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viernes, 9 de enero de 2015

[El papel de] La fe en el campo de batalla o Kôdô Sawaki y su relación con la guerra. Brian Victoria


Con frecuencia se suele pensar, y es posible que aun más en occidente, que el budismo en tanto que religión organizada-institucionalizada es y ha sido siempre una religión alejada de cualquier tipo de violencia. Sin embargo esto no es así. Hace ya algunos años fue publicado el libro “Zen at war”, cuyo autor, el americano Brian Victoria es, además de profesor titular en el Centro de Estudios Asiáticos de la Universidad australiana de Adelaida, un monje zen formado en Eiheiji, el templo madre de la escuela soto, así como en la universidad budista de Komazawa de Tokio, universidad en la que siguen sus estudios académicos superiores una buena parte de los sacerdotes japoneses de dicha escuela.

En su libro,
todavía no traducido al castellano, Brian Victoria analiza la estrecha relación que ha mantenido el budismo japones con el nacionalismo militarista japones, centrándose  especialmente en la primera y la segunda guerra mundiales. 

Si bien en su libro nos muestra esta aberrante relación no solo desde la perspectiva de la escuela soto, sino también desde los seguidores de la escuela Rinzai, de la Tierra pura, del
budismo Shin y de la históricamente más reciente  escuela Sambo Kyodan; por afinidad personal, y puede que también de bastante de los lectores de este blog, he preferido extraer y traducir aquellos pasajes relacionados con la figura del monje soto zen Kodo Sawaki, cuya influencia no solo se circunscribe a Japón sino también a occidente, ya que  una gran mayoría de aquellos que hemos llegados a la practica de zazen, tanto en Europa como en América, ha sido a través de la influencia de algunos de sus numerosos seguidores y discípulos.
 
El absurdo y terrible atentado recientemente cometido contra los redactores del semanario humorístico Charlie Hebdo, realizado por motivos supuestamente religiosos, me ha animado ha publicar estos fragmentos. El uso perverso de un argumentario religioso para cometerlos no solo está detrás de quienes han cometido dichos atentados sino que es también parte de nuestra herencia, como cristianos primero, y como budistas después. Olvidar esto, no mantener una mirada crítica sobre nuestro propio pasado, es contribuir a la perpetuación -en nosotros y en el mundo- de esta y otras perversiones cometidas en nombre de la religión.



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La fe en el campo de batalla

Brian Victoria  


Fue en los campos de batalla de la guerra ruso-japonesa donde tomó forma un aspecto del budismo nipón que iba a convertirse en el transcurso de los años sucesivos en uno de sus rasgos más característicos: la reivindicación de un estrecho lazo entre la fe budista de los soldados y sus proezas militares. […]

[…] El zen también ha desempaño su papel en este sentido, un papel que se perfila ya en los recuerdos de Kôdô Sawaki (1880-1965), uno de los más célebres maestros y especialistas modernos del zen soto japonés. Muchos practicantes occidentales conocen a Kôdô como fundador de Antaiji, un centro de práctica del zen usado por los laicos situado en Kyoto [desplazado actualmente a una zona montañosa, en el norte de la provincia de Hyôgo, n.d.t.] A los lectores franceses, puede que Kôdô les sea más conocido en  tanto que maestro reivindicado por Taishen Deshimaru (1914-1982), fundador de la Asociación Zen Internacional (AZI), cuya sede está en París.

Kôdô recibió la ordenación de monje zen a la edad de dieciséis años. Tres años más tarde, mientras  seguía con su formación monástica, fue incorporado a la armada imperial en la que sirvió durante más de seis años, de 1900 a 1906, en tanto que suboficial y jefe de escuadra. En 1904, cuando estalló la guerra ruso-japonesa, Kôdô fue enviado al frente. En una obra titulada Sawaki Kôdô kikigaki (Recuerdos de Kôdô Sawaki), cuenta la siguiente escena:

"Mis camaradas y yo no atiborramos a matar. Así pues durante la batalla del templo de Baolisi  perseguí a nuestro enemigos hasta un agujero en el que pude abatirles con gran eficacia. Al ver esto, mi comandante de compañía pidió que se me diera una condecoración, pero esto nunca sucedió."

Kôdô menciona también una conversación sobre él entre sus camaradas:

"- ¿Quién diablos es este tipo?
- Simplemente un monje zen
- Ya veo. Exactamente es lo que se espera de un monje zen. Un hombre que tiene agallas.
"

Puede ser que esta breve conversación nos ofrezca la primera referencia moderna a la eficacia del zen sobre el campo de batalla. De nuevo es Kôdô quién habla en estos términos de su experiencia en el frente:

"Una vez que el combate terminó, yo tuve la oportunidad de reflexionar tranquilamente en mi propia conducta. Me di entonces cuenta de que aunque yo no tuviese igual en tanto que persona temeraria eso no sobrepasaba la grandeza de Mori no Ishimatsu, Kunisada Chûji y otros forajidos y campeones de los oprimidos. En tanto que discípulo del maestro zen Dôgen, en cambio yo no daba todavía la talla […] Me había comportado como esas personas que, incluso si sacrificaban su vida, buscaban algo a cambio […], dicho de otra manera como aquellos que desean tanto la celebridad, o una medalla militar a título póstumo, que están dispuestos a sacrificar su propia vida para obtenerlas. Una actitud así no tiene nada que ver con el hecho de estar liberado de la vida y de la muerte.
Estas personas habían simplemente reemplazado una cosa por otra, un bulto por otro. Sacrificando su vida buscaban el honor y el renombre para si mismos. Esto no era sino la substitución de una cosa por otra. Sacrificando su vida, buscaban el honor y el renombre para ellos mismos. Incluso si habían logrado obtener aquello que ellos querían, me pregunto si esto le habrá aportado satisfacción. Sea como sea es lo que se identifica en el budismo como el estado de las personas que son prisioneras para siempre del mundo del deseo.
"


"Lo que se puede decir es que la liberación de la vida y de la muerte consiste en renunciar, no a la vida física sino al deseo. Existen diferentes tipos de deseos, entre los que están el deseo de ser célebre y el deseo de se rico. Pero renunciar al deseo quiere decir renunciar al deseo bajo todas sus formas. La religión reside en la renuncia a todas las formas de deseo. Es ahí donde se encuentra la vía. Es ahí donde se encuentra el despertar […]"


"Formulado desde el ángulo de la armada japonesa se trata de un dominio en el que, allí donde va la bandera de nuestra armada, no hay prueba demasiado grande que superar, no hay enemigos demasiado numerosos. Es lo que se llama invocar el poder de la bandera militar. Abandonar el cuerpo bajo la bandera militar muestra verdadera abnegación."

El comienzo del anterior pasaje podría dejar pensar que Kôdô se reprocha el haber participado en la guerra ruso-japonesa, pero, observándolo más de cerca, nos damos cuenta de que no es ese el caso. Lejos de mostrar el menor remordimiento por el gran número de enemigos que ha matado, Kôdô se acusa de haber hecho esto anhelando “el honor y la fama”, lo que prueba que permanecía prisionero del mundo del deseo, que es opuesto al del despertar. No es haber matado seres humanos lo que le molestaba, sino no haber conseguido matarlos (y morir si era preciso) en un espíritu de total abnegación.

Además de esto, cuando Kôdô habla de “invocar el poder de la bandera militar” es importante saber que recurre a una terminología normalmente asociada a Avalokiteshvara, el Bodhisattva de la compasión. El célebre Kannon gyô (sutra de Avalokiteshvara) constantemente vuelve sobre la idea de que podemos salvarnos de una multitud de desastres y calamidades “invocando el poder de Avalokiteshvara” (nenpi Kannon riki). En el último párrafo de la cita anterior, Kôdô se contenta con remplazar Avalokiteshvara por la bandera del regimiento, objeto sagrado al parecer confiado a este último por el emperador en persona. De esta forma, invocando el poder de la bandera volvemos a invocar el poder del emperador para obtener la victoria. Esta fraseología, que pertenece propiamente a Kôdô, muestra hasta que punto asociaba el zen al emperador y a la armada imperial.

A pesar de que Kôdô nunca mas combatió, continuó defendiendo la unidad del zen y de la guerra con una indefectible constancia. Dan fe de ello, entre otras cosas, las funciones que él ha ocupado a partir de 1939 en una comisión oficial encargada de la promoción de las artes marciales entre los escolares japoneses en el marco de la preparación al servicio militar. Por otra parte, él se dirigió en 1941 y 1942 al estado fantoche de Manchukuo, en el norte de China, para dar “enseñanzas sobre el Dharma” a los soldados y a los civiles japoneses que estaban allí acampadas. El sostén de Kôdô al esfuerzo de guerra no pasó desapercibido, puesto que el 3 de noviembre de 1943 la Oficina de condecoraciones le envió una cantidad de dinero como recompensa.

Si bien no se ha guardado rastro de las enseñanzas de Kôdô en Manchukuo, un artículo aparecido en 1942 en la revista Daihôrin titulado “De la verdadera significación de los preceptos zen” (Zenkai hongi o kataru, K Sawaki. Daihôrin, enero 1942) permite adivinar el tono, si no el contenido. Podemos leer allí:

El Sutra del Loto dice que “los Tres Mundos [del deseo, de la forma y de lo sin forma] son mi propia existencia y todos los seres sensibles son mis hijos”. Desde ese punto de vista todos los seres, tanto amigos como enemigos, son mis hijos. Mis superiores son mi propia existencia y mis subordinados también. Idéntica consideración vale para Japón y el mundo. Siendo así es justo castigar a las personas que alteran el orden público Se mate o no se mate, el precepto prohibiendo matar [está preservado]. Es el precepto quién blande el sable. Es el precepto el que arroja la bomba. He aquí porqué debéis esforzaros en estudiar y practicar este precepto.


La idea aquí avanzada por Kôdô, según la cual el acto de matar y de lanzar bombas es independiente de la voluntad del individuo que las realiza, se volvió muy popular entre los adeptos del zen, particularmente en D.T. Suzuki. Y, por tanto, si estas violencias son cometidas sin intervención de la voluntad, no puede haber ni decisión ni responsabilidad personal. Está permitido decir en ese caso que el zen “trasciende verdaderamente la razón”.

En cualquier caso, Kôdô Sawaki ha llegado hasta sostener en mayo de 1944 que era el maestro Dôgen, fundador del zen soto en Japón en el siglo XVIII, al que le correspondía el mérito de haber sido el primero en enseñar la actitud mental que convenía a los soldados de la armada imperial. He aquí lo que ha dicho al respecto:

"El maestro Dôgen a dicho que debe rechazarse el yo. Ha enseñado que debe de practicarse tranquilamente olvidándose de sí mismo. Ha expresado esto con estas palabras en el capítulo “Vida y muerte” (Shoji) del Shôbôgenzo (Tesoro de la esencia de la verdadera ley): “Rechazad simplemente el cuerpo y el espíritu y proyectaros en el reino de Buda. El Buda os servirá de guía y si seguís los consejos que el os da, os liberaréis de la vida y de la muerte y os convertiréis en un Buda sin tener necesidad de molestaros a vosotros mismos física o mentalmente.” Formulado de otra forma esto quiere decir que hay que obedecer las ordenes de los superiores sea cual sea su contenido. Haciendo esto os convertís inmediatamente en fieles servidores del emperador y en perfectos soldados."

Sabiendo que Kôdô tenía ya sesenta y cinco años cuando escribió estas líneas se está, como poco, lleno de admiración por la constancia de sus esfuerzos destinados a servirse del zen para crear un “perfecto soldado” sin ego.

[…] La secta soto del zen ha comenzado a abordar algunas de las numerosas cuestiones que plantea la historia reciente de sus relaciones con el Estado y el militarismo japonés. Esta tarea prosigue hoy todavía a través de los trabajos de investigadores de la Universidad de Komazawa como Hakamaya Noriaki (nacido en 1943) y Matsumoto Shirô (nacido en 1950). Igual que Ichikawa Hakugen antes que ellos, estos dos investigadores se dedican a un examen en profundidad de los aspectos doctrinales del zen que pueden estar en el origen de su sostén al militarismo japonés o por lo menos a ayudar a comprenderlo. […]

Hakamaya también a señalado con el dedo a los maestros zen que han sostenido las empresas militares de Japón. He aquí lo que dice de Kôdô Sawaki, del que los escritos de tiempos de guerra ya nos son conocidos:

"Cuando se toma consciencia de la llamada de Kôdô a “invocar el poder del emperador, invocar el poder de la bandera militar”, eso basta para producir escalofríos en la espalda […] No solamente Sawaki no era budista, sino que se ha levantado en armas contra el mismo [maestro del zen soto] Dôgen."

La crítica es todavía más fuerte en tanto que ella emana de un investigador perteneciente a la secta soto, la cual, en su conjunto,
continúa todavía hoy considerando a Kôdô como uno de los grandes maestros zen del siglo XX. Pero Hakamaya está animado por la convicción de que los budistas deben “establecer una demarcación clara entre las enseñanzas conformes al budismo y aquellas que le son contrarias”.


Brian Victoria. The Zen at war


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Extractos traducidos por Roberto Poveda Anadón, a partir de la versión francesa: Brian Victoria, Le Zen en guerre 1868-1945, Paris, Éditions du Seuil, 2001.

Fotografía:  Internet (El monje portador del kyosaku es Shunryu Suzuki, dirigiendo una sesión de zazen en Rinso-in durante la guerra del Pacífico. Actualmente Rinso-in es un centro de formación soto para extranjeros).

miércoles, 6 de marzo de 2013

El maestro y el poder. Mauricio Y. Marassi

Dada la extensión de este artículo, para facilitar su lectura, se puede descargar en formato pdf aquí
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En octubre de 1987 terminó el período de permanencia en Antaiji, el monasterio japonés que durante muchos años me había hospedado junto a dos compañeros italianos.

Antes de nuestra partida, entre la despedidas mas relevantes estuvo la visita a Uchiyama Kōshō, abad de Antaiji hasta 1975, sucesor en aquel rol, discípulo y heredero espiritual de Sawaki Kōdō, el más famoso y controvertido monje zen del siglo pasado. Uchiyama Kōshō, entonces casi con ochenta años, instructor espiritual de nuestro padre espiritual Watanabe Kōhō, ya era en aquella época conocido en todo el mundo, en persona y a través de sus libros, como el exponente más autorizado de la linea “purista” del budismo Zen, encarnada en la tradición protegida y trasmitida en el monasterio Antaiji. Enumero estas características sin pretender adular o con el deseo de destacar el haber frecuentado a ciertas personas. La intención es remarcar la distancia sideral que había entre aquella figura y tres jóvenes italianos desconocidos  que habían apenas finalizado un periodo en un monasterio.

El recuerdo más neto que me ha quedado de aquella ocasión fue el momento de la despedida; nos saludamos bajo el umbral, atravesamos el pequeño jardín, nos volvimos para un último gesto y vimos que el padre Uchiyama se había arrodillado sobre las tablas de la galería inclinando la frente hasta tocar el pavimento. Si no nos hubiésemos girado no lo habríamos sabido nunca.

Aquel gesto me impresionó mucho. Experimenté un sentido de inadecuación, incluso de vergüenza, que percibí en mi ante aquel acto incomprensible.

De entrada me alcanzó la enormidad de aquello en el plano de la etiqueta, en una sociedad como la japonesa en la que los gestos de deferencia formal están minuciosamente determinados para cada circunstancia, su comportamiento estaba fuera de cualquier norma o significado, impensable en la dinámica de las relaciones entre él y nosotros. Después, con el paso del tiempo, ya no fue la incongruencia de la forma la que me interrogó, sino el significado de aquel gesto más allá de la cultura en la que se había desarrollado, independientemente de los factores sociales en juego.

El tejido social japones tiene una ajuste operativo basado sobre todo en una perspectiva confuciana del mundo. En los márgenes de aquel solido tejido están ligados otros factores que modifican algunas formas, pero no la sustancia, es decir las normas y las leyes de referencia del comportamiento. Por ejemplo, la difusión del budismo Zen ha transferido a las artes una impronta característica, con el tiempo convertida en hegemónica, que se observa incluso en la arquitectura tradicional en la que el verdadero sujeto es el vacío y en el que la partes “llenas” se remiten a él constituyendo un ornamento. El Shintō, la antiquísima religión autóctona del archipiélago nipón, ha permanecido a la base del sentido de lo bello, del sentido de pureza interior, en la relación con la naturaleza y en la valoración de la desnuda emotividad carente de énfasis que forma la parte más sutil, invisible pero determinante en la psicología y en la espiritualidad japonesa. Más recientemente, debido al ejemplo de la potencia dominante en los últimos cincuenta años, es decir los Estados Unidos de América, el capitalismo entendido como producción y acumulación de bienes ha orientado hacia el la medida de la supremacía; así cuando el sistema Japón ha querido redimirse de la derrota en el último conflicto mundial mundial, proponiéndose como potencia de primer orden tanto en Oriente como en Occidente, lo ha hecho usando los símbolos del poder capitalista: el PIB, la producción y la posesión de bienes.

Pero mientras tanto, allí donde la cultura tradicional no se ha disgregado en la nada cotidiana del hombre que gira en torno a una empresa como única razón vital, el paradigma de referencia de ese pueblo ha permanecido intrínsecamente confuciano en la lengua, en las formas, en los usos, en las costumbres, en la escala de valores, en el sentido de lo justo y lo equivocado. Por lo que la relación de sumisión respetuosa de los más jóvenes hacia los más veteranos, tanto en la familia como en la empresa, el respeto de las reglas como simulacros de sacralidad casi trascendente, o en cualquier caso colocada ciertamente mucho más arriba de las elecciones del individuo del que se espera obediencia sin discusiones, la profunda convicción -profunda hasta el punto de convertirse en certeza inconsciente- de que la educación es un proceso de dolorosa corrección de las deformaciones individuales por medio de una disciplina posiblemente despiadada (y por ello, según ese punto de vista, piadosa), permanecen todavía como el substrato, el humus de la vida organizada, socializada de aquel pueblo.

El budismo, que en séptimo siglo fue instrumentalmente insertado en la primera constitución japonesa, alcanzó su madurez entre el siglo diez y el siglo catorce. En épocas sucesivas ha florecido plenamente en ámbitos limitados numéricamente, a veces marginales. Si bien cualquier generalización es de alguna manera injusta, es posible afirmar que hoy a nivel de conciencia de masa existe una percepción desenfocada, distante y a menudo confusa. Le son delegadas las relaciones con el más allá, funerales y aniversarios rituales ligados a los difuntos, al interior del conformismo con la norma, para respetar la ley de la costumbre más que por fe individual en su posibilidad salvadora. Sin embargo, al interior del amplio panorama budista japones, el Zen, gracias a la ausencia de rigidez doctrinal y de manierismo, a la unión con lo esencial de la vida cotidiana y también a las relaciones, si bien heterodoxas en parte, con artes refinadas y estimadas por muchos como por ejemplo el Sadō, la vía o ceremonia del te, el Shodō, la vía de la escritura o caligrafía, el Ikebana, literalmente vida-flor, en cierta medida ha podido “pasar” a través de la severa criba crítica sutilmente refinada por milenios de espiritualidad Shintō, penetrando por ósmosis en el alma japonesa.

Además en esas múltiples y a menudo difíciles condiciones ha habido siempre un cierto número de lugares, desconocidos por otra parte si no es a posteriori, difíciles de cuantificar; precisamente por que en su ser sin parecer se manifiesta su calidad, donde la vida religiosa era y es dueña del tiempo. Así ha sido protegida y trasmitida la enseñanza viva que, también en Occidente, toma el nombre de “Zen”.

Fuera de esos casos, realmente pocos, la realidad budista está desgraciadamente distante de la espiritualidad que se reconoce en la simple edificación del despertar en el máximo de ausencia egoísta y en armonía con todos los seres. Los templos budistas japoneses, estructuras muy similares a nuestras parroquias en cuanto a difusión, funcionamiento y composición, en la gran mayoría de casos son pequeños feudos familiares trasmitidos de padre a hijo. En los monasterios oficiales de las principales escuelas budistas, en los que los hijos primogénitos de aquellos templos constituyen la mayoría de los novicios, por efecto de un profundo sincretismo entre budismo y confucianismo, a través de una disciplina rígida y a veces estudiadamente vejatoria por razones de eficacia, se forman personas cuyo carácter está modelado sobre una base ante todo normativa y ritual. Y frecuentemente sucede que la adquisición de aquel paradigma interiorizado y el dominio de la casi completa ritualización del tiempo sean confundidos con la realización, el logro del camino espiritual. Incluso si, es preciso reconocerlo, la maestría del comportamiento ritual es un arte refinadísimo. Tal como la cascara de un huevo es una esplendida obra de arte.

En algunos monasterios pertenecientes a la escuela Zen el zazen es practicado como una parte de la disciplina, una dureza más que hay que aprender a soportar. En otros, aparentemente más serios, a la practica del zazen se le pide también, al mismo tiempo que la disciplina moldeadora, la consecución “forzosa” de la iluminación, por tanto se lo practica en condiciones extremas de frío, de calor, de duración. En otros, abandonada incluso la disciplina, no queda otra cosa sino la enseñanza de los rituales y de las ceremonias, es decir los instrumentos del oficio que se ejercerá después en el templo familiar. Pocos entre los clérigos provienen de una familia laica abandonada como consecuencia de una vocación religiosa, e incluso estos, por fortuna con excelentes excepciones, terminan también a veces por ser absorbidos por las problemáticas menos espirituales del conjunto.

Igualmente la figura del maestro, la amistosa guía que recorre al mismo tiempo la vía con el fin de que el más joven no se pierda, y que de esa manera realiza a fondo el propio camino ofreciendo gratuitamente aquello que gratuitamente ha recibido, en la mayoría de los casos ha padecido la misma distorsión. Es o se hace maestro quien ha superado la prueba, preparado, con los mismos métodos, para formar a otros para convertirse como él, hombres (casi nunca mujeres) de tono, de modales y de títulos pretenciosos; en razón de la capacidad de aguante adquirida, o incluso únicamente por la fama de severidad e intransigencia mostrada al subir fatigosamente la escala jerárquica dentro del riguroso respeto a todas las reglas.

En particular, en las escuelas Zen, los monasterios de preparación para los clérigos, llamados en japones senmon sōdō es decir “seminarios de especialización del clero”, son mayoritariamente estructuras organizadas ciertamente de acuerdo a la regla budista; pero esta es leída y aplicada en relación con una filosofía principalmente confuciana, por otra parte con orientación “nomocrática”, es decir poniendo en primer lugar la regla formal. Desde otro punto de vista constituyen una vuelta a la vía de salvación a través de las obras, al budismo fundado sobre el vinaya, “la disciplina”, según una acepción próxima a aquella que en el pasado muchos han estigmatizado con el empequeñecedor apelativo de hinayāna, “el vehículo inferior”, que ve la regla como fin, no como instrumento que me mantiene en el zazen de cada instante al dejar desaparecer mis pulsiones. En aquellos monasterios la educación interior es concebida a menudo  como un embridar a la fuerza en la rígida estructura de la regla cada pulsión humana, plasmando en la acción ritual la exteriorización de la energía vital. Incluso el reposo, los momentos de fiesta, tienen una estructura ritual, tal como sucede, si bien menos rígidamente, en la sociedad civil. Se persigue un ideal de armonía que se realiza a través de la constitución de un colectivo homogéneo basado sobre el orden y la disciplina y este ideal refleja e influencia el orden social externo, constituyendo un estándar y un baluarte operativo. 

Para dar un ejemplo de esta ósmosis entre la perfección formal del orden y de la disciplina realizada o mitificada en el senmon sōdō y el orden estructurante en el mundo laico, recuerdo que muchas grandes industrias enviaban a los nuevos empleados a aquellos lugares como un periodo de entrenamiento con la finalidad de que fuesen enderezados según la más severa disciplina, operativa en la empresa y en la sociedad, dirigida a la obediencia a los superiores y a los más antiguos, en el respeto de las reglas y las normas del sistema. Por otro lado las principales compañías del País cada mañana hacían recitar a sus dependientes a coro una especie de “plegaria empresarial”, inserta en una ritualidad ceremonial tomada en préstamo casi siempre de las formas perpetuadas en el senmon sōdō. De este modo la fusión entre “lugar religioso” y sociedad se convierte en una fusión realizada sobre la base de compartir el orden constituido, operativo por una parte desde una perspectiva tomada prestada del budismo confuciano y por la otra por una eficiente producción de bienes, con altos ritmos y alta calidad.

En el periodo que va desde la mitad del siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial, un ulterior elemento ha acrisolado las formas de aquello que es exportado desde Japón con el nombre de “zen”, aun siendo sobre todo el fruto de una cultura particular. A partir de la segunda mitad del siglo diecinueve la presión internacional, el orgullo nacional, la situación interna condicionada por el ejercito y por las clases (familias) ligadas a la tradición de los samurái, concurrieron con el fin de que Japón reclamase y ocupase una posición más consonante con aquello que desde su interior era considerado su verdadero papel y su colocación en la escala del mérito, de la fuerza y de la civilización en el el consenso mundial.

En aquella situación los exponentes punteros de la cultura pretendidamente budista y en particular Zen, monjes, maestros y otros prelados antes que el resto, con la excepción de poquísimas voces contrarias eliminadas con sutil y radical represión, no solo apoyaron el militarismo agresivo japones, sino que proveyeron justificaciones “teológicas” y culturales a tales agresiones. Sin faltar el proveer de hombres al servicio de la maquina bélica, tanto como combatientes indómitos y ejemplares, como “educadores religiosos” que debían forjar de forma coactiva a las masas de de los países conquistados en el nuevo verbo del Imperio de Sol Naciente.

Famosos maestros y predicadores se adhirieron, con un entusiasmo increíble para los budistas, al objetivo de sojuzgar con la fuerza naciones enteras; imperdonablemente confundieron el ser japones con el ser budistas llegando posteriorente a sostener que tan solo y únicamente Japón era depositario del verdadero budismo, por lo que su misión era restablecer la verdadera ley de Śākyamuni en los países que la habían perdido, o que no la habían tenido nunca, usando cualquier medio, incluso la guerra.

Dejando a los estudiosos de historia, filosofía de la política y antropología la profundización en un fenómeno así y las consecuencias de la superposición entre religión e intereses nacionales, es más importante aquí evidenciar que el budismo, y sobre todo aquella corriente budista que toma el nombre de “Zen”, no solo no justifica ningún acto de agresión, guerra o conquista, sino que por su misma naturaleza se coloca siempre fuera de cualquier interés particular, sea este de especie, de nación, de pueblo o de persona.

En nuestra época, los primeros occidentales que se dirigieron a Japón y que estuvieron en contacto con el Zen y sus estructuras llegaron a aquellas tierras tras la primera guerra mundial, pero fue solo al final de los años cincuenta cuando los primeros no japoneses comenzaron a ser admitidos y aceptados como discípulos. Obviamente eran desconocedores de la génesis histórica y religiosa que, en los cien años precedentes, había formado las personas a cargo de aquellos lugares, igual que también ignoraban su cultura y su perspectiva de las cosas. En suma, en lo que les era presentado y enseñado como Zen no estaban en condiciones de saber distinguir claramente lo que era hijo de la historia de aquella nación y lo que era en cambio la autentica enseñanza de Śākyamuni. Fue así como se originó la figura del “maestro zen”.

Los títulos honoríficos con los que muchos de los monjes japoneses de rango elevado eran llamados habitualmente en virtud del oficio que momentáneamente ocupaban, e independientemente de su efectiva inmersión en el Zen, cuando se traducen literalmente en lenguas occidentales suenan como “viejo maestro”, “muy reverendo maestro del zen”, maestro guía”, etc. La prosopopea y la convicción de estas personas, que encontraban a sus pies a los occidentales, a veces temidos, otras veces despreciados por sus maneras informales y por tanto bárbaras, junto a la cultura confuciana que impregnaba todo y por la cual cualquiera que tuviese algo que enseñar -sea el arte de limpiar las calles, gobernar un caballo o de vivir la vida- no solo debe ser tratado con deferencia y humilde sumisión por quién quiere aprender sino que puede pretender de sus alumnos, incluso con la utilización de artes coercitivas, el ser objeto de tales formas de respeto, hicieron que la actitud básica recibida, aceptada, interiorizada (y a continuación propuesta) por parte de los discípulos occidentales fuese una mezcla de hieratismo, despotismo, autoridad, disciplina y, a veces, hipocresía.

No estoy diciendo que todos los monjes budistas japoneses fuesen así, ni que ninguno estuviese en condiciones de mostrar el verdadero espíritu del Zen. Estoy reconstruyendo la génesis de un fenómeno, el origen de aquel extraño ser, del todo anacrónico y carente de efectiva realidad, que en Occidente es conocido como “maestro zen”.

Anteriormente a una reforma de la liturgia, realizada hace algunos años, durante el primer servicio de la mañana, en todos los monasterios y templos japoneses, se recordaban “las tres naciones” (India, China, Japón) que formaron vital y dinámicamente la tradición del Zen. Sin embargo, desgraciadamente, cuando el budismo Zen llega a Occidente lo hace como hijo de la tradición de una sola nación. Si, como ha sucedido hasta ahora, la forma de trasmitir continúa estando aplastada bajo el pensamiento y la cultura de una única nación, como si aquella forma fuese el contenido, de esa injusta superposición no nacerá ningún futuro.

No habiendo ninguna forma preconstituída en la eterna enseñanza sin patria, en caso de ser constreñida al gusto por una forma, al interés de una patria; compartirá tanto la estrechez como la génesis terrenal de esta. Perdiendo al mismo tiempo cualquier característica de vía de salvación universal.

Si en cambio llega a ser posible ver” el budismo, y el Zen en particular, por lo menos en sus tres formas geográficas principales, resultará evidente que ninguna de ellas es “la” forma, aun siéndolo cada vez, y será infinitamente más fácil capturar la verdadera naturaleza y regenerarla en nuestra vida sin ninguna necesidad ni tampoco ningún riesgo de imitar. Para realizar concretamente esta posibilidad de comparación es indispensable dar cuerpo, ahora, aquí en Occidente, a una seria cultura analítica del budismo y en particular del Zen.

A continuación de cuanto he dicho antes, entre los los años sesenta y setenta, en Europa y en los Estados Unidos, junto a pocas, poquísimas personas con la cabeza sobre los hombros y los pies en la tierra que practicasen el zazen sin ninguna arrogancia en particular, comparecieron los “maestros zen”. Es decir personas, japonesas y occidentales, que eran maestros en si mismos. Es decir que habían conquistado, habían recibido en algún monasterio o se había atribuido autónomamente ese  título y que por tanto, de una vez para siempre, poseían ese estatus y ese papel o, mejor dicho, eran ese rol. Obviamente el título estaba ligado a un conocimiento particular que los hacía tales a todos los efectos.

Son innumerables los abusos realizados por este tipo de personas. Muchas están actualmente en plena actividad y tienes decenas, en conjunto millares de seguidores.

Me he interesado en este fenómeno por que me ha impresionado siempre la disponibilidad de muchos para ser vejados, tiranizados por periodos de tiempo incluso muy largos por personas que cualquier observador imparcial reconocería como mediocres imitadores de pequeños escenas y rituales o, incluso, completamente improvisadas.

Siendo el “maestro zen” una figura ficticia, o un personaje que no puede existir más que por fantasiosa auto-proposición en ese rol, consecuentemente una persona que crea ser tal o ser legítimo poseedor de ese titulo no puede ser más que un iluso o un arrogante. Por lo que, independientemente del hecho de que sea consciente o no de aquello, no poseerá ningún “zen” a enseñar. Por tanto, desde aquel lugar, no habrá nada para ofrecer. Distinto del tener nada para ofrecer.

¿Cuales serán entonces las “mercancías” que aquella figura puede procurar y el talismán que la mantiene en su sitio?, es decir, ¿cual será el atractivo que le procura la adhesión incondicional de discípulos dispuestos (casi) a todo con tal de tenerlo cerca y cual es el sostén interior, la motivación que los hace proseguir en ese camino?

En el budismo Zen no existe la carrera de maestro. No existe un cursus honorum, un procedimiento, una escuela, un proceso o alguien que pueda hacernos maestros. Sin embargo, vistos los presupuestos históricos, culturales e iconográficos que ese título, ficticio hasta decir basta, conlleva, entiendo que pueda convertirse en objeto de un fuerte deseo. Por ejemplo, quien puede exhibir el título de maestro es, más o menos automáticamente, considerado un iluminado, detentador de un conocimiento inefable y superior, por tanto una persona a envidiar, imitar... Y pienso que precisamente ahí está la solución de este pequeño, en el sentido de ridículo, misterio.

Desde el momento en que alguien aparece sobre la escena exhibiendo ese título, representa una forma que nuestro deseo puede asumir como objeto. Por tanto, lógicamente, nos dirigimos a él para ser instruidos, con el fin de que nos haga llegar a ser como él es, o de que nos de aquello que tiene; un conocimiento superior e inexpresable. Pero todo aquello que esa persona tiene es solo a si misma, con ese título, y si hipotéticamente estuviese en condiciones de hacernos llegar a ser como él, esta necesidad sería el fin de eso que es, es decir el dominus incuestionable, el poseedor del título. Corre por tanto un solo peligro: no estando en condiciones de procurar una verdadera trasmisión no puede ser igualado mas que  en aquello que de forma fraudulenta representa, pero si lo igualásemos descubriríamos el truco y el juego se rompería en pedazos. La única forma en la que el juego puede continuar es no terminando nunca, es decir impidiendo que ninguno alcance el puesto que, revelándose inexistente, descubriría el engaño.

Un persona así, manteniendo la exclusiva sobre el rol que interpreta, perpetúa nuestro deseo de igualarlo, y nuestro deseo de ser como él lo refuerza en el suyo y a su vez este reforzarse suyo lo vuelve todavía más deseable. En este punto el proceso se alimenta de si mismo. Un poder inexistente, indicado por un título, por un cetro que es la única prueba, pone en marcha un juego cuya apuesta es nada, es decir, la exhibición del cetro mismo, que para tener valor debe de ser deseado por otros, por el mayor número de personas posibles. Parece una pesadilla.

El deseo respecto al camino que lleva a convertirse en “maestros” nos impide ver los límites de nuestro pequeño ídolo. La esperanza de estar un día en su lugar y de tener así a otros que desearán ser como nosotros confirma la importancia de nuestro estatus. Esto es lo que nos impide ver el servilismo en el que vivimos como lo que realmente es. De esa forma el único y real rasgo de unión es el deseo, y siendo un deseo hacia la misma cosa, es decir hacia el mismo rol, se basa inevitablemente sobre un conflicto latente que durante un tiempo, más o menos largo, se sublima en admiración reverente para después desembocar en lucha. Dejando a parte el caso en que el “maestro” muere de improviso, poniendo así las bases para una idolatría que permita a los otros gestionar el poder en nombre o por cuenta del difunto. Todas las relaciones de este género concluyen inevitablemente con grandes dramas, rechazos recíprocos, rencores y separaciones traumáticas; o bien evolucionan en situaciones en las que una de las partes acepta una eterna subordinación la que sin embargo, no comportando deseo o no aportando agua nueva a la relación, la paraliza. Estas variantes se resuelven sea como fuere en relaciones distintas a la dinámica inicial: asociaciones de distintos tipos, matrimonios a veces, relaciones desequilibradas cuya estabilidad está garantizada tan solo por la perduración del desequilibrio de partida de la relación sobre la que se basan.

En el así llamado ambiente del Zen occidental tales agregaciones -que en su desarrollo se convierten en pirámides, que vuelven a proponer en distintos niveles el mismo mecanismo basado sobre deseos convergentes que se confirman unos a otros- son numerosas, quizás numéricamente preponderantes respecto a las situaciones sanas. Sin embargo, incluso desde un simple examen lógico, debería revelarse la completa perversión de un conjunto como este de comportamientos, tanto desde un punto de vista genéricamente religioso como también desde uno específicamente budista. La conquista de un poder sobre otras personas, el deseo de exhibir un rol, un estatus o un particular conocimiento; atribuibles más al campo de las problemáticas individuales tendentes a los patológico que al ámbito de los objetivos religiosos, especialmente cuando es clara y evidente la ausencia de cualquier base real en todo el mecanismo.

Religión y religiosidad no pueden ser usadas como objeto de deseo ni, aun menos, como una apuesta dentro de un juego, so pena de su decadencia. Cuando cualquier cosa, incluso la misma conducción del juego, se convierte en una apuesta dentro de un juego de poder entonces los nombres religión o religiosidad vienen atribuidos ilegítimamente a un ámbito diferente de hecho.

Más clara aun es la ausencia de cualquier elemento en base al cual las dinámicas descritas puedan ser atribuidas a una lógica o a un ámbito budista. El budismo auténtico -por tanto el Zen- consiste en la práctica del camino que conduce a la extinción de todo afán y de todo dolor, es decir la realización concreta de la cuarta noble verdad iluminada con la luz de la primera, de la segunda y de la tercera. Esta vía es materialmente recorrida por quién renuncia, de una vez por todas e instante tras instante, a hacer del deseo la motivación que sostiene la acción, poniendo al zazen en el centro de la propia vida. Es la elección de vivir la vida sobre la base del zazen.

No se ve concretamente que tiene que ver con eso el plantearse o desearse como “maestro zen”, teniendo en cuenta que eso consiste precisamente en alimentar la más devastadora de las ilusiones: el deseo, en particular el de aparentar o el de dominar. Crear expectativas que suscitan deseos, para conseguir ventajas de la dependencia que esto provoca, es la activación de un mecanismo infernal. Es decir una fuente de agudos y larguísimos sufrimientos.

Es suficiente examinar con atención las indicaciones respecto a a la trasmisión de la vía dejadas por el maestro Dōgen, igual que las de los autores clásicos del Chan, el Zen chino, como también las enseñanzas contenidas en el recorrido de la tradición que antes fue hindú. Aparecerá claramente que la única posibilidad de carrera que existe en el Zen es aquella que nos permite convertirnos en discípulos.

Nunca ha existido ninguna justificación en pretender el sometimiento de otros, la obediencia o la subordinación. El espíritu manifestado por quién se ha encargado de cubrir encargos de responsabilidad ha sido siempre de servicio, amor por el prójimo, dedicación a los más jóvenes, ejemplaridad en el comportamiento personal hacia el propio maestro y, sobre todo, completa ausencia de auto-constitución en un rol abstracto. No puedo ser maestro ni en cuanto yo, ni por que así me haya instituido ningún otro. El único legítimo modo que tengo de considerarme, siempre, revistiendo cualquier rol o encargo, es ser, en cualquier ocasión, un discípulo; es decir una persona en formación sobre la vía y en sentido relacional discípulo de quien me ha precedido y me ha permitido entrar en el camino budista. Discípulo de cualquiera que tenga cualquier cosa que enseñarme a propósito de ese camino, sea el/ella más joven o más anciano, un objeto, una cosa o incluso un animal. Todo habla, sabiendo escuchar.

Si, en tanto que discípulo, he sido autorizado a aceptar discípulos, es de ellos, de su juventud y de lo precioso de su vida de lo que me debo de preocupar, pero no viéndome nunca como su maestro. El único modo legítimo de verme, si por cualquier extraño motivo quiero verme de alguna forma, es el de discípulo. El único rol con el que puedo presentarme es el del amigo cuidadoso y sincero.

En otras palabras, las relaciones fundamentales, por un lado hacia el propio maestro y por el otro hacia los propios discípulos, únicamente se dan en el plano del deber y del servicio, pero nunca sobre el plano del derecho o, por añadidura, de la pretensión.

Ello por un simple y cristalino motivo: la base de todo es mi real existencia en el zazen, es decir en el continuo y sistemático abandono de toda forma o convicción interior, en el volver a ser yo antes que ser de alguna forma. Ser discípulos se reduce a esto: no verse nunca completos. Porque quien se considera completo, para poderlo hacerlo, debe evitar hacer zazen; que es también el abandono de aquella idea de completud. Verse como discípulos quiere decir continuar recorriendo la vía. Sobre la cual no se aprende nada, por lo cual ninguno podrá nunca ser maestro de nada. Precisamente esta es la maestría en la que se puede tener experiencia, una maestría que solo se puede comunicar a quien no está interesado en obtener algo que no sea la paz del corazón.

El ser maestros en tanto que discípulos es un objeto de deseo que es difícil de proponer, por que significa no ser nadie en particular; es decir una persona común que intenta no desviarse y volver lo mejor que puede sobre el camino trazado por Śākyamuni.

Si alguien está verdaderamente interesado en ser un hombre o una mujer que lo hace lo mejor que puede en ese breve periodo entre el nacimiento y la muerte para no perderse en las tentaciones del mundo, no creo que exista ningún motivo para tratarlo con suficiencia o altanería, ni que él mismo tenga ninguna buena razón para ponerse a seguir y servir a una persona que promete algo completamente distinto a lo que busca.

Si bien todos nosotros tendríamos que haber sabido estas cosas, desde hace tiempo ya habíamos sido advertidos por una voz amiga: «... Y aquel que quiera ser el primero entre vosotros, se hará vuestro esclavo; exactamente como el Hijo del hombre, que no ha venido para ser servido, sino para servir...».


P.S.: no he olvidado haber dejado al viejo Uchiyama, postrado con la frente en tierra, sobre el vestíbulo de entrada de Nokein mientras nos alejábamos, turbados y con la cabeza llena de porqués.

Simplemente, ¿qué más podía hacer?

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Mauricio Yushin MarassiLa Via Maestra. (cap.II), Ed. Marietti, 2005

La trasmisione di una tradizione autentica nel paradigma del buddismo Zen
Traducción, Roberto Poveda
Fotografía, Internet

lunes, 13 de febrero de 2012

Esconder la luz y ocultar las huellas. Éric Rommeluère



“Esconder la luz y ocultar las huellas”, tôkô kaiseki, o incluso binseki tôkô, una variante con el mismo sentido, es otra fórmula zen que invita a la invisibilidad. El sabio chino quiere alejarse del mundo, abandonar los caminos trazados por los hombres. Penetra en las verdes montañas y los valles profundos y cabalga en el viento. El taoísmo influenció intensamente al primer zen de la época Tang (ss. VII-X). La metáfora está tomada de esta antigua tradición china, que lleva el arte del ocultamiento y la ligereza a su cumbre. Ya Laozi (Laotseu) dice en el Daode jing: “Aquel que sabe andar no deja huellas.”


La escuela llamada “la montaña de la Cabeza de Búfalo” (niutoushan), una de las primeras corrientes del zen chino relacionada, sin duda a posteriori, con el cuarto patriarca Dayi Daoxin (580-651), había hecho de la desaparición un ejercicio espiritual. La corta biografía de uno de sus maestros, un cierto Zhongshan Yuncui (ss. VII), informa simplemente sobre este último que “ocultó sus huellas sobre el monte Zhong donde pasó numerosos años”. Todo lector chino comprende que evidentemente este Yuncui se retiró a una ermita solitaria sobre el monte Zhong. La escritura china es escueta. En solamente dos palabras, “ocultar sus huellas”, dice sin embargo más que el simple aislamiento físico. La metáfora sugiere una manera de ser en la que nadie sabría distinguir lo que destaca del abandono exterior y del abandono interior.

A pesar de que el budismo hindú subraya la necesaria dimensión comunitaria, el budismo chino es heredero de un taoísmo fundamentalmente individualista. Para todos esos monjes el eremitismo parecía natural. Se internaban en las montañas y en los valles, donde permanecían largos años sin ver a un solo ser humano, teniendo por únicos compañeros los pájaros y las bestias salvajes.

Después de haberse convertido en monje, Fayong (594-657), que se convirtió en el primer patriarca de esta escuela niutoushan, se estableció en una gruta al pie de la montaña Cabeza de Búfalo. Bastantes años más tarde el maestro zen Daoxin, que buscaba un “hombre del dao” - la expresión se ha retomado en el zen – tuvo noticias de que un cierto Fayong, denominado “el perezoso” por los monjes del templo vecino, vivía solo en la montaña. Evidentemente esta pereza era enteramente taoísta. Si Fayong obscurecía sus huellas de esa forma sin duda debía ajustarse al dao. Daoxin fue a su encuentro y le trasmitió su enseñanza. 

En China, como en toda sociedad tradicional, el individuo se insertaba en una red de relaciones y obligaciones familiares, sociales y políticas que lo confinaban en su posición. “Salir de la familia”, shukke (el término designa al monje o al renunciante budista), ocasionaba una ruptura radical con la identidad social, ruptura que no dejó de plantear dificultades en la implantación del budismo enExtremo-Oriente. El monje se rasuraba la cabeza, cambiaba de vestidos, adoptaba un nuevo nombre, otros tantos signos que manifestaban su desarraigo de todas las representaciones sociales (incluso si evidentemente reencontraba una posición en el monasterio, además de que la sangha, la comunidad de monjes, terminó por ocupar un lugar esencial en la sociedad china).

Bajo las dinastías Song (ss. XI-XII), los monjes vivían a veces en grandes comunidades y el término mismo de obscurecer las huellas llegó simplemente a designar el ideal del monje que se separaba del siglo. En un pequeño libro consagrado a las reglas monásticas Dôgen escribió por ejemplo: “Los hombres del pasado vivían en lejanas montañas y practicaban en apartados bosques. No solamente las ofrendas eran raras sino que también habían abandonado todas las relaciones. Vosotros debéis estudiar su aspiración a cubrir su brillo y a obscurecer sus huellas” (Reglas para la segunda sala de monjes). Desde su propia perspectiva los monjes no rechazaban el mundo de los hombres, rechazaban simplemente conformarse a sus expectativas, al deseo de agradar, al de ser conocido. Rechazaban vivir a través de las imágenes que les imponía el  mundo.

Preferían desertar para profundizar lo esencial y excavar en ellos mismos un camino hacia el corazón [...]

Oscurecer las huellas no consiste simplemente en sustraerse del mundo para comprometerse con la vía, más radicalmente todavía, se trata de morir a las propias representaciones, incluida la de ser budista. Huike (487-593), Eka en pronunciación japonesa, fue el segundo patriarca del zen chino y el sucesor de Bodhidharma. Su biografía informa de que meditó durante años,  hasta que un día, en el transcurso de una meditación, tuvo la visión de un espíritu que le ordenó dirigirse al sur. Una tarde de invierno llegó por fin al templo de Shaolin, donde residía el austero Bodhidharma. Este no le autorizó a entrar. Eka permaneció fuera bajo la nieve que caía en grandes copos. Al alba Bodhidharma lo reencontró en el frío, sepultado bajo la nieve, Huike le suplicó nuevamente que le acogiera pero Bodhidharma le trató de nuevo con aspereza. Para mostrar su determinación Huike se cortó entonces el brazo izquierdo. Finalmente Bodhidharma le autorizó a entrar. La anécdota, más simbólica que histórica, es famosa. Después de muchos años de profundización Bodhidharma le trasmitió su ropa monacal, su kesa, como prenda de su reconocimiento. A continuación Huike prosiguió la tarea de su maestro. Después de haber trasmitido la ropa de Bodhidharma a su discípulo Sengcan se dirigió a la ciudad de Ye donde enseñó durante treinta y cuatro años. Después repentinamente “hizo borrosas sus huellas y sus actitudes cambiaron”. Ya no se ciñó más a las actitudes esperadas en los monjes, se hizo libre, yendo y viniendo por lugares infames e impuros, en contra de todas las reglas de decoro budistas. No dirigía un templo, se contentaba con enseñar en el umbral de un monasterio (la gran puerta es el edificio de entrada), no del todo en el mundo profano, ni tampoco del todo en el mundo sagrado. Mantenerse en el intervalo era sin duda una manera de no estar atrapado por uno u otro mundo, de no escaparse, de no sucumbir. Pero no se suele perdonar a aquellos que escogen lo indefinible. Víctima de la envidia Huike fue finalmente asesinado.

Tocamos aquí el punto último de la enseñanza del zen: ¿Cómo acercarse lo más cerca de lo invisible?



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De un fragmento de Les buddhas naissent dans le feu 
de Éric Rommeluère, Seuil, Paris-2007

Traducción y fotografías: Roberto Poveda

jueves, 7 de abril de 2011

Vivir con el todo que vive. Koho Watanabe

Koho Watanabe se convirtió en monje de la tradición Soto del budismo zen japonés apenas terminada la escuela superior. Tras encontrarse con un maestro muy famoso en Japón, Kodo Sawaki, se dirigió por indicación de este último al monasterio de Antaiji, situado en Kyoto, siguiendo por más de diez años la enseñanza del abad de entonces, Kosho Uchiyama. En 1975 Uchiyama se retiró del cargo de abad, dejando como sucesor suyo a Watanabe, el que, como primera decisión, trasfirió el monasterio de Antaiji desde Kyoto, convertida para entonces en una ciudad caótica, a un valle aislado, situado en las montañas que dan al mar interior de Japón, frente a Corea. La nueva localización se decidió también para configurar un estilo de vida comunitario basado, además de sobre el zazen y sobre el estudio, sobre el trabajo físico, de forma que la fuente del sustento de la comunidad fuese el trabajo de los monjes y de los residentes. A finales de 1987 el abad Watanabe decidió a su vez dejar el encargo a un sucesor suyo, y dirigirse a Italia, junto a tres monjes y discípulos italiano que habían residido largo tiempo en Antaiji. Tras cinco años de residencia en nuestro país, una grave enfermedad obligó a Watanabe a volver a Japón. Superado el momento más difícil y conseguida la curación completa, Watanabe es actualmente el superior responsable de Shorinji, un templo situado en la región centro oriental de Wakayama.
 

Durante el trascurso de un viaje colectivo a Japón, realizado en verano de 2004, para un encuentro cercano con la cultura y la religión de aquel país tuvo lugar un encuentro con Koho Watanabe, antes abad del monasterio zen de Antaiji. Al término de una introducción suya, hubo un intercambio de preguntas y respuestas, del que ofrecemos a continuación la trascripción de parte de aquel coloquio.
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Vivir con el todo que vive 

Una entrevista a Koho Watanabe


 

Pregunta. ¿Porqué es tan importante el encuentro entre budismo y cristianismo? ¿En qué sentido una religión puede entregarse a la otra?

Respuesta. Es importante aclarar el sentido de este encuentro porque de otra forma se pierde el sentido. En aquello que me respecta este encuentro ha sucedido de este modo; cuando me hice monje deseaba estudiar el Shobogenzo, un texto fundamental escrito por Dōgen, fundador del monasterio Eiheiji. Una vez revelada esta intención a mi maestro me respondió que si quería verdaderamente estudiar el Shobogenzo debía al mismo tiempo estudiar también la Biblia y me  regaló un ejemplar. Hoy hace cincuenta años que estudio juntos el Shobogenzo y la Biblia. Esto es para mi el encuentro entre budismo y cristianismo.
En el pequeño país donde resido ahora, casi nadie conoce nada del cristianismo. Dado que saben que he vivido en Italia me plantean preguntas sobre el cristianismo. A menudo se me ocurre contestar con esta imagen, digo que la luna que se ve en Italia y la luna que se ve en Japón es siempre la misma luna.

P. ¿Porqué ha desplazado el monasterio de Antaiji desde Kyoto, trasfiriéndolo a la montaña? ¿Quizás para poner una distancia entre el monasterio y el mundo? ¿Qué relación existe entre la vida de la ciudad y la vida de un monasterio en la montaña?

R. El motivo de trasferir el monasterio no está en el hecho de que deseáramos alejarnos de la ciudad, sino por que queríamos crear un ambiente distinto de aquel existente actualmente en el budismo institucional, donde una mentalidad demasiado rígida no permite ninguna forma de renovación. Deseábamos por contra separarnos de esta mentalidad y crear un ambiente en el que fuese posible realizar una forma de práctica del modo más desnudo y esencial posible, distante de cualquier institución religiosa. En un ambiente así la práctica religiosa y el trabajo son una única cosa, se práctica utilizando el cuerpo, luchando al mismo tiempo en el trabajo propio. La idea es que las personas que practican zazen se procuren el alimento con el trabajo. Solo de este modo la práctica no está separada del cuerpo y no se convierte en un acto puramente formal o intelectual, distante de la realidad cotidiana.

Es importante preguntarse que es lo que significa creer en Dios, en el ámbito cristiano, o seguir a Buda, en el ámbito budista. Hay quién considera que la práctica consiste en venerar una estatua del Buda puesta en la sala de meditación. No solo no es así, sino que hay que prestar atención a que de esta froma no te conviertes en budista.  Dōgen dice que la voz y el aspecto de Buda se encuentran en el color de la montaña y en el sonido del río que desciende al valle, refiriéndose precisamente al Buda histórico, a Shakyamuni. Hacer esto no es fácil viviendo en la ciudad. Por este motivo es necesario alejarse de la ciudad, al menos por un cierto período, y verificar en persona que el Buda no es un pensamiento, una idea o un sentimiento, sino que es precisamente el color de la montaña y el sonido del río.

Se trate de Buda o Dios la cuestión principal es la misma, siempre: encontrarlo en la realidad de la propia vida cotidiana, en el estilo de vida que se sigue. Mientras se piensa en venerar un personaje que ha vivido hace dosmilquinientos años, representado por esta o aquella estatua, nos equivocamos de meta. “Emmanuel” [Otro nombre para Jesús, ver Mateo 1:23 n.del.t.] en el contexto cristiano quiere decir que Dios está con nosotros y vive con nosotros, exhortándonos a encontrarlo en la realidad cotidiana. Esto quiere decir hacer nacer de nuevo a Dios, hacer nacer un nuevo Buda, renovar completamente nuestra vida.

P. Durante estos días hemos tenido la ocasión de encontrar varias personas y hablar con ellas. Pero es bien visible la dificultad en estos encuentros de que las palabras no alcanzan siempre a trasmitir plenamente nuestra experiencia, nuestra vivencia, igual que las respuestas que recibimos. Quizás también el mismo dialogo inter-religioso sufre de este límite y de esta dificultad. Entonces: ¿Cuando el diálogo es verdaderamente religioso?, ¿cuando ayuda a descubrir nuestra naturaleza más íntima, evitando el peligro de convertirse en un diálogo entre especialistas de las religiones, para ser en cambio un verdadero diálogo con la vida?

R. La religión es encontrar dentro de si la relación íntima con la propia naturaleza y esto no se le pregunta a alguien. Ciertamente puede suceder que al principio de la propia búsqueda se pidan consejos o explicaciones a otros, pero la esencia es la relación consigo mismo. La relación con la propia vida no se aprende de otro, sino que se encuentra al interior de la propia vida.

Es importante profundizar la fe, pero no en el sentido de añadir nuevos elementos y convertirse en mejor o estar más instruido en materia de budismo o de cristianismo, poniendo junto un poco de esto o de aquello, sino a la inversa cortar todo aquello que es externo y superfluo, para tener una relación directa consigo mismo.

Mi modo de contribuir al diálogo religioso no consiste en ninguna actividad particular, no participo en convenciones o conferencias, no me encuentro con este o aquel personaje, porque para mi todas estas cosas están privadas de sentido. El encuentro sucede en la vida entre personas vivas. Para mi contribuir al diálogo significa ante todo estudiar cada día el Shobogenzo y la Biblia, para aprender a convertirse en Buda, para convertirse en uno con Dios. Es como observar las cosas con dos ojos en vez de con uno solo.

P. Este diálogo interior, vivido en la propia intimidad, a menudo comporta una ruptura con las instituciones oficiales y con su modo de plantear la religión y de interpretar los textos sagrados. Esto es verdad sobre todo en un ambiente católico. Me parece que este momento de distanciamiento y ruptura es un paso obligatorio para quién sigue un recorrido interior.

R. Liberarse de la enseñanza impuesta por las instituciones religiosas no es solo un aspecto particular del propio camino, sino que debe ser seguido con decisión y hasta el fondo. Nos debe de liberar de una lectura precedente instituida por otras personas, la religión es y debe permanecer como una experiencia personal.

El objetivo por el que he ido a Italia con otros monjes no era el de crear una nueva institución religiosa y ni siquiera la idea de enseñar a los italianos a practicar zazen y estudiar el budismo, sino únicamente arrojar aquellas semillas que permitiesen a las personas profundizar la búsqueda de si mismos.

P. ¿Como se sitúa la búsqueda interior en una perspectiva de grupo, hoy que la situación mundial -occidental en particular- es tan difícil?

R. Los grupos, incluso aquellos numerosos, están siempre compuestos por personas. Es importante que cada uno haga un recorrido de búsqueda interior para aclarar el sentido del encuentro, de otra forma nos reunimos solo por un sentido de pertenencia, sin saber bien donde se está yendo. Esta es precisamente la configuración de la sociedad occidental contemporánea que, en cambio de mirar a la búsqueda interior, ha apuntado sobre el desarrollo económico, con el resultado de que las personas no saben bien donde están yendo.

Recientemente han sido las elecciones políticas en Japón, una mujer que se presentaba en mi circunscripción sostenía que la búsqueda interior no es suficiente y no puede sustituir la búsqueda de la riqueza material y económica, que es perseguida a través del trabajo. Yo estoy convencido de lo contrario, hoy Japón ha alcanzado un notable nivel de desarrollo económico, pero las personas lo han hecho en detrimento de la búsqueda interior.

La función de la religión es precisamente la de indicar la vía para la riqueza interior, el encuentro personal con Dios, con el Buda es importante, después es necesario esforzarse para testimoniar y trasmitir esta experiencia a quien está cerca.

La riqueza interior no se desarrolla siguiendo formas estereotipadas, litúrgicas, sino haciéndola convertirse en vida vivida. En Japón una ceremonia fúnebre dura una hora y media, yo la hago durar quince minutos, sin seguir escrupulosamente los preceptos, porque considero más interesante hablar con los parientes y los amigos del difunto sobre el significado que tiene la muerte y por tanto también la vida. No me pongo a enseñar, sino que simplemente hablo junto con ellos. En vez de estar leyendo discursos que ninguno comprende, prefiero hablar sobre el sentido que tiene el momento que estamos viviendo.

P. ¿Hay diferencia si la búsqueda interior es hecha solo o en grupo?

R. La búsqueda interior no está nunca separada del otro, es un recorrido individual pero implica siempre a los otros. En la tradición sintoísta, por ejemplo, se hace una vez al año una peregrinación a ochenta y ocho sitios distintos, de esta peregrinación se dice que se hace solos, pero al mismo tiempo acompañados. El individualismo es un producto típico de la sociedad occidental. Si interpreto en este sentido la frase de S. Pablo que dice “yo estoy libre de todos”, seré llevado a pensar que es una invitación al individualismo. En el budismo, en cambio, el objetivo es el de liberarse también de este yo, para encontrar una unión con el todo. Personalmente no invito a confiarse a cualquier otro o a excluir a nadie, se trata en cambio de entender que cosa quiere aprender uno de la vida y desde allí buscar las personas y las cosas que pueden ayudarnos a alcanzar el objetivo. No es cuestión de guiar ni de ser guiados, en el budismo no hay ni maestro ni discípulo, sino que se trata de pensar juntos, incluso si es muy cómodo dejar a cualquier otro indicarnos el camino. Lo importante es no dejarse arrastrar por las emociones, por las sensaciones, por los pensamientos. Si ahora pienso que tengo hambre y que es hora de comer, termino por perder el contacto con la realidad presente en la que nos encontramos todos juntos.

P. Una pregunta quizás un poco particular: ¿La alusión que encontramos en S. Pablo al “Todo” es válida también para el budismo?

R. El “Todo” del que habla S. Pablo es toda la realidad, incluidos nosotros. En el budismo el “Todo” es la realidad que encontramos y toma cuerpo instante tras instante, a condición sin embargo de vivirla completamente.

En el libro de Job se habla de enfermedades y de desgracias que alimentan la duda sobre la bondad de Dios y de sus designios. Cuando Dios se manifiesta y responde a las dudas de Job, no hace otra cosa que subrayar que Él es lo que es, ese Todo que encontramos en la vida, instante tras instante, enfermedades y desgracias incluidas.

En un cierto sentido mi experiencia es similar a cuanto ha experimentado Job. Una vez tomada la decisión de dejar el monasterio del que era abad y de dirigirme a Italia con la intención de permanecer toda la vida, a raíz de unos exámenes clínicos supe que tenía pocos meses de vida a causa de una grave enfermedad. Todavía estoy aquí, pero si entonces hubiese pensado que la enfermedad es distinta de Buda, nada más que una desgracia, la habría maldecido por que habría quebrantado mis proyectos, pero haciendo eso habría terminado por perder la dirección; en cambio la he considerado como una manifestación del Buda, un signo de la gracia -como enseña la Biblia-, que es aceptada y usada como enseñanza en la vida, porque la vida es imprevisible.

P. ¿Pero entonces que relación enseña a tener el budismo con la muerte?

R. En el budismo se dice que todo aquello que nace muere después. Desde esta perspectiva la forma extrema de falta de fe consiste precisamente en rechazar morir. Es precisamente porque sé que moriré que leo la Biblia, busco el encuentro con Buda y practico zazen. Si fuese en cambio inmortal, esta búsqueda no tendría ningún sentido para mi.


Entrevista y reseña biográfica realizadas por "La Stella del Mattino"
Fotografía y traducción al castellano, Roberto Poveda

viernes, 4 de marzo de 2011

El zen y el 68. Mauricio Yushin Marassi


El actual imaginario occidental, respecto al Zen, esta en buena parte formado todavía por la imagen creada por el el prof. D.T. Suzuki. Este autor pone fin, aparentemente, a la época de las suposiciones. Su obra se considera que no “habla del” Zen, sino más bien que es el Zen mismo. Por parte occidental esto sucede sobre todo por un motivo, me refiero al que Umberto Eco (Cfr. U. Eco, “El zen y Occidente” en Opera Aperta, Bompiani) ha definido como la “vocación de Occidente”, es decir la exigencia, en nuestra cultura, de representar el mundo en un orden legible para el intelecto, una especie de obligación de explicar, con el fin de que todo sea comprendido. El conjunto de la obra del prof. Suzuki, por su propio aspecto y naturaleza, “dice todo” del Zen y por lo tanto puede dar lugar a la ilusión de definirlo. En esta involuntaria trampa parece haber caído, al menos en la época de la obra citada, el mismo Eco que, en efecto, también llama Zen a situaciones muy alejadas de él porque, habiendo visto y entendido el Zen, puede hablar de él como de una entidad, describir las características y por lo tanto identificar analogías con situaciones, momentos, "...epifanías-contacto...".

Hay que dar crédito, sin embargo, al profesor Eco, no solo por haber comprendido aquello que es comprensible en relación al budismo Zen sino, sobretodo, por haber visto muy oportunamente (el ensayo sobre el Zen inserto en Opera Aperta es de 1959) la mistificación auto-referencial del grupo de la generación beat, Jack Kerouak, Timothy Leary, Ginzberg, Borroughs, Ferlinghetti: Los beatniks utilizan el Zen como denotación de su propio individualismo anárquico ...

Sin embargo, también en este autor, probablemente contra sus mismas intenciones, del enfoque describiendo un objeto determinado, en cierta medida fijo y que necesariamente es una representación arbitraria, deriva el haber creído, por ejemplo, que el satori, la iluminación, es "... ver el mundo... tomado directamente" o bien que los mondô, los diálogos transmitidos por la tradición, sean “interrogaciones de respuestas absolutamente casuales...”

Eco, tal vez, no podía ir más lejos, pues sus principales fuentes, ampliamente citadas por él, A. Wats y particularmente D.T. Suzuki, no ofrecían más. En esta obra, mientras que hay formidables instrumentos de atracción e introducción a la enseñanza de la escuela zen, no está el Zen de la tradición clásica, el de Eihei Dōghen, Lin-chi, Bodhidharma, Nagarjuna y Mahakasyapa, en todos los casos irreducibles a cualquier libro. He aquí que aspectos de religiosidad importantes para cualquier hombre, pero, sin embargo, marginales en la absoluta peculiaridad del Zen, como el conocimiento del milagro de la vida, o estereotipos comportamentales como “...el sereno y afectuoso comportamiento del verdadero iluminado...” se convierten el el Zen mismo o en su imagen.

Considerando la actitud con que han sido leídos los libros del doctor D.T. Suzuki y viendo la facilidad con la que están llenos de afirmaciones y definiciones los millares de sitios de Internet dedicados al Zen, pienso que persiste entre nosotros occidentales el ansia de hacer entrar al Budismo, e incluso al Zen que es la propuesta más ilimitada de este, en algo que esté ya contenido en nuestro legado cultural o que sea comprensible con los instrumentos proporcionados por este: la razón, las categorías filosóficas, la teología, el psicoanálisis, la ciencia. Más recientemente los mismos mecanismos han intentado proponerse, después de un maquillaje exótico más o menos refinado, a través del conocimiento de una lengua, de una cultura, de una técnica, presentadas, con un fuerte componente sacro, como contenidos expresivos del Infinito.

Al mismo tiempo, una gran parte de la iglesia de la cristiandad católica que se quisiera encarnación viviente de la religión que propone el paso por el ojo de la aguja de la completa acogida del tú, del hermano, del otro, hasta hacerse completamente y serenamente invadir por este otro; con este mundo hermano que es el Budismo, sigue procediendo con una altanería para nada fraterna, más parecida a la molestia de quien se ocupa, por necesidad histórica, de algo que de buena gana habría ignorado con suficiencia. Esto es aun más doloroso para quién, nacido y educado en Occidente, reconoce la propia identidad y su matriz en la respiración, en la cultura de esta parte del mundo, incluso habiendo tratado de calmar en otro lugar la sed de la su propia alma. Como si ese buscar en otro lugar hubiera sido una traición, a sancionar con la acusación de apostasía, acompañada por el rechazo de la nueva espiritualidad madurada.

En un libro de religiosidad que ha tenido mucho éxito editorial en los últimos años se puede leer: «La iluminación experimentada por Buda se reduce a la convicción de que el mundo es detestable […] El budismo es en gran medida un sistema ateo […] el llamado nirvana, es decir un estado de perfecta indiferencia respecto al mundo […] Salvarse quiere decir ante todo liberarse del mal, volviéndose indiferente hacia el mundo que es fuente del mal. En eso culmina el proceso espiritual» (Cfr. Juan Pablo II, Varcare la soglia della speranza, Mondadori 1994, 95 s.)

En los años sesenta/setenta del siglo pasado, después de una llamarada ideal tan intensa como "el sueño", para quienquiera que tuviese uno, parecía al alcance de la mano (y esta fue, entre muchas, la época más bella). Después, de repente, la antigua fatiga del vivir cotidiano emergió ineludible y se abatió una tempestad de arena sobre los eslóganes y sobre el ya agotado deseo de soñar con la felicidad a la vuelta de la esquina. Fue una ardiente desilusión colectiva. Una implosión de cuya sucesiva fuerza de expansión partieron varios tipos de esquirlas. El desvanecerse de un mundo de sueños engendró otros, y esta vez no faltaron las pesadillas.

El fracaso de la utopía trasladó rápidamente la frustración de lo social a lo privado. El mundo de las relaciones, no proporcionando respuestas fundamentales, decepcionando cruelmente expectativas que parecían más reales y legítimas por el hecho de estar compartidas por millones de corazones, ya no contenía ni proporcionaba más “sentido”. El sentido tuvo que ser buscado fuera de las relaciones, dentro del hombre. Pero no en el aquí y ahora de los días cotidianos sino en otro lugar que los transfigurase, que ajusticiara la banalidad y mezquindad de la vida, sumergiéndola en un baño de misterio y de sacralidad. La nueva ilusión fue que era posible salir de casa.

Todo eso era realizable con una sola condición: que la meta del viaje, del peregrinaje, fuese Oriente. Gracias al largo trabajo que, desde inicios de siglo, por mil arroyos (Spengler, Hesse, etc.) favoreció la convicción de que el Buscador debía dejar el ya marchito Occidente si quería encontrar su Grial, el fracaso del sueño de una generación, se convirtió para algunos en la confirmación de que el error, como un nuevo pecado original, había estado perpetrado irremediablemente por las generaciones que le habían precedido, y que solo se le podía poner remedio en aquella tierra fabulosa donde el conocimiento brotaba abundantemente y se podía coger fácilmente, desbordando casi en cualquier sitio.

Los precursores ya habían vuelto esparciendo maravillas, Kerouak estaba cubierto con el manto del satori, de la iluminación, de la transgresión y el exceso. Irse se convirtió en una urgencia. Irse era la respuesta. Algunos no han vuelto nunca. Para no perder la ilusión han buscado fijarla para siempre con sustancias embriagadoras a las que todos, casi todos, miraban con tolerancia, si no con simpatía. Y ese siempre, ese fijar, se ha convertido en el siempre y la fijeza de la muerte.

Para quién viajaba por medios terrestres era directamente perceptible e inminente la inmensa vastedad y complejidad de los territorios y las culturas que comienzan en la puerta del Bósforo. Esa enormidad, que un avión anula aparentemente en unas pocas horas, asusta a quién se sumerge decidido a buscar y encontrar.

No asombra entonces que, con el pasar del tiempo, muchos hayan perdido la orientación permaneciendo prisioneros de aquel Oriente en el que buscaron la libertad suprema. Capturados por su liberación privada. Como si toda la riqueza de aquellas culturas, en un relámpago deslumbrante, hubiera hecho olvidar lo que cualquier novicio sabe reconocer con sencillez: cualquier forma cultural puede ser válida para expresar la enseñanza del Buda Shakyamuni, pero no es en si misma esa enseñanza.

Cada forma particular de iluminación (dejo el término "iluminación" porque así está en el texto por mí escrito hace unos diez años, ahora en las mismas circunstancias uso "despertar." MYM) es una forma particular de ilusión. Ciertamente, el mundo de la iluminación y el de la ilusión no son dos, por lo tanto, en realidad, cada iluminación en su existir vive de la naturaleza misma de la ilusión. Pero sería autolesivo pensar, por ello, que iluminación e ilusión sean la misma cosa o, incluso, que la iluminación no exista puesto que no hay una fórmula que la represente.

Hay que reconocer con humildad y realismo que, mientras que en aquellos países donde el Zen ha vivido durante siglos algunas formas tienen un sentido profundo, este "sentido" no es exportable contenido en esas formas. El vestir túnicas o ropajes al estilo chino, tibetano, coreano o japonés, afeitarse el pelo, practicar complicados ceremoniales o la lectura de textos en lenguas muertas no nos acercan (ni nos distancian) un paso de la verdadera enseñanza. Sucede justo así cuando creemos que en esta o aquella forma particular está contenido el Budismo, el Zen, precisamente entonces formamos la obstrucción que nos impide ver esa enseñanza. Cuando el partir se concretó en los primeros itinerarios, proyectos, despedidas, cartas desde sitios hasta a ese momento considerado inalcanzables, retornos imprevistos de ojos que parecía que hubieran visto lo invisible, se produjo una especie de efecto avalancha que enmarañó las motivaciones más dispares. En aquel viaje, para muchos auténtico arquetipo del viaje iniciático, un gran número de peregrinos se volcó en el misterio del Oriente.

Algunos tropezaron con maestros que los aseguraron sobre el hecho de que el Budismo era justo lo que ellos imaginaban, querían que fuese. Así, muy contentos de evitar el peligro de tenerse que desnudar completamente de su amada visión particular, se contentaron mitificándoles para hacerles parecer, a si mismos y a los otros, lo más grande posible. Otros no se rindieron ante la realidad, no aceptaron reconocer que la Vía que conduce a la superación del sufrimiento, a la redención, a la libertad absoluta, pasa precisamente por el sufrimiento, sin rechazar de este ni siquiera una brizna, y descubrieron el Budismo en esta o en aquella práctica, en esta o aquella forma, con la que, haciéndose expertos, se hacían maestros. Repitiendo (en este caso también con una posible merma de la buena fe) en forma exótica, la tentativa de encerrar el Zen en la jaulita de nuestro zoológico mental, para poderlo exhibirlo, enseñarlo, con la seguridad de no equivocarse. Ignorando, u olvidando, que justo cuando se cierra por fin cuidadosamente la puerta, creyendo poseerlo, sólo hemos puesto bajo llave la piel reseca y polvorienta de la serpiente. Qué se ríe en otro lugar. A lo mejor precisamente en aquella piel.

El sueño de esperanza que, como un muelle, había proyectado tantas "almas bellas" a la India y al Nepal, al extremo Oriente después, no preveía que hiciera falta trabajar o sufrir todavía mucho para conseguir aquello que, se creía, era suficiente desear para conseguir.

Para quien pensaba haber huido de la cruz de Cristo y de aquella aun más pesada cargada sobre los hombros, ya en la infancia, del penitencialismo eclesial, una nueva Vía significaba sobre todo una vía moderna, es decir fácil. Nació una camino hacia Oriente recorrido por elegidos que se alentaron unos a otros porque, no habiendo nada que aprender, ya lo sabíamos todo. Los orientales no fueron menos. Pocos religiosos se resistieron a la lisonja de aquel verdadero río de discípulos que se dirigieron a ellos con una admiración llena de expectativas y que provenían precisamente de aquel mundo que hasta ese momento los había humillado, conquistado, golpeado con la fuerza de la economía y de los ejércitos, imponiéndoles después su cultura y su religión. Eran los hijos de los vencedores que aceptaban ponerse bajo la guía de los vencidos. En muchos casos el dinero, el milagro de la fama y un poder mundano efectivo, agigantado por los medios, hizo el resto.

En Japón, durante mucho tiempo, la apariencia arrogante, o astuta, o incomprensible, o irreverente del maestro del templo, incluso su potencia sexual, fueron la medida para valorar, entre nosotros occidentales, su grado de iluminación: «Hace muchos años, personas provenientes de todo el mundo se reencontraron en Kyoto para practicar el budismo. Algunos se dirigieron al templo de la Paz o de la Tranquilidad, desplazándose luego al templo de la Gran Virtud, visitando después el templo del Sutil Conocimiento. Las conversaciones entre nosotros eran: “He estado conversando con el abad del templo de la Completa Nada. ¡Come carne y regaña a los monjes, no puede ser un iluminado! - Te entiendo, también el del templo del Gran Bostezo no es gran cosa. Ha empezado enseguida a hacerme preguntas sin sentido, como: ¿Porqué quieres hacer zazen? ¿Porqué has dejado a Cristo? Ciertamente no es un verdadero Buda. En cambio, el maestro del templo de la Santa Rarefacción, debe de ser verdaderamente un iluminado. Aunque no sabe inglés ha entendido todo lo que le he dicho y me ha ofrecido macha excepcional (te en polvo, usado en la ceremonia del te). Llamábamos a este modo de hacer "saltar entre los templos” ...» ( Daitsu Tom Wright. Comunicación inédita del autor)

La época de la que habla el profesor Wright es la de finales de los sesenta, comienzos de los setenta. Desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero parece que el budismo occidental sea la zona de este mundo que más necesita el budismo para salir de un malentendido, ahora ya memorable. Tan arraigado que ya no se le reconoce, como quién en sueños teme mirarse al espejo porque esto lo haría desaparecer. Y sin embargo precisamente en este desaparecer, que no es extinguirse, en este ser sin parecer y sin un orden fijo, está la auténtica propuesta de libertad llamada Zen.