martes, 12 de mayo de 2009

Más allá de las palabras, Éric Rommeluère

La práctica de la meditación se sostiene en tres pilares: La postura, la respiración y la mente. Si en relación a los dos primeros las instrucciones suelen ser bastante claras (si bien podemos encontrar algunas variaciones respecto a la respiración) las instrucciones sobre que hacer con la mente suelen ser, cuanto menos, imprecisas. ¿Cual es la razón de esta imprecisión?

En la práctica correcta de zazen realizamos el samadhi (jap. zanmai), la unidad entre cuerpo y mente. Este es un estado que trasciende a la mente, tanto como al cuerpo, es un estado inefable, no reductible a las palabras. La mente se hace una con nuestra realidad de vida cuando nos sentamos en zazen. Esta realidad de vida no podemos realizarla más que con un cuerpo, con nuestro cuerpo. En la meditación nos situamos más allá de las dualidades, de las discriminaciones, en definitiva de lo simbólico. Es por ello que el lenguaje, como medio de expresión de esa realización de la no dualidad, resulta limitado para expresar algo que lo trasciende.

Es una condición de existencia del lenguaje la introducción de la dualidad en la percepción del mundo (así como de cualquier sistema simbólico; las diversas ciencias, las artes, los rituales, el inconsciente, etc., todos los cuales poseen la estructura de lenguajes). “La lengua tiene el carácter de un sistema basado basado completamente en la oposición de sus unidades concretas [...], en la lengua no hay más que diferencias ”, el mismo Ferdinand de Saussurre, fundador de la lingüística contemporánea, nos lo recuerda.

En el texto, cuya traducción presento a continuación, el enseñante zen Éric Rommeluère elabora una reflexión a partir de una frase que le dijo Ryôtan Tokuda; “Sentarse es olvidarse de las palabras”. Su discurso ilumina a su vez la paradójica frase que recoge Dôgen, retomando a su vez una conversación entre Yakusan Igen y un monje, en el Fukanzazengi: “¿Cómo puede el estado más allá del pensar ser pensado?” Éric nos ofrece aquí nuevas pistas respecto a este enigmático tercer pilar que entra en juego cuando nos sentamos.

En la ilustración que acompaña esta entrada se recoge un dicho atribuido al legendario fundador del zen Bodhidarma (jap. Daruma):

"Una transmisión avanzada más allá de las Escrituras
Que no depende ni de palabras ni de letras

Que apunta directamente a la mente y al corazón del hombre
Para percibir la propia naturaleza y alcanzar la Budeidad
"

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Sentarse en el sinsentido

Éric Rommeluère (1993)

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La realidad no existe. No existe mas que la realidad de las palabras. Cuando nosotros nacemos, nacemos a las palabras, no al mundo. Las palabras son los soportes sobre los que reposa el mundo; el mundo tal como lo hago existir por las palabras. El mundo en sí no es ni azul, ni amarillo, ni rojo, ni blanco, ni negro, ni alto, ni bajo, ni grande, ni pequeño. Sin embargo, sin esas palabras no podríamos manejarnos en este mundo. Sin palabras todo no sería mas que caos y nuestro ser estaría desestructurado. Me dicen: "Esta mesa es azul"; yo comprendo lo que me dicen, ¿pero qué es lo que yo sé realmente de esta mesa? absolutamente nada.

No podemos vivir mas que porque existen las palabras. No estamos hechos únicamente de carne y sangre, sino por palabras y mas palabras. Pero estas palabras, que son para nosotros la fuente de la vida, están al mismo tiempo en el origen de nuestros sufrimientos. He aquí toda la paradoja de la vida humana.

Las palabras son los sujetos de todas nuestras actividades. Las palabras están en el centro de todos nuestros deseos. El espacio entre el nacimiento y la muerte es a veces tenue, a veces infinito, pero el hombre avanza inexorablemente sobre el camino que le lleva del nacimiento a la muerte. ¿Que es este camino? Del nacimiento nacen las palabras. De las palabras nace la conciencia. De la conciencia nace la existencia. De la existencia nace la oposición. De la oposición nace la contradicción. De la contradicción nace el sufrimiento. Un camino marcado cada instante por las palabras.

Estudiar el budismo es preguntarse como vivir en este mundo de nacimiento y de muerte, es preguntarse como vivir con las palabras. Practicar el budismo es andar consciente sobre este camino que va del nacimiento a la muerte.

En nuestra escuela Zen tenemos un método maravilloso para interrumpir todas estas transmigraciones mentales. Se llama zazen, la meditación sentada. Consiste tan solo en sentarse y olvidar las palabras. ¿Que hacemos en esta postura? Sentados derechos no practicamos nada, no contemplamos nada, no comprendemos nada y no realizamos nada. Sentados derechos no distinguimos nada, no discernimos nada y no juzgamos nada.

El maestro Dôgen a escrito en su Fukanzazengi: "No penséis en bien ni en mal, no hagáis distinción entre lo verdadero y lo falso. Parad la agitación de la consciencia y cesad toda consideración."

Todo aquello que nosotros hacemos es volvernos libres de las palabras. La conciencia meditativa ya no está atada por las palabras. La palabras surgen en la mente, pero ya no forman frases. ¿Quién podría entonces encadenarse?

Abandonando las palabras así, el sinsentido irrumpe bruscamente en nuestra vida. En esta postura del cuerpo no se puede coger nada. En esta postura de la mente no se puede comprender nada. La palabras nos faltan completamente. No se puede agarrar nada. Todo está ahí, ante nuestros ojos, y no podemos decir nada. Todo está ahí, ante nuestros ojos, y no hay nada que decir. La conciencia es aguda pero las palabras no encuentran su lugar.

¿Que hacer con esta brecha de sinsentido? Algunos, habiéndola conocido, la vuelven a cerrar. Otros la amplían cada vez más hasta retozar en ella. ¿Que hacer con esta brecha de sinsentido? Absolutamente nada. Bailamos ahí justo por encima de nuestras ilusiones. Bailamos ahí justo por encima de todos nuestro sufrimientos.

La ausencia de un porqué es la esencia de nuestra meditación. Si añadimos un porqué a esta práctica, le damos un sentido. Y por ese sentido nuestra meditación se ensucia.

Aquellos que vienen a sentarse buscan una respuesta para esta sentada. Algunos hablan de bienestar, de salud, de iluminación incluso. Algunos experimentan los efectos, otros se despiertan. Todo esto todavía no son mas que construcciones de palabras. Después de todo, eso no es mas que perpetuar de una forma feliz las idas y venidas en este mundo ilusorio. Sin embargo, la mayoría permanecen atontados no encontrando respuesta a sus preguntas. No comprenden que sentarse así es detener todo cuestionamiento. ¿Como podrían obtener una respuesta ahí? Abandonan también rápidamente la brecha que habían abierto.

Otros continúan practicando la meditación y dicen practicar para nada. Pero tras esa nada se esconde simplemente el sentido que su inconsciente disimula. Cada uno de nosotros, que hemos venido a sentarnos, aportamos junto con nosotros nuestra motivación. Nos hace falta comprender este porqué, esclarecerlo, derribarlo y por fin pasar la puerta para entrar en la pura meditación. Si nuestras motivaciones son inconscientes, esta puerta es aun mas difícil de franquear pues entonces nos enfrentamos con nuestra memoria oculta o con nuestros nudos escondidos. La práctica de la meditación es a veces la única manifestación de nuestras propias neurosis. Todos nuestros discursos interiores nos impiden pasar esta puerta. Sentándonos debemos abandonar todos los porqués, incluso esta simple palabra "nada" y penetrar profundamente en la oscuridad del sinsentido.

Esta práctica no tiene significado. Ahí está todo el secreto del Zen. Sentado se es como un mudo que no tendría nada que decir, como un sordo que no tendría nada que escuchar, como un idiota que no tendría nada que comprender. ¿Para que puede servir un abanico en pleno invierno?

Hay numerosas formas de actuar en este mundo. En el budismo se distingue la acción del cuerpo, de la mente y de la boca. Todas se realizan a través de la emisión de palabras; las palabras del cuerpo, las palabras de la mente y las palabras de la boca. Todas estas acciones llevan en si una significación que se puede reducir a la del mantenimiento del sentido del ser. Para el hombre que posee la conciencia es mas bien la búsqueda del sentido del sentido. Esta física y esta metafísica es lo propio del hombre. Es su manera de avanzar sobre este camino que va del nacimiento a la muerte. La práctica del budismo, como respuesta a estas cuestiones, es continuar viviendo en el dominio ilusorio de las creaciones humanas.

Existe esta singular acción que se llama meditación. Existen numerosas maneras de sentarse en meditación, cada uno las experimenta con tiempo. Existe la sentada del cuerpo; es el reposo. Existe la sentada del espíritu; es la tranquilidad. Existe la sentada donde el cuerpo abandona el espíritu; es el entumecimiento. Existe la sentada donde el espíritu abandona el cuerpo; es la agitación. La calma no es mas que la agitación en su punto cero, no su superación, igual que la felicidad y la satisfacción son el simple equilibrio de fuerzas antagónicas y no la supresión de estas fuerzas. También estos estados se suceden incansablemente en el silencio de la meditación, como el día sucede a la noche.

Sin embargo, en medio de todas estas sentadas, aparece la sentada donde el cuerpo y el espíritu se abandonan, donde la calma y la agitación son superadas y donde nace una consciencia que trasciende la sentada; es lo que se llama tan solo sentarse.

El maestro Kôdô Sawaki dijo una vez: "Zazen no es una creación humana." En la meditación finalmente paramos de crear algo. Con solo este cuerpo y este espíritu rechazamos este cuerpo y este espíritu. Eso significa que, a pesar de que el cuerpo y el espíritu continúan su vida de cuerpo y espíritu, la conciencia comprende el vacío de cuerpo y espíritu. En un instante saltamos por encima de todas nuestras creaciones y paramos de un solo golpe el ciclo de nuestras trasmigraciones mentales.

El emperador Wu de los Liang preguntó al gran maestro Bodhidharma: "¿Cual es el principio supremo de la enseñanza sagrada?" Bodhidarma respondió: "Desierto y nada sagrado." El emperador dijo: "¿Quien está ante mí?" Bodhidarma respondió: "No lo sé".

Este desconocimiento siempre ha sido trasmitido y preservado como el secreto del Zen. Cara al muro no se mira nada, no se contempla nada, ¿que es lo que esta ahí, entonces, ante nosotros? Más las palabras se van y nos abandonan.

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