budismo? El Budismo no existe, es una fantasía, una imaginación, no es algo que yo pueda tomar -incluso conceptualmente- y ponerlo aquí, delante de vosotros, y decir: “Aquí está, esto es el Budismo. ¿Qos pensabais?.” Lo mismo se puede decir de los budistas, no somos una categoría antropológica, ni una etnia o un tipo de personas, con un aspecto determinado que pueda estudiarse con una lente, ni poner en una vitrina pinchado con un alfiler.

Como decía es un título óptimo, permite preguntarse que cosa es universalidad y en que medida corresponde a budismo. Por eso, precisamente sobre esa base, veamos a través de que proceso histórico ha sucedido que una parte de la humanidad haya llamado o llame “universalidad”, el único verso del absoluto, con el nombre de buddhadharma, fofa (仏法), fodao (仏道), buppō (仏法), en la hipótesis de que el budismo sea uno de los lenguajes en los que habla lo Universal. Aunque el término budismo no es de ninguna forma budista, creado como fue por los ingleses que, conquistada la India, quisieron simplificar, clasificar la cultura religiosa hindú e "inventaron" Jainismo, Hinduismo y Budismo.


II) El recorrido de la humanidad en el viaje hacia el absoluto

Es preciso hacer un salto en el tiempo y en espacio. Los hallazgos de Harappā y Mohenjo Daro, en la parte pakistaní del valle del Indo, confirman lo que anteriormente podía solo suponerse. Ciertamente en esa área hubo una cultura estructurada anterior a la invasión de los conquistadores extranjeros, los Arios (de la raíz sánscrita aríh “extranjero”), y al interior de aquella cultura fue hecha realidad la capacidad de entrar en contacto con el absoluto por el cuerpo. Estoy hablando aquí de un uso religioso del cuerpo, el cual se convierte en el lugar o en el punto de encuentro entre lo mundano y el infinito. Allí el nacimiento de la religión coincid con el pasaje de los chamanes a los ascetas, que desarrollaron la capacidad de entrar en contacto con el absoluto gracias a formas particulares, comprobadas como las más aptas para constituir aquella identidad. Y la posición con piernas cruzadas, de una época seguramente precedente al 1000 a.C., fue experimentada como la más favorable entre todas para trasformar el cuerpo en un templo divino.

Ese es el origen, por lo menos en la parte física, de aquello que solo muchos siglos más tarde será llamado yoga, “unión [con el absoluto]”, y que, después de otra larga evolución, hoy llamamos “zazen”.

Esta civilización es la misma que, en un ramal del largo y genial proceso de refinamiento del culto de la Gran Diosa, ha dado origen al núcleo del posterior culto de Śiva, que más tarde entró también con fuerza en el budismo con la figura de Avalokita Īśvara, después Kwannin y después Kannon o Kanzeon. Del núcleo original del protoyoga y del protoshivaísmo nacieron también aquellas prácticas que muchos siglos más tarde llevaron al tantrismo, al Budismo Vajrayāna y tibetano, al Shingon, etc.

Cuando Śākyamuni se retira al bosque ya existía un entorno desde hacía muchos siglos poblado por los ascetas, los śrāmaņa, “aquellos que se esfuerzan” sobre la vía de búsqueda del absoluto por medio del cuerpo. Pero no solo. Cuando aquel que será el Buda, el Despertado, el que se desveló a si mismo el paso a lo nuevo (que consiste en el dejar desvanecerse el mundo en lugar de quererlo anular) inició su período de aprendizaje de los Upanishad y el Sāmkhya, bajo la guía de los maestros del bosque, la escena estaba desde hacia tiempo enriquecida por otros importantes elementos.

A partir de la afirmación gradual de la comunidad sedentaria neolítica, la civilización organizada (religión, escritura, formas complejas de gobierno, etc.) más antigua de la que los arqueólogos tienen indicios es bipolar, con un centro en el área mesopotámica y el otro en la egipcia. Estos dos polos interactuaron durante mucho tiempo, contribuyendo a formar las lenguas, las escrituras, los mitos, las religiones que constituyen el embrión de gran parte del desarrollo del mundo actual.

Tras dos milenios de este bipolarismo la migración a Occidente de poblaciones acádicas y semíticas hacia Egipto y Europa dio origen sucesivamente al hebraísmo, a la civilización griega y a la latina, en las que, en tiempos más recientes, nacieron cristianismo e islam. Aquí, desde el inicio, religión significó sobre todo gnosis y moral. En la época de Sargón el Grande, en el 2350 a.C., los Acadios llegaron por un lado hasta el Mediterráneo, por el otro casi hasta el valle del Indo.

En una fase posterior, sobre la base de la sabiduría del Avesta nacieron los Veda primero y los Upanishad más tarde. Tomando en consideración el filón constitutivo de los Veda y los Upanishad vemos que en su interior fue intuida la íntima relación del hombre con el absoluto, hasta la difícil afirmación "so ham" "yo soy él." Así, en el terreno de la cultura religiosa de la India, a la forma del cuerpo que nos configura en la forma del absoluto se une la sabiduría de que la naturaleza humana en su esencia es una con Dios.