viernes, 14 de octubre de 2011

Interdependencia. Giuseppe Jiso Forzani



Interdependencia es un concepto que en nuestra sensibilidad asume una multiplicidad de significados; rico en sugestiones, en resonancias, en referencias; que abren escorzos de panoramas, tanto sobre paisajes familiares como sobre tierras inexploradas. Vienen de repente a la mente las circunstancias que constituyen el cruce de nuestra experiencia vital, las conexiones con el ambiente, con el prójimo, con los sucesos históricos, los efectos de la llamada globalización, la influencia recíproca entre realidades aparentemente lejanas y desconectadas pero de hecho unidas entre si y que determinan efectos incluso en la variaciones de nuestra vida cotidiana. El horizonte se restringe hasta el microcosmos o se dilata más allá del alcance de cualquier percepción y arriesgamos perder, confundir los planos, confinar en el ámbito teórico un argumento que concierne como ninguno a la realidad práctica y concreta.

Para ayudarnos a no perder el hilo conviene coger la sartén por el mango y volver por un momento a revisitar la forma en la que, en el pensamiento budista, se ha cultivado el significado de aquello que hoy, en términos genéricos, nosotros llamamos interdependencia. Ello no para eximirnos remitiéndonos a la autoridad de los textos canónicos de una búsqueda personal y directa, ni para utilizarlos como filtro para interpretar la realidad que estamos viviendo; sería un uso impropio de los textos, contrario a su espíritu y a su razón de ser que es la de hacernos abrir los ojos y no la de poner unas gafas perfectas sobre los párpados cerrados.

Se trata en cambio de ayudarnos a orientar por  quienes nos han precedido y han examinado la problemática en otros contextos y con otra sensibilidad cultural, de forma que le demos una dimensión no unívoca e interpretaciones no demasiado caracterizadas por los tiempos y las contingencias.

Desde esta óptica creo que es no solo legítimo sino por añadidura inevitable situar el punto de partida de la reflexión budista sobre el significado de interdependencia precisamente allí donde la antigua y siempre actual terminología clásica da a luz el término en lengua pali paticca samuppada y su equivalente sánscrito pratitya samutpada, que usaremos de aquí en adelante.

No estoy diciendo con esto que interdependencia y pratitya samutpada sean sinónimos exactos y que, por tanto, sea suficiente estudiar el significado y las implicaciones de las que la expresión canónica sánscrita es portadora para entender qué quiere decir interdependencia en nuestro mundo actual. Digo en cambio que pratitya samutpada tiene un significado profundo e implicaciones en lo que concierne a nuestra condición de seres humanos en el mundo, concretamente en lo que respecta a nuestra condición de seres humanos en el mundo y, en particular, al aspecto relacional de la existencia, por lo cual el significado concreto de interdependencia en sentido budista se aclara mejor partiendo de allí.

Pratitya quiere decir, literalmente, “yendo hacia, en función de”; samutpada quiere decir, literalmente, “mutuo origen, germinar juntos”. La expresión ha sido traducida, sobre todo en ambientes europeos, de muchas formas, de las que las más usuales son “origen dependiente, producción condicionada, co-originación interdependiente”. Cualquiera que sea la terminología que se prefiera usar, aquello que cuenta es que se trata de la comprensión central del budismo, desde los orígenes. Este término indica la intuición, por parte de Siddhartha Gautama, del mecanismo que determina la existencia fenoménica y, con ella, del sufrimiento. Siglos después, subrayando que el paso del tiempo no ha atenuado la luz emitida de aquel descubrimiento, un sutra afirma: “Quién ve pratitya sanutpada ve el dharma, quien ve el dharma ve al Despertado”.

Las descripciones que los textos ofrecen son numerosas, unas difieren de otras, incluso de forma notoria, tanto en lo que concierne a las formulaciones doctrinales de aquella intuición, tanto en lo que concierne a las interpretaciones que esta desvela. No es este ciertamente el lugar oportuno para afrontar las cuestión desde este punto de vista, cada cual profundizará este estudio en el ámbito de la propia práctica personal. Aquello que ahora interesa entender es por qué esta comprensión resultó tan importante  para conducir a Siddhartha al despertar y qué puede representar para nuestra vida como budistas o, más simplemente, como seres humanos.

En pocas palabras, significa que al ojo despierto la fisionomía de la vida se le revela como una concatenación de sucesos recíprocamente dependientes que se generan unos de otros y que, en el nivel de la vida sensible se genera, inevitablemente, el sufrimiento. Puede ser entendido como el mecanismo “intrínseco” de toda forma de vida, que hace llegar a ser todo aquello que es, que hace perecer todo aquello que llega a ser. Puede ser entendido como el mecanismo cósmico que conecta entre si todas las existencias, ninguna de las cuales se origina de la nada, es causa de si misma o manifestación sin causa, sino que cada una esta correlacionada necesariamente con cualquier otra, en una trama vertiginosa.

Intentaré describir el mecanismo intrínseco con la “metáfora de la prisión”. Buda comprendió y nos invita a comprender que la realidad es una prisión. Una prisión que encadena, una cadena hecha de un material, descrito de muchas formas, pero que muy sintéticamente podemos llamar con el nombre, circular, de “nacer para morir”. Todo aquello que constituye la realidad está hecho de este material, no hay otro, no hay escapatoria. Esto es la prisión, sede del sufrimiento de todo aquello que llega a ser. Buda comprendió y nos invita a comprender que la prisión es prisión de la que no se escapa y que no hay otro lugar y, sobre todo, porque yo estoy aquí. La prisión es mi prisión porque aquí estoy yo. Y eso hace de la prisión una prisión.

Buda ha comprendido y nos invita a comprender que yo estoy en una prisión, no por que esté “dentro” de una prisión, sino por que la prisión soy yo: estoy hecho del mismo material (continuo nacer-morir) de la cadena. La prisión soy yo; dondequiera que yo esté, allí está mi prisión. No hay un afuera. Y donde no hay fuera, no hay dentro. Si comprendo de verdad y hasta el fondo la naturaleza de la prisión, que es mi naturaleza, entonces veo que la prisión no tiene muros, no hay barreras, no hay alternativas. Yo no puedo salir no por que no consiga salir, no puedo salir por que no estoy dentro. Está la prisión; si observo el fenómeno nacimiento-muerte como fenómeno, el prisionero no está. Está el prisionero; si me observo como actor, yo como experiencia personal de nacimiento-muerte, los muros de la prisión no están. La libertad no está en otro lugar, no hay a partir de entonces prisión. Libertad es dejar de separar dentro y afuera, inicio y fin. Donde no hay afuera no hay dentro, donde no hay fin no hay inicio.

Buda vio y nos invita a ver que la libertad que llega con el “comprender de verdad hasta el fondo”, con el “dejar de separar”, no es una meta a alcanzar, es el camino de toda la vida, de toda mi historia. Momento tras momento, paso a paso, yo no voy hacia una liberación que está puesta en un allá, en otro lugar a la prisión; yo estoy siempre aquí, y el aquí que no es otro lugar, el ahora que no es otro momento, es la sede, es el tiempo de mi vida, de mi camino. 

Es sobre este fondo de comprensión donde está el sentido de interdependencia. No hay salida del ciclo de la vida, no hay salida del ciclo de la historia.

Es una interrogación recurrente, para un budista occidental, la demanda sobre el sentido de la historia. Aquí, en el reino de la escatología, laica y religiosa, ¿cómo se puede eludir la pregunta?: ¿Adonde va la historia? Va hacia todas partes, sin dirigirse hacia ningún lugar. Nosotros no vamos hacia un mundo mejor, ni hacia uno peor. O mejor, no es esto lo que nos interesa. Ciertamente, la esperanza de un mundo donde la injusticia humana tenga cada vez menos espacio es no solo algo a compartir teóricamente, es un compromiso en el que tomar parte activa. Pero no es este todo nuestro trabajo. No tenemos como objetivo mejorar el mundo porque, por mejor que sea, este mundo estará siempre hecho así, es un tejido circular de vida y muerte: toda vida que llega a ser debe hacer frente a esta realidad.

Nosotros no debemos cambiar el mundo, porque el mundo pasa, no cambia. Nuestro trabajo es más bien convertir el mundo, tal como es. Que no quiere decir convencer a nadie para convertirse en budista, a cambiar de religión, a convertirse en religioso si no lo es. Quiere decir convertir la mirada, observar la prisión y verla como el terreno de la libertad, a reconocer, amar, decir, compartir. A mantenerla limpia, es decir a volverla a limpiar todas las veces, innumerables, en que se volverá a ensuciar.

Alguien ha dicho que recorrer la vía es como vaciar el mar con una cuchara, demos también por buena esa metáfora. Si es así, para un trabajo de ese tipo: ¿Qué importancia puede tener si uso una cucharilla de café o una pala gigante? ¿Qué valor absoluto pueden tener mis talentos individuales, mi capacidad? Es más útil fe que habilidad. Para un trabajo de ese tipo: ¿Qué importancia puede tener si el mar está en calma o si está tempestuoso? ¿Qué valor absoluto pueden tener las circunstancias, favorables o adversas?  Es más útil pasión que buena suerte.

No debemos realizar un mundo que no existe, debemos quitar peso del mundo que existe. Hay otra descripción de pratitya samutpada en un antiguo sutra: “Estando esto presente, aquello sucede; con el surgir de esto, aquello surge. Estando esto ausente, aquello no sucede; con el cesar de esto, aquello cesa”. No es otro el equipaje para aventurarse sobre el camino.


Giuseppe Jiso Forzani
Celebración del Vesak, Nápoles, 28 de mayo de 2005

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 Traducido con la amable autorización del autor
Fotografia:  Pescador, Roberto Poveda Anadón

 La traducción, el texto original y la fotografía
están sometidos a una licencia Creative  Commons

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