viernes, 9 de julio de 2010

No esperéis el despertar. Éric Rommeluère

El silencio de la meditación escapa a todas las significaciones, a todas las imágenes, a todas las objetivaciones. Por supuesto nos interroga, buscamos inevitablemente explicarlo. Pero cualquier explicación nos arrastra fuera de su realidad inmediata. No deberíamos dejar a nuestros pensamientos digerir la meditación. Al contrario la meditación debería poder traspasar cada uno de nuestros pensamientos. La única manera de estar exactamente ahí consiste en dejar la meditación a si misma, no mancharla por cualquier tipo de ideas sobre lo que es o lo que no es.

Dôgen vuelve a menudo sobre este consejo destinado a los meditadores, en realidad un mandato, pues la frase está en imperativo: “No esperes el despertar”, satori o matsu koto nakare. El despertar es una idea maravillosa pero, en tanto que permanece como idea, nos desvía fuera de la realidad. Una idea así no sirve para nada en el preciso instante en que aquel aparece. Mientras más esperamos el despertar, más nos alejamos. Si abandonamos toda expectativa de otra realidad, nos damos cuenta de que todo se juega hoy. Más que hoy, en este momento. Más que en este momento, exactamente ahora.

Sin cesar estamos confrontados a obstáculos, a limitaciones, a este cuerpo y esta mente con todas sus debilidades, sus limitaciones, su imposibilidad fundamental de ser otra cosa que ellos mismos. Nos hace falta aprender a reconocer todas estas trabas como nuestro punto de apoyo y, finalmente, como las únicas condiciones de volvernos realmente libres. La experiencia de la meditación es devenir uno; no poner más distancia entre lo que somos y lo que querríamos ser, no apartar ya nada más en la experiencia de tan solo sentarse. Y esto finalmente es una experiencia de libertad. La libertad nos vuelve ligeros, desembarazados de todos los fardos que nos lastraban hasta ahora. Ligeros hasta el extremo, podríamos casi levantar el vuelo a la manera del pájaro liberado de la gravedad.

El maestro zen chino Hongzhi (ss. XII) posee esta bella metáfora poética para sugerir la experiencia de la meditación: «El agua pura se extiende hasta el fondo, el pez nada lentamente. El ancho cielo no tiene limite, el pájaro vuela a lo lejos.» Evidentemente el pájaro muere si abandona el cielo, el pez muere si abandona el agua, y sin embargo la libertad del pájaro, la del pez, existen. ¿Somos  libres? La cuestión  no ha dejado de agitar la filosofía. A decir verdad, la libertad no puede ser simplemente un concepto o un motivo del pensamiento. A cada instante la vida es un acontecimiento. Todo se convierte en libre cuando se toma la decisión de abrazar la vida, más allá de cualquier objetivación de la vida, a la manera de un pájaro que libremente vuela a lo lejos, desde luego dependiendo por completo de su cuerpo, de sus alas, del viento, pero que sin embargo experimenta cuan ilimitado es el cielo.

Una proximidad así en nada nos retrae de la realidad, completamente al contrario. Si hace falta renunciar a alguna cosa no es sino a las ideas sobre la vida, para descubrir lo que verdaderamente es. No se trata entonces de imaginar, sino más bien de experimentar, de sentir. El cuerpo está eminentemente presente en la experiencia de la meditación, nuestra realidad tiene un espesor, la de nuestro cuerpo sintiendo y percibiendo. En este momento de inmovilidad, que se llama en japonés shôshin tanza, “sentarse derecho, enderezada la espalda”, dejamos de correr detrás de representaciones. Es una camino al revés, pues en definitiva volvemos sobre nuestros pasos, es decir, a contracorriente de nuestras ideas, para entrar en la dimensión del ahora. En el simple hecho de sentarse reconocemos que la realidad está simplemente aquí, siempre aquí, todavía aquí. Es un momento de profunda soledad, pero esta soledad nos hace tocar profundamente la verdad. No es una  dimisión, más bien es otra manera de entrar en contacto consigo mismo – de ser uno mismo. Nos compromete en un verdadero camino viviente.

Meditar concretamente consiste en sentarse en cierta postura. Nos sentamos sobre un cojín, doblamos las piernas en loto o en medio loto, después  se endereza la espalda sin colgar a un lado ni al otro. Nos mantenemos derechos. Una disposición así no es solamente física, es también mental, pues a esta postura, no colgando ni a derecha ni a izquierda, corresponde la actitud de no coger nada ni rechazarlo. Esta postura es también, a su manera, simbólica; sostenerse derecho es una manera de habitar realmente en si mismo, de tomar lugar entre el cielo y la tierra.

 


Fragmento de "Les bouddhas naissent dans le feu", de Éric Rommeluere

1 comentario :

  1. Estimado Roberto,

    He empezado a leer por segunda vez tu traducción del libro de Éric tomando notas. Me parece que la traducción es muy buena, que respetas el estilo impecable de Rommeluère y que únicamente pueden señalarse correcciones mínimas, así como alternativas muy concretas a tu traducción. Por ejemplo, también yo traduciría "brigand" como "bandido", porque también en español utilizamos ese término en el sentido de "mala persona", pero no sé si habría un modo más eficaz de reflejar el juego entre ladrón/persona malvada que alienta en la historia del maestro Zihu Lizong. Sería más expresivo "bandolero"?

    Y aunque la mía me parece una contribución casi pedante a tu magnífico trabajo, creo que puede servir para algo a la hora de verter el hermoso libro de Éric a nuestra lengua, en tanto no se trata aquí, como decía Unamuno, de libros sino de vida.

    Recibe un cordial saludo.

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