miércoles, 7 de octubre de 2009

Variaciones sobre un poema de Ryôkan. Éric Rommeluère

Éric Rommèluere nos habla de zazen, la meditación zen, a partir de un poema de Ryôkan (1758-1831), el monje zen, poeta y eremita, que prefirio reunciar al puesto de abad del templo en que se formó, Kosho-Ji, con el maestro soto Kokusen, viviendo en una pequeña cabaña cerca de su pueblo natal (actualmente conservada y venerada por los japoneses. Ver foto), en las laderas del monte Kugami, viviendo de la mendicidad, practicando zazen, jugando con los niños, bebiendo sake con los aldeanos y componiendo poemas.


Transcribo el poema original de Ryokan, así como su traducción al español a partir de la versión francesa realizada por Éric Rommeluère.

我昔學静慮 
微微調氣息
如是經歳霜 
殆到忘寝食
縱得安閑處 
蓋縁修行力
爭如達無作 
一得即永得


En otro tiempo estudié la meditación
Regulando delicadamente el aliento
Pasé años de esa manera
Hasta el punto de olvidarme de comer y dormir
Incluso si alcancé la inactividad
Sin duda no se debió sino a la fuerza de mi práctica
Mas, ¿en qué sería eso comparable a alcanzar el no hacer
El cual, una vez logrado, se logra para siempre?

En esta primera entrada Éric Rommeluère reflexiona sobre las dos primeras estrofas del poema.

(Fuente: el blog de Éric Rommeluère, J'ai deux kôans à vous dire)

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Variaciones sobre un poema de Ryôkan (I)
Éric Rommeluère

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En otro tiempo estudié la meditación
regulando delicadamente el aliento

En el aprendizaje de la meditación tradicionalmente se distinguen tres aspectos fundamentales: La disposición del cuerpo (調身 chôshin), la disposición de la respiración (調息 chôsoku) y la disposición de la mente (調心 chôshin). El término 調 chô puede ser igualmente traducido por acuerdo, arreglo, armonización, configuración o regulación.

Para decirlo brevemente, La disposición del cuerpo; se trata de sentarse derecho, enderezado el cuerpo. La disposición de la respiración; se respira suavemente por la nariz. La disposición del espíritu; no se busca nada particular, igual que no se rechaza ninguna cosa, sea lo que sea.

Como escribe Dôgen: “La meditación sentada de los monjes zen debe comenzar ineludiblemente por sentarse derecho, enderezado el cuerpo (端身正坐 tanshin shôza). Después de lo cual se regula la respiración y se dispone el espíritu (致心 chishin). » (Eihei Kôroku).

Se presentan siempre estos tres aspectos – sentarse derecho, armonizar la respiración, disponer la mente – como las condiciones primeras de la meditación. Sin embargo, una vez que se está sentado derecho se permanece inmóvil mientras se continua guardando esa rectitud del cuerpo. Una vez que se ha armonizado la respiración no se aumenta ni se ralentiza particularmente el ritmo de la respiración, contentándose con respirar suavemente por la nariz. Una vez que se ha dispuesto el espíritu no se lleva la atención sobre un tema particular, tampoco se comienza a reflexionar sobre algún asunto, se permanece simplemente en el silencio del corazón.

Siempre se plantea la misma cuestión: ¿Qué se hace durante la meditación? En todos los textos zen, no leeréis nunca expresiones como “concentrarse sobre la respiración” u “observar la respiración”. ¿Por qué? La meditación zen abandona todos los métodos, todas las técnicas. Se contenta con permanecer en lo abierto. Por supuesto es necesario utilizar algunas técnicas cuando se padece confusión o dificultades que nos engullen. Pero estas técnicas, como contar las respiraciones o llevar la atención sobre un punto del cuerpo, no tienen por finalidad sino crear las condiciones del sentarse. En la confusión no se está totalmente derecho, no se ha armonizado la respiración, no se ha dispuesto realmente el espíritu. Estos ejercicios de meditación no pueden confundirse con la meditación zen en si.

En esta dimensión de apertura, no estamos finalmente concentrados en nada, no observamos nada, no controlamos nada. Y si embargo nuestra experiencia real de la meditación no es la de la nada, sino de la vida que vive en nosotros. Incluso inmóvil el cuerpo permanece recorrido por infinitos movimientos; muy simplemente, el vaivén de la respiración que levanta, de respiración en respiración, la caja torácica, el batir del corazón que se convierte en perceptible, e igualmente también los movimientos inaudibles de la sangre, de los fluidos orgánicos que recorren sin parar todos los espacios de nuestro cuerpo. Lejos de ser un cuerpo inanimado, en el seno mismo de la inmovilidad, los movimientos pueden ser delicados, imperceptibles, sin embargo se perpetuán una y otra vez, independientemente de cualquier voluntad. Incluso si se permanece en el silencio del pensamiento, incluso si no se piensa en ninguna cosa en particular, se siente de todas formas como la mente posee su propia densidad, recorrida por movimientos sutiles antes incluso de que se anime bajo la forma de un pensamiento.

Todos los textos zen dan como instrucciones únicas disponer el cuerpo (chôshin), la respiración (chôsoku) y la mente (chôshin): sentaros derechos, respirad por la nariz, no rechacéis nada, no busquéis nada. Lo cual puede crear cierta frustración: ¿Finalmente, decimos, qué hacer? ¿Por qué Dôgen no explica nunca la meditación en sus textos? Pero, ¿no veis que el ya lo ha dicho todo? Sentados en la apertura no hacemos más que profundizar esta triple disposición del cuerpo, la respiración y la mente.

調 chô podría ser traducido mejor todavía por ajuste, instante tras instante, en el que uno se ajusta a la inmovilidad y al silencio. Este ajuste se realiza soltándolo todo. En el cuerpo aparece una sensación, como el entumecimiento de las piernas: ¿Este entumecimiento va a apoderarse de nuestra meditación o dejamos esta sensación a ella misma?. Se escucha un ruido, como el ruido del vientre de mi vecino de meditación: ¿Vamos a echar pestes, sonreír interiormente, o dejar este ruido a si mismo? Un pensamiento surge detrás de otro, ¿vamos a proseguir esta disertación, o a dejar a este pensamiento disolverse por el mismo?

No hay un estado meditativo, en el sentido en el que un estado designaría una actitud estereotipada y unida en la que nada se movería ya. La meditación no es más que un proceso infinito en el que, de instante en instante, nos ajustamos, a veces imperceptiblemente, a veces groseramente, a la inmovilidad y el silencio. Un ajuste así no exime a la voluntad. Es la vida que se ajusta a la vida. Es el cuerpo mismo que encuentra su exacto lugar en el espacio, es la respiración misma que se ahonda en la columna de aire, es la mente misma que abre el espacio infinito del corazón.

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