Cuelgo aquí el comentario, aunque más bien me ha salido una carta, que quería escribir en el blog de un buen amigo en el dharma con el que suelo sentarme a menudo, y que no he podido colgar en su blog (al que podéis acceder pinchando aquí) por problemas técnicos. Dicho amigo, con cerca de 30 años de práctica, se ha formado básicamente en la escuela Sambo-Kyodan, en la cual se practica el uso formal de los koan y, por tanto, la busqueda del kensho es una cuestión central, aunque actualmente ya no practica allí. En esta carta quería expresar, desde mi todavía escasa y limitada comprensión, cual es mi visión de zazen y por extensión de la practica.Este maravilloso enso, el más increible y
perfecto que he visto nunca, es una fotografía
del fotógrafo japones Shinichi Maruyama.
Su fugaz existencia, de una sietemilesima de
segundo, convertida por la cámara en eterna,
simboliza el instante en si mismo.
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Estimado hermano en el dharma
A pesar de no dejar habitualmente comentarios en tu blog, pues no practico los koan, lo sigo habitualmente y esta última entrada tuya, por algún motivo, me ha interpelado, resultando cercana a mi experiencia del zen (breve, por otra parte, si la medimos en años). Quisiera por tanto explicitar como es mi acercamiento a la práctica, pues este ejercicio es bueno retomarlo de vez en cuando, sirviendo para clarificar la propia experiencia y es incluso posible, por lo menos es mi esperanza, que tal vez también pueda servir para clarificar o en cualquier caso alentar la práctica de algún otro.
Mi acercamiento a la práctica que denominamos zazen es el que usualmente es usado en la escuela soto zen y que se llama shikantaza, “tan solo sentarse”. Esta práctica no consiste tan solo en adoptar la postura del loto (o la postura que el cuerpo de cada cual le permita, pues parece ser que a muchos occidentales esta postura les resulta demasiado dolorosa), pues eso se hace en todas las escuelas budistas, pero también entre los yoguis, y puede que en otros lugares; y sin embargo no quiere decir siempre lo mismo, ni tiene el mismo sentido, ni está animada por el mismo espíritu.
Este tipo de práctica, también conocida como “la meditación silenciosa” (mozhaochan, en chino, mokushôzen, en japonés) parece ser que fue la adoptada en los albores del chan/zen por los primeros hombres de zen. Siendo de aparición más tardía el trabajo con los koan (kannuachan, en chino, kannazen, en japonés), alrededor de los siglos XI-XII, mientras que el chan se inició en China en los siglos VI-VII.
En realidad, la postura no tiene importancia alguna, no es nada especial ni tiene poderes sobrenaturales por si misma, se adopta tan solo por que esa es la tradición, se dice que es la postura en la que Buda logró la realización de la verdad por vez primera, y porque es una postura práctica: relajada, pero no demasiado; exigente, pero no demasiado; situada entre la actividad y el descanso.
Aunque, por otra parte, sí tiene mucha importancia; pues es la expresión de nuestro íntimo voto en relación al esfuerzo a realizar en dirección hacia la verdad que habita en nosotros (esta es mi forma, un poco más desarrollada, de expresar la bodhichitta, “El espíritu del despertar”), manifestando nuestra confianza respecto a la bondad infinita del Universo al que pertenecemos, y con el que, aquí y ahora, sabiéndolo o no, somos Uno.
Por otra parte el esfuerzo constante respecto a la precisión y la verticalidad de la postura nos sirve, a quienes practicamos shikantaza (conocida a veces también como “la técnica sin técnica”), como último residuo “técnico” con el que abordar los desvaríos de nuestro pequeño y miserable ego durante la práctica.
Shikantaza es sentarse con todo el corazón, o como se solía decir antiguamente, en los principios del chan/zen; con la sangre, la carne, los huesos y la médula. Shikan quiere decir en japones “tan solo”, mientras que za quiere decir “sentarse”, ta es una partícula enfática, es decir que la traducción de shikantaza, que suele encontrarse como “tan solo sentarse”, en realidad debería ser mas bien algo así como “TAN SOLO sentarse”.
Podríamos decir que el “acercamiento” a nuestra naturaleza original, o como quiera llamársela, pues existen numerosos nombres para designar lo innombrable, y aunque la “finalidad” puede que sea la misma en ambos caminos, es en la escuela soto diferente a la práctica de los koans (uso estos términos, “acercamiento” y “finalidad”, tan solo de forma provisional, para entendernos, pues precisamente en shikantaza serían términos sin sentido, pues ya estamos allí a donde queríamos ir, o, más exactamente, ya estamos aquí.)
Por adoptar un símil con los grados de la oración en el cristianismo, la práctica de los koan sería algo así como la “meditatio” (imagino, pues en realidad no he practicado nunca así, si me equivoco ya me lo dirás), basándose en el esfuerzo consciente, mientras que la práctica de shikantaza estaría más cerca de la “contemplatio”, basándose en el abandono. La práctica de los koans parece dar más importancia a la mente, mientras que la práctica de shikantaza, es una práctica que se realiza con el cuerpo y la mente.
En shikantaza se trata de sentarse sin expectativa alguna, sin esperanza de provecho personal, incluso sin satori, como repetía Kodo Sawaki, uno de los maestros mayores en el zen soto del siglo XX, que dedicó toda su vida a la enseñanza de zazen y del cual, una frase suya me llevó a sentarme por vez primera; “zazen no sirve para nada” (a nuestros egos, se entiende). Todo lo que aparece está bien como está, pues no es sino expresión de la vida universal manifestándose a través de nosotros. Cuando practicamos zazen no buscamos nada en especial, salvo la realidad misma de la existencia, que es fundamentalmente buena, trascendiendo incluso las nociones limitadas de bueno/malo, logro/fracaso, samsara/nirvana, ilusión/satori, profano/sagrado, monje/laico, etc.
Incluso si apareciese en nuestro limitado ego un fugaz destello de comprensión, incluso si este fuese un deslumbrante relámpago, un trueno ensordecedor, sería siempre limitado e irrisorio en comparación con el Todo, es decir con la realidad misma que es el verdadero satori más allá de toda dualidad, y que nuestros pequeños ego nunca pueden atrapar completamente. Pues siempre, sabiéndolo o no, estamos completamente en medio de la abundancia, pues la realidad de la vida es trascendente a nuestra comprensión limitada. Simplemente nos entregamos, nos abandonamos a ese fluir, en el instante mismo de la realidad eterna y universal, gracias a zazen.
Si aparecen pensamientos, si aparece el adormecimiento, el dolor, o cualquier otra cosa, no lo rechazamos, no hacemos nada más que volver a la postura correcta. Con toda nuestra voluntad, necesariamente limitada, podría decirse incluso con toda nuestra fe. También con dulzura, pues no se trata en absoluto de practicar el masoquismo, sino más bien al contrario, de ampliar nuestro amor hacia lo existente, incluidos nosotros mismos. Realmente lo importante, para los que practicamos shikantaza no es llegar a algún sitio, conseguir algo para nosotros mismos, sino el esfuerzo constante para retornar a zazen. Más allá de cualquier ilusión, de cualquier sueño, cuyas características son siempre y precisamente llevarnos a otro sitio, a otro momento distinto al aquí y ahora, el único lugar donde, lo sepamos o no, realmente y junto con el todo, somos.
Esto me recuerda parcialmente a aquello que decía Pascal, preguntado por qué es la fe. Su respuesta era, arrodíllate y reza. Nosotros, en shikantaza, no rezamos, no pedimos nada, nos limitamos a sentarnos y profundizamos incansablemente, día tras día, mes tras mes, año tras año, en la quietud y el silencio.
Se podría decir incluso que, en shikantaza, nuestra sentada misma es el koan sobre el cual trabajamos, el koan de nuestra realidad de vida en el instante mismo, realidad que no está limitada por nuestro pequeños yo, sino que es mucho más amplia y donde nada, absolutamente nada, falta.
Supongo que ambas vías tienen sus ventajas, que probablemente dependan de las distintas características personales del practicante. En el caso, por otra parte, de que se pueda elegir una u otra opción, un enseñante u otro, lo cual no está garantizado en occidente, y puede que tampoco hoy en día en oriente. Aunque estoy convencido de que en el fondo no es tan importante encontrar una vía y un maestro perfectos; pues esto no existen, no son distintos a nosotros, también son humanos, imperfectos, limitados; sino esforzarse, con toda nuestra sangre, nuestra carne, nuestro huesos y nuestra medula, en ser un buen estudiante, y en seguir siéndolo siempre. Como vemos en el nombre del libro más conocido del maestro soto del ss. XX, Sunryu Suzuki; “Mente zen [=] mente de principiante.”
También creo que shikantaza puede que sea más fácil para aquel que quiere acercarse por primera vez a la meditación y no tiene la suerte de contar con un maestro cualificado cerca, cosa que tengo la impresión que debe ser imprescindible para practicar con los koan y no extraviarse. Si bien la presencia de un maestro es muy aconsejable en ambos casos, por no decir imprescindible, en un principio, en casi todos los casos.
Pero puede que con shikantaza, siempre y cuando nuestra practica sea regular y diaria, los contactos con el maestro puedan, si no hay otro remedio, ser más espaciados, pues su planteamiento es más simple y humilde, mientras que la práctica con koan, tengo la impresión, que requiere unas especiales capacidades por parte del practicante además, creo, de poder acceder casi de forma constante al maestro con objeto de contrastar la practica. Al fin y al cabo el zen Rinzai, que es donde originalmente se practicaban los koan en Japón, se calificaba como el zen de los guerreros, mientras que el soto se calificaba como el zen de los campesinos.
Y supongo que ambos caminos tienen también sus inconvenientes; el apego a la experiencia del despertar en el caso de la práctica con koans, y el quietismo en el caso de shikantaza. En el caso de shikantaza el remedio es la compasión.
A pesar de no dejar habitualmente comentarios en tu blog, pues no practico los koan, lo sigo habitualmente y esta última entrada tuya, por algún motivo, me ha interpelado, resultando cercana a mi experiencia del zen (breve, por otra parte, si la medimos en años). Quisiera por tanto explicitar como es mi acercamiento a la práctica, pues este ejercicio es bueno retomarlo de vez en cuando, sirviendo para clarificar la propia experiencia y es incluso posible, por lo menos es mi esperanza, que tal vez también pueda servir para clarificar o en cualquier caso alentar la práctica de algún otro.
Mi acercamiento a la práctica que denominamos zazen es el que usualmente es usado en la escuela soto zen y que se llama shikantaza, “tan solo sentarse”. Esta práctica no consiste tan solo en adoptar la postura del loto (o la postura que el cuerpo de cada cual le permita, pues parece ser que a muchos occidentales esta postura les resulta demasiado dolorosa), pues eso se hace en todas las escuelas budistas, pero también entre los yoguis, y puede que en otros lugares; y sin embargo no quiere decir siempre lo mismo, ni tiene el mismo sentido, ni está animada por el mismo espíritu.
Este tipo de práctica, también conocida como “la meditación silenciosa” (mozhaochan, en chino, mokushôzen, en japonés) parece ser que fue la adoptada en los albores del chan/zen por los primeros hombres de zen. Siendo de aparición más tardía el trabajo con los koan (kannuachan, en chino, kannazen, en japonés), alrededor de los siglos XI-XII, mientras que el chan se inició en China en los siglos VI-VII.
En realidad, la postura no tiene importancia alguna, no es nada especial ni tiene poderes sobrenaturales por si misma, se adopta tan solo por que esa es la tradición, se dice que es la postura en la que Buda logró la realización de la verdad por vez primera, y porque es una postura práctica: relajada, pero no demasiado; exigente, pero no demasiado; situada entre la actividad y el descanso.
Aunque, por otra parte, sí tiene mucha importancia; pues es la expresión de nuestro íntimo voto en relación al esfuerzo a realizar en dirección hacia la verdad que habita en nosotros (esta es mi forma, un poco más desarrollada, de expresar la bodhichitta, “El espíritu del despertar”), manifestando nuestra confianza respecto a la bondad infinita del Universo al que pertenecemos, y con el que, aquí y ahora, sabiéndolo o no, somos Uno.
Por otra parte el esfuerzo constante respecto a la precisión y la verticalidad de la postura nos sirve, a quienes practicamos shikantaza (conocida a veces también como “la técnica sin técnica”), como último residuo “técnico” con el que abordar los desvaríos de nuestro pequeño y miserable ego durante la práctica.
Shikantaza es sentarse con todo el corazón, o como se solía decir antiguamente, en los principios del chan/zen; con la sangre, la carne, los huesos y la médula. Shikan quiere decir en japones “tan solo”, mientras que za quiere decir “sentarse”, ta es una partícula enfática, es decir que la traducción de shikantaza, que suele encontrarse como “tan solo sentarse”, en realidad debería ser mas bien algo así como “TAN SOLO sentarse”.
Podríamos decir que el “acercamiento” a nuestra naturaleza original, o como quiera llamársela, pues existen numerosos nombres para designar lo innombrable, y aunque la “finalidad” puede que sea la misma en ambos caminos, es en la escuela soto diferente a la práctica de los koans (uso estos términos, “acercamiento” y “finalidad”, tan solo de forma provisional, para entendernos, pues precisamente en shikantaza serían términos sin sentido, pues ya estamos allí a donde queríamos ir, o, más exactamente, ya estamos aquí.)
Por adoptar un símil con los grados de la oración en el cristianismo, la práctica de los koan sería algo así como la “meditatio” (imagino, pues en realidad no he practicado nunca así, si me equivoco ya me lo dirás), basándose en el esfuerzo consciente, mientras que la práctica de shikantaza estaría más cerca de la “contemplatio”, basándose en el abandono. La práctica de los koans parece dar más importancia a la mente, mientras que la práctica de shikantaza, es una práctica que se realiza con el cuerpo y la mente.
En shikantaza se trata de sentarse sin expectativa alguna, sin esperanza de provecho personal, incluso sin satori, como repetía Kodo Sawaki, uno de los maestros mayores en el zen soto del siglo XX, que dedicó toda su vida a la enseñanza de zazen y del cual, una frase suya me llevó a sentarme por vez primera; “zazen no sirve para nada” (a nuestros egos, se entiende). Todo lo que aparece está bien como está, pues no es sino expresión de la vida universal manifestándose a través de nosotros. Cuando practicamos zazen no buscamos nada en especial, salvo la realidad misma de la existencia, que es fundamentalmente buena, trascendiendo incluso las nociones limitadas de bueno/malo, logro/fracaso, samsara/nirvana, ilusión/satori, profano/sagrado, monje/laico, etc.
Incluso si apareciese en nuestro limitado ego un fugaz destello de comprensión, incluso si este fuese un deslumbrante relámpago, un trueno ensordecedor, sería siempre limitado e irrisorio en comparación con el Todo, es decir con la realidad misma que es el verdadero satori más allá de toda dualidad, y que nuestros pequeños ego nunca pueden atrapar completamente. Pues siempre, sabiéndolo o no, estamos completamente en medio de la abundancia, pues la realidad de la vida es trascendente a nuestra comprensión limitada. Simplemente nos entregamos, nos abandonamos a ese fluir, en el instante mismo de la realidad eterna y universal, gracias a zazen.
Si aparecen pensamientos, si aparece el adormecimiento, el dolor, o cualquier otra cosa, no lo rechazamos, no hacemos nada más que volver a la postura correcta. Con toda nuestra voluntad, necesariamente limitada, podría decirse incluso con toda nuestra fe. También con dulzura, pues no se trata en absoluto de practicar el masoquismo, sino más bien al contrario, de ampliar nuestro amor hacia lo existente, incluidos nosotros mismos. Realmente lo importante, para los que practicamos shikantaza no es llegar a algún sitio, conseguir algo para nosotros mismos, sino el esfuerzo constante para retornar a zazen. Más allá de cualquier ilusión, de cualquier sueño, cuyas características son siempre y precisamente llevarnos a otro sitio, a otro momento distinto al aquí y ahora, el único lugar donde, lo sepamos o no, realmente y junto con el todo, somos.
Esto me recuerda parcialmente a aquello que decía Pascal, preguntado por qué es la fe. Su respuesta era, arrodíllate y reza. Nosotros, en shikantaza, no rezamos, no pedimos nada, nos limitamos a sentarnos y profundizamos incansablemente, día tras día, mes tras mes, año tras año, en la quietud y el silencio.
Se podría decir incluso que, en shikantaza, nuestra sentada misma es el koan sobre el cual trabajamos, el koan de nuestra realidad de vida en el instante mismo, realidad que no está limitada por nuestro pequeños yo, sino que es mucho más amplia y donde nada, absolutamente nada, falta.
Supongo que ambas vías tienen sus ventajas, que probablemente dependan de las distintas características personales del practicante. En el caso, por otra parte, de que se pueda elegir una u otra opción, un enseñante u otro, lo cual no está garantizado en occidente, y puede que tampoco hoy en día en oriente. Aunque estoy convencido de que en el fondo no es tan importante encontrar una vía y un maestro perfectos; pues esto no existen, no son distintos a nosotros, también son humanos, imperfectos, limitados; sino esforzarse, con toda nuestra sangre, nuestra carne, nuestro huesos y nuestra medula, en ser un buen estudiante, y en seguir siéndolo siempre. Como vemos en el nombre del libro más conocido del maestro soto del ss. XX, Sunryu Suzuki; “Mente zen [=] mente de principiante.”
También creo que shikantaza puede que sea más fácil para aquel que quiere acercarse por primera vez a la meditación y no tiene la suerte de contar con un maestro cualificado cerca, cosa que tengo la impresión que debe ser imprescindible para practicar con los koan y no extraviarse. Si bien la presencia de un maestro es muy aconsejable en ambos casos, por no decir imprescindible, en un principio, en casi todos los casos.
Pero puede que con shikantaza, siempre y cuando nuestra practica sea regular y diaria, los contactos con el maestro puedan, si no hay otro remedio, ser más espaciados, pues su planteamiento es más simple y humilde, mientras que la práctica con koan, tengo la impresión, que requiere unas especiales capacidades por parte del practicante además, creo, de poder acceder casi de forma constante al maestro con objeto de contrastar la practica. Al fin y al cabo el zen Rinzai, que es donde originalmente se practicaban los koan en Japón, se calificaba como el zen de los guerreros, mientras que el soto se calificaba como el zen de los campesinos.
Y supongo que ambos caminos tienen también sus inconvenientes; el apego a la experiencia del despertar en el caso de la práctica con koans, y el quietismo en el caso de shikantaza. En el caso de shikantaza el remedio es la compasión.
7 comentarios:
Accedí a este blog por el comentario que dejaste en el blog de Unsui. Gracias por un espacio tan interesante y enriquecedor.
Saludos.
Mónica.
Muy interesante tu reflexión.
Como bien dices creo que shikantaza y koan al final son lo mismo, y ambos son necesarios en el camino. Zazen sería esa búsqueda interna, Koan lo que desde fuera cuando quiere y de forma incomtrolable "produce" la iluminación, o mejor desvela lo que ya está aquí.
Toda la realidad es un Koan en último término, sólo sentarse también. Sentarse sin finalidad es tener una clase especial de finalidad, esto es un koan magnífico que a buen seguro producirá estupendos resultados.
Gracias por tu aportación tan ionteresante.
Despues de leer tu articulo, me siento halagado por que te refieras a mi como "un buen amigo". Y, efectivamente, lo somos, somos buenos amigos, amigos de dharma, ya que nos sentamos juntos de manera frecuente. Estoy básicamente de acuerdo en todo lo que dices, con la escepcion quizas de que consideras la practica del koan como una practica mental. No es mental en el sentido de pensar, razonar o deducir. Ni tampoco es un acertijo. En mi blog hay alguien que escribe a veces ahora, (lagallanaa)que creo que me dará la razón, pues he visto su terrible pelea con la pregunta que, según el mismo declara, le devora por dentro. Ese devorar es cosa seria.
En cuanto al shikantaza (mi practica actual) es una de las mas dificiles que existen, y me parece que es la que puede que necesite mas la presencia del maestro, si de verdad se quiere practicar shikantaza. Pero esto, dado el poco tiempo que llevo dedicado a esta practica, es solo una intuicion personal.
Un saludo, ciertamente tu contestacion es demasiado larga para caber en un comentario, has hecho bien en ponerla en este blog Hasta la proxima :)))))
En realidad la práctica de shikantaza es la cosa más fácil que existe, podríamos decir que es la manifestación de la infinita compasión y la más pura trasmisión recibida generación tras generación por los budas y los patriarcas. Somos nosotros en cambio los que hacemos de algo tan sencillo como el abandono a la quietud y el silencio los que la complicamos insaciablemente. Intentamos hacer del "TAN SOLO sentarse" un "tan solo sentarse especial", después insatisfechos un "tan solo sentarse trascendental", despues, insatisfechos todavía con esto intentamos hacer un ""tan solo sentarse cosmico", etc. etc.
Puesto que normalmente, por lo menos por el momento no suelo escribir mucho, limitandome, casi a traducir y a aprender, pues mi práctica es tierna aun y no quiero dejar desbarrar demasiado a mi ego, recomiendo, para quien esté interesado, la lectura de un libro maravilloso de un maravilloso maestro recien aparecido en España. Probablemente el discípulo cuya obra sea la continuación más directa de lo iniciado por Kodo Sawaki, de quien fue discípulo y sucesor. Se trata de "Abrir la mano del pensamiento" de Kosho Uchiyama, que está publicado por ed. Kairós.
Podríamos también decir que la dificultad reside en nuestra falta de fe, aunque otra cosa es entender que es la fe en el budismo, pues su sentido, modestamente, creo que es bastante distinto al que tiene este concepto en el cristianismo.
¿Como es la "fe" Budista?
La "fe" no es, en este caso, creer en algo, en un contenido específico de la conciencia. Es simplemente sentarse en la quietud y el silencio. La fe, en el budismo zen, es zazen en sí mismo.
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