sábado, 6 de octubre de 2018

Protección y responsabilidad ambiental desde la perspectiva budista - Mauricio Y. Marassi


Actualmente, como es cada vez más obvio, uno de los mayores peligros con los que nos enfrentamos como especie es el de la degradación exponencialmente progresiva del medio natural en el que vivimos y del cual dependemos. Paradójicamente la principal causa de este problema somos precisamente nosotros, individual y colectivamente. 

A finales del año 2003 el INFEA, un programa desarrollado por el Ministerio de Medio Ambiente italiano, dirigido al desarrollo y la coordinación interregional de iniciativas de carácter educativo en materia mediombiental, promovió la celebración de un encuentro de carácter interreligioso en la ciudad italiana de Ancona, orientado a la construcción de una propuesta educativa común entre los representantes de las distintas religiones universales que allí se congregaron.

Por parte budista intervino en dicho encuentro Mauricio Y. Marassi, practicante zen italiano y actual presidente de la comunidad budista zen La Stella del Mattino, que desarrolló para dicha ocasión la siguiente aportación, cuya traducción al castellano ofrecemos ahora a los lectores del blog Huellas del Zen.


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Protección y responsabilidad ambiental desde la perspectiva budista


Mauricio Y. Marassi



El budismo es relativamente poco conocido en Italia y en Occidente, por ello, a menudo, se tienen sobre el mismo ideas completamente arbitrarias, diría que casi fantasiosas. Distorsionadas por tanto. Comenzaré por tanto con una brevísima presentación de algunos aspectos del budismo, en particular con aquellos ligados al tema de hoy, con objeto de ofrecer un territorio común de comprensión sobre el cual desarrollar el discurso.

El budismo es una religión, incluso si, cuando nosotros usamos el término religión, entendemos habitualmente algo a lo cual el budismo no puede ser homologado, puesto que en dicha definición se encuentra estrecho. Esto quiere decir que la acepción común del término religión no es adecuada para representar, para contener a todas las religiones, como es particularmente evidente en el caso de Jainismo y del Budismo. Esto sucede porque tales dinámicas espirituales, originadas fuera de nuestra cultura, no entran en un término cuyo significado se ha formado, en cambio, en la cultura greco-judaica, primero, y en la latina, después, y que ha sido cosido a medida de las religiones abrahámicas, inadecuado por tanto para representar aquello que ha nacido y se ha desarrollado en otro lugar.

Veamos pues qué tipo de religión es el budismo. A menudo se oye decir que se trata de una doctrina atea. Ello no es verdad si por ateísmo se entiende la negación de Dios, o bien la afirmación de su ausencia. Más bien es correcto decir que nos encontramos frente a una religión no teísta. Una religión cuyo fundador, Sakyamuni, llamado el Buddha, es decir el despertado, que vivió hace 2.500 años en la India, no ha hablado nunca, ni en positivo ni en negativo, de la existencia de Dios. Este silencio está motivado con el único fin de impedir que el hombre con su fantasía, con la teoría, con la metafísica, represente a dios matando su divinidad, trasformándolo en un muñeco antropomorfo. Esta actitud, o toma de posición, tiene una grandísima fuerza anti-idólatra. Enzo Bianchi, prior de la comunidad de Bose, en la introducción a un libro mio ha escrito: «La verdadera alternativa en el camino que sigue detrás de Cristo -según la integridad del mensaje bíblico- no es entre fe y ateísmo, sino más bien entre fe e idolatría» (Cfr. Intelligenza volse a Settentrione, Ed. Marietti 2002, p. IX).

El tema de hoy, protección y responsabilidad ambiental, también tiene mucho que ver con la idolatría y, en particular, con los nuevos dioses de nuestro tiempo. Que son siempre los mismos, si bien con nuevos rostros.

El budismo es una didáctica que se centra, que se ocupa, del aprendizaje de la vía que conduce a la liberación del sufrimiento. Todo el budismo, de cualquier escuela, de cualquier época, inculturado en cualquier cultura, no es sino el conjunto de los esfuerzos de la humanidad para responder a la enseñanza original respecto al camino de liberación.

Según el enfoque sugerido por el tema de hoy, podemos resumir esta enseñanza, un poco burdamente, en los 4 puntos siguientes:

  • primero no dañar,
  • segundo ser benevolentes, acogedores hacia todos los seres,
  • tercero meditar a fondo para conocer lo íntimo del propio corazón, el corazón del hombre,
  • cuarto no hacer del propio deseo la medida de todas las cosas, poniendo en cambio en primer lugar la vía de liberación del dolor, de la miseria humana, que es una vida de unión con todos los hombres, con todos los seres.

Esto explica la gran variedad de formas en la que encontramos manifestado el budismo. Que no es una doctrina formal en la que se ordene hacer esto o aquello, y que ni siquiera tienen un credo o creencias particulares, más que en la existencia de la vía que conduce a la salvación, a la liberación.

Es, en cambio, una didáctica, articulada de modo que cada cual pueda aprender la vía de liberación, una vía común a todos en cuanto a dirección, sentido, significado. Pero peculiar, única para cada hombre. En el sentido que cada uno debe de encontrar y recorrer su propia vía, paralela y distinta.

Y es, también, una vía trascendente, porque su meta no está entre las cosas de este mundo; pero está profundamente enraizada en este mundo, porque es aquí que se la vive, con este cuerpo, con este espíritu, en esta realidad.

Por brevedad limito a estos pocos datos la introducción del budismo según una lectura orientada por el tema de hoy. Con el corte que he dado al discurso ya ha sido ampliamente introducida la dirección que quiero señalar. De hecho diciendo: primero no dañar, segundo ser benevolentes con todos los seres, ya se ha delineado una dirección ética.

Y diciendo después “no hacer del propio deseo la medida de todas las cosas” se ha delineado la moral que sostiene esta ética.

Precisamente porque estamos en las Marcas [una de las veinte regiones que componen la República Italiana, n.d.t.] quiero utilizar un tema que, a mi parecer, ilustra de modo paradigmático, ejemplar la perspectiva de la responsabilidad y de la protección ambiental según el budismo.

Las Marcas son una región con un alto porcentaje de cazadores respecto al número de habitantes. La caza se práctica como entretenimiento, no por necesidad de supervivencia, además de ser la herencia de antiguas cultura predecesoras a nuestra civilización, las culturas de la jauría de caza, si hacemos referencia a Canetti (cfr. Massa e Potere, cap. II ss. Existe traducción al castellano: Masa y Poder. Elias Canetti, Alianza Editorial, 2013 // así mismo es accesible digitalmente aquí,  ver pag. 108 ss.), de la exposición del trofeo, de la victoria en el matar y capturar. Desde el punto de vista religioso, en la acepción budista del término, es un hecho tan fuera de toda lógica como para ser, por añadidura, inconcebible.

Matar un ser viviente, es decir dañar hasta el punto de matar por propia diversión, por seguir un deseo frívolo, visto desde una óptica budista es, quizá, el acto más grave que se pueda realizar. Y, sobre este tema, tengo curiosidad de oír la opinión de los representantes de las demás religiones.

Sé que se me puede objetar que todos matamos, desde los microbios que exterminamos con los antibióticos a los corderos que son degollados para el disfrute en nuestros platos.

No pretendo propugnar posiciones intransigentes o de tipo fundamentalista, no poseo ningún fanatismo que defender o que proponer. Me refiero al nivel mínimo de interpretación de ahimsa, en sánscrito “no dañar”, el principio ético  conocido también en occidente gracias a Gandhi, si bien habitualmente ha sido traducido como “no violencia”. Un principio transversal a todas las religiones orientales y también, a mi parecer, a las occidentales.

Incluso respirando contaminamos, puesto que aumentamos el anhídrido carbónico y la difusión de bacterias en el ambiente. Pero, igual que no pienso dejar de respirar, así también algunas vez sucede que incluso yo coma un bistec, aun sabiendo que para procurármelo ha sido matado una vaca. Digo esto porque pretendo moverme en un plano en el que la ética es la dirección, no en un o todo o nada absoluto, inderogable.

Sin embargo es necesario plantear líneas que delimiten, con el fin de que no se termine en el plano opuesto. Es decir, que no se termine por pensar que como de todos modos, viviendo, es inevitable matar y contaminar, bueno, entonces no hay nada malo en verter mercurio al mar puesto que se trataría solo de hacer, un poco más a lo grande, aquello que ya hacemos.

Hablaba antes de la componente idolátrica del proceso que nos lleva a los hombres a no respetar el ambiente. Cada vez que nosotros tenemos como faro, como dirección en la base de nuestro corazón un objetivo terreno, en ese momento estamos siguiendo a un ídolo. Cuando contaminamos, o no nos preocupamos de nuestros gestos, seguimos al dios del interés económico, o bien a ese pequeño dios que se llama ego.

Los ejemplos son innumerables. Basta uno por todos:

Desde hace algunas semanas se ha desarrollado un debate en los principales periódicos respecto al hecho de si el capitalismo, personificado en aquellos que dirigen las empresas, debe o no de plantearse límites éticos.

Algunos autorizados comentaristas sostienen la tesis de la imposibilidad de una ética de empresa, a menos que no sea la ética del provecho, es decir la anti-ética por excelencia. Porque en esta el hombre, su vida, son medios secundarios, subordinados a un fin material y privado. Por tanto ligado al deseo egoísta que, secundándolo, anula cualquier ética.

El hecho de plantearse la pregunta de si es correcto o equivocado que algo no esté superpuesto a una ética es ciertamente algo bueno, pero revela explícitamente el proceso de absolutización del provecho, es decir de la acumulación de dinero, es decir de la forma más común de idolatría ya desde la antigüedad, cuando fue simbolizada por la vaca de oro que Moisés hizo destruir.

De hecho, si existe la duda de que algo, y aquel que lo administra, pueda estar más allá de la ética, es decir más allá de todo límite, quiere decir que ya hemos elevado esa cosa por encima de todo y esto, técnicamente, se llama idolatría.

Decía antes que la ética budista encuentra su inicio en el paso mínimo expresado por las palabras no dañar, un primer paso común junto a todas las religiones orientales. El paso siguiente es “se benevolente”, es decir aplícate en el bien.

En otras palabras, más genéricas, los dos mandamientos base del budismo, de todo budismo, son:

     Aléjate de hacer el mal
     Se rápido, veloz en hacer el bien

Como decía antes, el budismo no es una religión normativa hecha de reglas y leyes. En el budismo no se es salvado según la ley, por usar una expresión paulina. Es una religión cuyo fin es la liberación del mal, por ello esas indicaciones no son leídas en clave normativa, sino eficaz.

Entonces, puesto que se habla de eficacia, me he de preguntar cual es mi ventaja, en clave de bien y mal para mí, unidos a estas indicaciones. Es decir, donde está mi interés al alejarme de realizar el mal, es decir dañar, y al realizar el bien, esto es, al ser benevolente. En el budismo con el término “vida” no se entiende solo la sucesión de actos biológicos, mentales y espirituales que constituyen el funcionamiento de este ser.

Cuando digo “mi vida” estoy hablando también de vosotros, que en este momento estáis aquí, es decir estáis en mi vida, sois parte de ella.

Igual que es parte de mi vida:

- el camino sobre el que he caminado viniendo hacia aquí,
- el aire que respiro en este momento,
- el agua que bebo,
- y todo aquello que forma aquello que habitualmente llamamos el ambiente en el que vivimos, que en el budismo se llama la vida que vivo.

Por otra parte, el budismo, antes lo hemos visto, no es una religión teísta, por tanto no se piensa en un dios que lleva la cuenta de nuestros actos y después, de repente, emite un veredicto.

En el budismo la retribución de nuestros actos es completamente responsable, no es un premio o un castigo que nos llega desde el exterior.

Si yo realizo el mal, es decir añado mal en mi vida, la normal, diría incluso banal consecuencia es que mi vida estará llena de mal, de dolor, del mal, del dolor que yo mismo he puesto en mi vida.

Al revés, si yo me ocupo de construir el bien, si mi comportamiento está dirigido a la introducción de bien dentro de mi -que es la nuestra- vida, entonces, de esta forma, nos mantenemos en el bien, por lo menos en el bien que hemos añadido nosotros.

Se puede objetar que es fácil ver que existen personas buenas que sufren.

Esto es verdad, pero yo no estoy diciendo que mi mantenerme en el bien o que nuestro mantenernos en el bien elimine todo el mal del mundo.

Estoy diciendo que mi parte es no aumentar el mal. Al contrario, mi parte es aumentar la proporción de bien con la que es construida la vida. Que es vida colectiva, como es posible ver en cualquier circunstancia.

Por ejemplo:

Vosotros en este momento podéis estar en la mejor disposición de ánimo, buenos como no lo habéis sido nunca, pero si comienzo a insultaros, o bien si saco un arma y comienzo a disparar, el mal que introduzco en mi vida termina por ser el mismo mal que vosotros os encontráis viviendo

Pienso que comprendéis fácilmente porque decía que cualquier comportamiento, como la caza, que sea una agresión en la confrontación con el ambiente, es decir de mi vida, es un comportamiento descabellado, inconcebible. Porque equivale, desde el punto de vista de la construcción de la calidad de la vida, a un acto de auto-lesión, y es al mismo tiempo una equivocación en la confrontación con todos los demás seres.

Como es también un acto de auto-lesión tirar en tierra un papel o contaminar un río.

Con la diferencia, banalmente trágica, de que, a medida que pasamos del papel a ensuciar, envenenar un río, el aire y la tierra, hasta disparar para matar, el número de seres vivientes y el número de personas implicadas aumenta, y aumentan los efectos que nuestro acto de mal provoca en el mundo, que es nuestra vida.

No existe un afuera. Igual que la calle sobre la que camino no solo no está fuera de mí, sino que en el momento en el que la camino es parte de aquello que yo llamo vida, así también todo el mundo es un conjunto único, como un gran cubo, en el que encontramos aquello que nosotros ponemos dentro y que han puesto los demás.

No existe un afuera en el que se puedan arrojar los papeles, es decir todo el mal. No existe una vida privada hasta el punto que pueda, por sí sola, estar al amparo del mal.

Este tipo de cultura, que es también un tipo de inteligencia, es subyacente a todo budismo.

Es, por ejemplo, uno de los motivos por los que esta, que es una de las religiones universales más antiguas, si no la más antigua entre las religiones universales, no ha hecho nunca una guerra. O bien – y es lo mismo – en 2500 años de historia, en las decenas de países en los que ha florecido el budismo, nadie ha hecho una guerra en su nombre y o a cuenta suya.

Es un caso único, pero tan extendido en el espacio y tan duradero en el tiempo que debería hacer reflexionar.

La guerra, no es nunca inútil decirlo, es la más grave forma de agresión ambiental, de agresión respecto a nuestra confrontación con la vida en sentido global, es decir de la vida de todos.

Una consideración final. La llamada cultura ecológica no es otra cosa que la valoración de mis actos en relación a aquello que ahora se llama impacto ambiental.

Una cultura ambiental es ya un gran paso adelante, porque va en la dirección apropiada. Pero es un método, o una inteligencia cultural, que no está a la altura del problema.

La contaminación, la explotación más o menos depredadora del ambiente, son consecuencia directa de la avidez, del deseo y del interés personal, según el ídolo “bienestar” declinado como posesión.

Los denominados “bienes”, de dinero, de poder, de imagen, etc., etc., son fuerzas demasiado potentes para luchar contra ellas solamente con la buena educación y la cultura ambiental. Está muy claro y es óptimamente explicado por Golding, en su libro El Rey de las Moscas. Es necesario poner en juego “armas” de la misma potencia que los intereses que han desencadenado el problema.

Es necesario llegar a darse cuenta, todos, de cual es nuestro interés verdadero, de qué significa defender mis intereses reales, concretos.

Esto es posible si la religión, las religiones vuelven a enseñar al mundo el bien y el mal. No como regla o código de comportamiento, como si fuera un mapa de carreteras. Sino en base a los intereses reales del hombre. Independientemente de la religión de pertenencia.

Estoy hablando de la estricta conveniencia personal y egoísta de realizar el bien, estoy hablando de ventajas personales.

No es un discurso de religión, no me aventuro en las vastas praderas de la gratuidad. Ni siquiera en la promesa de retribución paradisíaca en el futuro. Quien ya es budista, cristiano, musulmán, o pretende serlo, ya se mueve en una dirección virtuosa desde el punto de vista ambiental.

Es necesario intervenir al nivel de los ídolos, de los objetivos terrenales, evidenciando la conveniencia de otras formas de “egoísmo” más inteligentes, más eficaces sobre el plano precisamente de aquello que se quiere obtener: el bienestar.

Esta podría ser una de las principales contribuciones de las religiones en el hacer cultura ambiental hoy. Una enseñanza que no espanta, porque no pide “conversiones”, no pide creer en un Dios más o menos severo y ni siquiera predica un genérico “ser buenos”.

Gracias

Ancona, noviembre de 2003
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 Introducción, traducción y fotografía
Roberto Poveda Anadón